martes, 1 de septiembre de 2015

Crítica: Son of a Gun

Para los conocedores de la brutalidad y el crimen, la película australiana sin escrúpulos Son of a Gun es otro ejemplo de cómo dejarlos fuera de combate – un thriller de asalto no tan escalofriante que zumba mecánicamente entre explosiones y persecuciones de coches con un Ewan McGregor, que está haciendo demasiadas películas últimamente, ninguna de ellas lo suficientemente buena como para que den de hablar.
En una prisión oscura, fría, húmeda y peligrosa de máxima seguridad en Western Australia, un asustado chico de 19 años sin antecedentes previos que se llama JR (Brenton Thwaites) es injustamente sentenciado a seis meses de prisión por un crimen insignificante y plantado en el Infierno, donde se convertirá pronto en un objetivo suculento para el resto de reclusos. Cómo llega un chico sin antecedentes a una prisión de máxima seguridad es sólo el primer enigma de la película, que no tendrá respuesta. Que digo yo que lo podrían haber mandado a una de mínima seguridad o a lo sumo, media. El master criminal, que lleva un porrón de años dentro; se encapricha del chico y le salva de una banda de violadores. 

Es un obsesivo jugador de ajedrez llamado Brendan (Ewan McGregor, con un acento medio escocés, medio australiano, más cerrado que un bol de crema de avena – porridge para los amigos). Este vendrá a ser el segundo enigma, porque no entiendo que saca Brendan de este muchacho, que sí, sabe jugar al ajedrez; pero que tampoco es Karpov. A cambio de su protección, no obstante (aquí nada es gratis, queridos lectores); recluta al muchacho para que le ayude a él y sus compañeros a salir de prisión. Seis meses después, JR es liberado por buen comportamiento (aunque en verdad había sido sentenciado a 6 meses de prisión, pero vamos al tema), habiéndose unido a los amigos de su mentor que le han enseñado los trucos del comercio del bajo mundo. En ese momento la película se vuelve algo más ridícula en la escena en la que JR rescata a Brendan de prisión con un helicóptero equipado con un arsenal de armas automáticas y vuelan a una casa en la playa equipada con Uzis y chulapas en bikini. Prisión de máxima seguridad… recordemos. 

El resto de Son of a Gun, grumosamente dirigida y escrita sin rumbo fijo por Julius Avery, sigue a Brendan y su protegido JR mientras se obsesionan con un asalto que incluye el robo de seis lingotes de oro valorados en unos veinte millones de dólares, de unos yacimientos de oro de Western Australia, el Kalgoorlie-Boulder. Nada más sale de esto o de la subtrama que nos muestra el interés amoroso de JR por una ex novia de otro magnate que está en el ajo, Natasha o Tasha. Mucho de lo que se vende como acción en la misma, es el propio atraco, una serie de escapadas rutinarias en varios SUVs, y las traiciones tradicionales obligatorias, todo separado por tiroteos que nos llevan a un caos final en un yate – un desastre ya que JR no sabe nadar. Para añadir un poco de cultura, hay una metáfora sobre la evolución y los monos divididos en dos categorías – monos agresivos y bonobos (Pan Paniscus – chimpancés vaya) dóciles y no violentos (“¿A qué especie perteneces tú?” Le pregunta Brendan a JR, por lo que fuera. No nos interesa, Brendan). 

En cuanto a estilo, hay varios planos de matones pillados en espejos y a través de parabrisas en vehículos en movimiento, súper original. No hay mucho carisma entre los personajes y el chico es el único que parece hablar un inglés coherente. El trabajo de cámara de Nigel Bluck nos revela un poco de Melbourne y un paisaje estéril australiano que posiblemente un turista nunca verá, pero es un paisaje horrible, ¿por qué querrían verlo? Igualmente, es una excelente alternativa a los parajes regulares. Le da cuerpo al escenario. 

A lo mejor, esta parte de Son of a Gun que parece aburrida y sin dirección radica en el hecho de que parte del diálogo es incomprensible. Es un problema que derriba muchas películas importadas. Unos buenos subtítulos hubieran ayudado a mantener las conversaciones a raya. Yo me encontré varias veces preguntando a mi chico, que es irlandés: ¿qué ha dicho? ¿Qué significa eso? A lo que él respondía todo el rato: no sé, no hablo australiano. Señores australianos, por favor; hablen inglés en sus películas o añadan subtítulos para las expresiones que sólo existen allí. Los irlandeses y los escoceses también hacen películas con jerga real y les entendemos perfectamente.


1 comentarios:

Romasanta Macias dijo...

que lástima de película...porque me encanta el sr.McGregor y me suelen gustar sus films...aixxxxx!!!

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