martes, 12 de noviembre de 2013

Crítica: Diablo

En primer lugar y antes de meterme en harina quiero dejar muy claro que mi conocimiento del cine argentino se circunscribe a aquellos títulos, autores y actores que han trascendido las fronteras del país sudamericano (me vienen a la mente en este instante cineastas como: Adolfo Aristarain, Juan José Campanella, Eduardo Mignogna, Alejandro Agresti, Marcelo Piñeyro o Daniel Burman). Y para ser sincero, debería hacer extensible este desconocimiento a toda producción artística que no haya conseguido cruzar el “charco”, ya sea cine, literatura, música, teatro, danza, etc., y no sólo de este país sudamericano sino de América latina en general. Por lo que por desgracia mis impresiones muchas veces es encontrar influencias y/u homenajes al cine anglosajón (ya que ha sido, es, y seguirá siendo por bastante tiempo la referencia absoluta en lo cinematográfico) o en otras producciones como las españolas o japonesas y nórdicas que desde hace años “consumo” con bastante frecuencia y de la que tengo “mayores” saberes (si es que tal cosa es posible). Aunque en el caso intuyo que las referencias explícitas e implícitas que noto, son las que son y sus autores no han pretendido esconderlo (sino todo lo contrario).

Diablo es una famosa y premiada producción argentina de 2011, opera prima dirigida y co-escrita por Nicanor Loreti que ese mismo año dirigió también el documental La H, que puede enmarcarse dentro de las películas gamberras protagonizadas por criminales ineptos y despreciables que se ven metidos en mil y un fregado a cual más demencial, y todo ello aderezado de un humor negro y corrosivo atroz.

Una mañana Marcos Wainsberg (Juan Palomino), el antihéroe de la película, alias El Inca del Sinaí, ex-campeón de boxeo retirado después de matar en el ring a un contrincante, El Bombilla, a pesar de declarar reiteradamente su inocencia (cosa que los demás no creen), recibe la visita de su primo Huguito (Sergi Boris), un delincuente incapaz e insensato que se ha metido en truculento asunto con mafiosos locales, que no hará más que envolver en una espiral disparatada de violencia y locura, repleta de personajes estrambóticos y descerebrados, a su primo Marcos, mientras este espera la llegada de Ana, su antigua novia, que ha decidido darle una nueva oportunidad a su maltrecha relación.

El autor de la obra, Nicanor Loreti, y el resto de integrantes de la misma, no esconden sus filias cinematográficas, y toda la cinta se orquesta como un gran fresco criollo que homenajea o parodia el cine de gánsteres barriobajeros que deben sortear situaciones esperpénticas estilo Guy Ritchie, diálogos chispeantes y provocativos con vocación de discurso o monólogo vital y explosiones de violencia y sangre sello Tarantino (memorables el discurso reivindicativo de Huguito y el speech de Café con Leche sobre las “minas”, es decir, los coños de las mujeres), movimientos de cámara frenéticos con ángulos imposibles y gusto por personajes que bordean el cartoon muy del gusto del irregular Robert Rodríguez, situaciones absurdas y coincidencias extrañas que desembocan en arrebatos de hilaridad marca hermanos Cohen (absolutamente genial el giro que da la historia a mitad de metraje después de que Marcos deguste una suculenta comida), referencia al Toro Salvaje de Martin Scorsese con unas escenas oníricas de boxeo que nos remiten al clásico atemporal del maestro neoyorkino y devoción por las macarradas, casi marcianas, del cine ochentero de acción (como el personaje del teniente coronel Varela, interpretado por Hugo Quiril, que es una copia hortera y milonguera de Cobra, el brazo fuerte de la ley o el momento del juego del cuchillo de Aliens, El Regreso), y todo este cóctel bien remozado con el habla típica de los barrios marginales del entorno rioplatense y chistes y denuncias locales como el aún peronismo reinante en argentina, la fobia a los judíos, la ineptitud y corrupción policial, la adoración casi psicopática por los héroes deportivos y la importancia de la familia.

Es merecedor de alabanza cómo Nicanor, que habrá contado con un presupuesto paupérrimo, se las ha ingeniado para crear un producto digno aunque lastrado por esa ausencia de dicha plata. La planificación de las escenas acompañadas de una buena fotografía, sobresaliendo el uso del blanco y negro en las escenas de boxeo y las explosiones de color en la casa de Marcos, prácticamente único escenario del film, consiguen imprimirle una vitalidad estupenda a un producto que gana muchos enteros con un montaje de ritmo trepidante y de constantes saltos temporales que añaden un plus a una cinta que contada linealmente habría perdido enteros (¿otro guiño al cine de Tarantino?). Así mismo es destacable el uso de la banda sonora que remarca la importancia de algunos pasajes y situaciones y el no escamotear en hemoglobina en las situaciones más descabelladas.

Del prácticamente desconocido reparto (para un servidor), sobresalen los actores Juan Palomino (Marcos Wainsberg), al parecer un galán de telenovelas argentinas reconvertido en esta cinta en una salvaje bestia, y Sergio Boris (Huguito), al que pudimos ver en El Abrazo Partido del mencionado Burman, que dotan a sus personajes de una cercanía y despreciable vileza tremendamente empática. El resto de actores intentar mantener a flote unos personajes demasiado caricaturescos y pasadísimos de rosca como para ser tomados mínimamente en serio. No obstante, Café con Leche y el Oficial Friedman, interpretados respectivamente por Luis Aranosky y Luis Ziembroski, dejarán una impronta simpática en la audiencia con toda seguridad.
 
A pesar, como he mencionado, de la notable ausencia de presupuesto, que se hace patente en las escenas de acción (lamentables los tiroteos y algunas peleas) y la pobreza de los decorados de interior que transcurren fuera de la casa de Marcos, Diablo es una producción tan simpática y canalla que consigue paliar esos defectos y convertirlos casi en virtud, como hiciera hace años Robert Rodríguez con su debut, El Mariachi (otro cantar fueron las lamentables continuaciones del personaje mejicano o el despropósito de Machete). No hay duda que todos estos fulanos se lo han pasado pipa rodando este desmadre absurdo y violento, siendo capaces de contagiarnos en todo momento con su bulla bastarda. Tal vez, para ser justos (y críticos), habría sido de agradecer algo más de personalidad propia y menos referencia y homenaje, pero estoy convencido que el señor Loreti irá mejorando esto en sus siguientes trabajos (espero que no caiga en lo fácil y se dedique a “estirar el chicle” de Diablo realizando productos cada vez más irreverentes y grotescos).
 
Para finalizar me gustaría dejar claro, aunque supongo que no es necesario, que esta producción granuja y chusma argentina, canto de amor a un tipo de cine sinvergüenza, violento, híperacelerado y muy entretenido, que posiblemente se convierta en un film de culto con los años, dista un mundo del cine de John Ford, Fred Zinneman, Akira Kurosawa, Luis Buñuel o David Lean, cosa que por otra parte no pretendía, pero es una oportunidad única de conocer el cine actual de género argentino y echar unas risas con los amigos mientras la ojeas y tratas de identificar todas las parodias y referencias que contiene.

“Café con Leche: […] yo soy un tipo extremo, ando en medio lo bizarro, vos sabés, una buena lluvia dorada, electrocutofilia, fonofilia, viste, siempre me meto con esas cosas…”.
 
 
 

6 comentarios:

El Rector dijo...

Estupenda crítica Max, si de entrada estaba un poco indeciso con la película (pues ya había leído por ahí las fuertes influencias de Ritchie, y ese señor, no me va mucho), acabas de darme el empujoncillo que me hacía falta.

Eso si, te diré que para mi, tanto Desperado como El Mejicano, son dos cintas de CULTO. Y Rodríguez, me parece en lo suyo, un genio absoluto (perdonándole su peli para niños, su filmografía me parece de 10).

Saludos.

May Dove dijo...

Yo estoy con Rec. A parte de las películas infantiles, el resto me parecen siempre muy acertadas... Me flipan todas, son muy brutas pero son fantásticas.
Yo de cine argentino... Ricardo Darín, que vaya películas nos ha dado también. El secreto de sus ojos, chavales... PELICULAZA.
Y en otros derroteros, Diego Peretti, qué es la caña

Romasanta Macias dijo...

Yo si puedo le daré una oportunidad…aunque el cine argentino me cuesta, sólo me ha gustado el gran Federico Luppi…a ixxxxx esa gran interpretación en CRONOS…ooohhh!!!

Rector y Max Dove….también me gusta mucho R.Rodríguez.

Max Cady dijo...

Rector, May Dove y Romasanta, gracias por los comentarios. Estoy seguro que aquellos que decidáis darle una oportunidad a esta gamberra cinta de perdedores y criminales, de humor negrísimo, no os defraudará.

Saludos!!!!!!!!!!!!

P.D. En cuanto al amigo Robert Rodríguez, debo admitir que me maravilla Sin City, adoro The Faculty, admiro la gracia y descaro de El Mariachi y hasta me resulta aceptable gran parte de Abierto Hasta El Amanecer, pero el resto de su filmografía me resulta chabacana, pueril y grotesca. Todo lo que tiene gracia en El Mariachi debido a su paupérrimo presupuesto se vuelve absurdo cuando en las sucesivas entregas este aumenta (exponencialmente). Grindhouse y Machete son impostadas “cutreces” que me aburren y no me hacen la menor gracia, y de la serie de los niños-espía no he visto ninguna.

May Dove dijo...

Pues vaya, porque a mi Abierto hasta el amanecer me entusiasma siempre. Y todas las pelis del mariachi, me encantan.
Pero supongo que es una cuestión de gustos!

El Rector dijo...

Totalmente posicionado junto a la chica equivocada en lo que a Rodríguez se refiere. Max, semejantes afirmaciones sobre el genio de Texas, me dejan con un palmo de narices, más que nada porque dejando de lado la trilogía de El Maricahi (y la primera me parece a años luz de las dos secuelas), que me flipan, Abierto Hasta el Amanecer sea posiblemente LA película fantástica de los últimos que se yo, 30 años, al nivel de cualquier otro clásico básico, lo de "aceptable", me parece tremendo :)

Decir también que a otro nivel, también me gustó muchísimo Planet Terror, por supuesto. Está claro que cuando hablamos de director con una impronta personal tan acentuada, o los amas o los odias, no hay término medio y eso, al final, es lo que diferencia a los genios de los mediocres.

Machete, gustándome, está muy lejos de cualquiera de los otros títulos mencionados.... a ver que nos cuenta una chica que yo me se sobre ella un día de estos ;)

Saludos.

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