martes, 2 de junio de 2015

Crítica: Echoes

Hay veces que la pereza me puede. Quizás es que esté hartándome de escribir reseñas de films de terror/sci-fi ya que a una media de tres producciones por semana, la verdad es que es un poco agotador. Por ejemplo con esta “Echoes” me asusta el folio en blanco. Quizás debería decir simplemente “No está mal, pero tiene lagunas” y zanjar el tema, pero creo que si estás leyendo esto es porque quizás ya conoces mi natural diarrea verborreica y hasta –insisto, hasta- esperas algo más. Pues bien, por raro que parezca, sacaré fuerzas de flaqueza y me extenderé un poco más… ¿Ves? Con poco me sobra para enrollarme.
Dicen de los irlandeses, pero los norteamericanos son unos bebedores (de alcohol, se sobrentiende…) de primera. Me hace gracia cuando en una película uno de los personajes le ofrece a otro una “copa” y este responde algo así como que es muy pronto para empezar a ‘beber’. ‘EMPEZAR a beber’… ya. Como si fuese obligado ‘beber’ por decreto. Sin embargo, parece que en los últimos años estamos viviendo una cierta transformación: han pasado de bebedores a… pastilleros. Y de esto se está beneficiando el género del terror. 

Con lo de que el terror también arrastra un cierto cambio que lo lleva a intentar ser más creíble, algo paradójico y contrario al propio espíritu del género por otra parte, directores y/o guionistas se han amparado en los desórdenes psicológicos –y consecuente medicación- para jugar a su antojo con la mente buscando excusas verosímiles o jugar al despiste. Y esta es la excusa –doble- de esta “Echoes”. 

Por un lado tenemos a una guapa protagonista –casi nunca son feas…- con unos terrores nocturnos que le provocan una parálisis del sueño. Anda, coño, “El ente”. No, pero sí. Me explico. Al principio uno cree que las cosas van por ahí, y si bien es cierto que las sospechas no son correctas, no es menos cierto que su realizador, un tal Nils Timm, juega con el espectador a ese despiste del que hablábamos en el anterior párrafo, de ahí ese ‘doble’ que habíamos dejado caer. De hecho, da tan pocas explicaciones que para su conveniencia no deja claro si la medicación es causa o efecto de esa parálisis ya que también apunta a otros desórdenes mentales. En todo caso es un mal menor puesto que el conjunto se beneficia de esa condescendencia que el aficionado al género profiere sobre estos detonantes. 

Con este planteamiento el argumento nos pone a la protagonista en medio de un desierto al más puro estilo almeriense o urdiense dentro de una casa acristalada con poca intimidad. Esto junto a lo anterior provoca que surja la previsibilidad y pronto veamos como acuden al otro lado del cristal los visitantes nocturnos. En este punto se le ha de aplaudir a su realizador y a su vez guionista que compense la pérdida de sorpresa por aunar otra vez una serie de elementos que nos despisten de nuevo respecto al origen de estos ‘vecinos’. Y gracias a esto se mantiene la película. 

A pesar de que la curiosidad sea mayor que la tensión que se imprime, el film nos ofrecerá algunas imágenes inquietantes –más que dar sustos- para acercarse al género alejándose a su vez de ese drama psicológico. 

El problema vendrá cuando en el tercer cuarto la misma vaya cuesta abajo y sin frenos. Primero se inventa un “caso” que es el que claramente ya te está señalando la solución al misterio. La propia película se encarga de destriparse o, como dicen los modernos de ahora, spoilearse. Por si fuera poco, sus responsables no se conforman con ello y te meten algunas tropelías con las que más que solventar el tropezón, casi dar risa. Hablo por ejemplo del personaje interpretado por ese eterno secundario de Billy Wirth. Una cosa es que su madre fuese en la vida real una nativa americana y otra que él resulte creíble como chamán. Si me lo permitís, más parece un sátiro disfrazado de charlatán que va a abusar de la protagonista que alguien de quien fiarse. Seriedad. Pero ya no es tanto las sensaciones que nos dé el personaje como su función en la película. Este y su fin es el que nos deja la incógnita más grande la película ¿Por qué? El que la vea sabrá por qué digo esto. 

Pero como decía Super-ratón ‘No se vayan todavía que aún hay más’. Por un lado, confesiones sin resistencia y huidas sin sentido, y por otro, un final para zanjar el asunto de una vez por todas. Triste culminación de un film que apuntaba maneras. 

Y más cuando en cuanto a puesta en escena la película evidencia que detrás de la misma se encuentra una productora… ‘pudiente’. Personajes no hay muchos y las interpretaciones no se pasan, pero la fotografía y los pocos efectos especiales que nos ofrece el film están realizados con gusto y cuidado. La Banda Sonora tampoco está mal con sonidos que nos retraen a los ochenta, muy electrónicos y evocadores. 

Resumiendo, “Echoes” es una película que podría haber dado más de sí a poco que el argumento estuviese más trabajado. Con menos precipitación, algo más de misterio y de contundencia, tendríamos entre manos una película bastante recomendable. Así, es un “tierra de nadie” que no ofende y ni siquiera aburre, pero que se olvida rápidamente.


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