jueves, 10 de diciembre de 2015

Crítica: Lord of Tears

“Pardiez, que me aspen!”, pensó el niño poseso cuando, informándose un poquillo de lo que iba a presenciar media hora después en el festival, se encontró con notazas en Filmaffinity e IMDB. La cosa pintaba quetecagasenlasbragas... Más aún cuando con una sala a rebosar, la guionista de la peli, una híperexpresiva y coolish Sarah Daly nos la presentaba no ya sólo como una revisitación de los mitos de Ctulhu (quien me haya leído alguna vez sabe que ADORO a Lovecraft), sino como un homenaje a los grandes peliculones de serie B deliciosa que la Hammer dedicó a Poe.

Disimulé que me había puesto palote palote cruzando las piernas y contuve mis babas gelatinosas de rottweiller ante un pollo asado como pude y conforme se apagaban las luces preparaba a mi inconsciente para que gozara libre, como perro en celo en un paraiso canino... Mi cara, hora y media después era un poema.Cara de acelga se queda corto...

Tantísimo me había relamido que me costó un rato darme cuenta de la realidad. Y esa realidad es que Lord of Tears es una mierda como un piano de cola.

¿Dónde quedan esas referencias, esas similitudes al subgénero de cultos ancestrales que amo desde “El hombre de mimbre” (la de Robin Hardy, del 73)?...

¿Dónde ese tono melancólico del gótico de la Hammer, de las atmósferas de Roger Corman, de las miradas de Lee?...

Críticos gafapastas, directores de festivales, señores indies y demás, claven mis extremidades en cruz, invertida, por favor, pero lo que ustedes consideran un paseo onírico con descenso extremo y perturbador a los infiernos de la loca mente humana a mí me parece una tomadura de pelo y de las gordas, obesas.

Con un tufo desagradable y tremendamente amateur en el que la labor de dirección no es que cojée, es que ni se atisba, basada en una reprochable y desconcertante estética con pestuzo a naftalina a base de planos estéticamente feos y técnicamente insuficientes, su argumento no es del todo malo, pero desde luego no da como para hacer del film algo mínimamente digerible, y del Cthulhu de Lovecraft, la verdad es que tiene poco, pero algo tiene, esa figura del ser primigenio, el señor de las lágrimas, Moloch, con cuerpo de hombre y cabeza y brazos de búho terrorífico inspirado desvergonzada y vergonzosamente mucho más en la leyenda urbana del Slenderman y los videos virales que recorrieron la red hace unos años con el magistral hallazgo iconográfico que supone el dios búho y que aquí recuerda desgraciadamente más a un personaje secundario de Barrio Sésamo. La cosa es tal que así, James Findlay, un profesor de escuela bastante trastornado (Euan Douglas) recibe en herencia la viejuna e impresionante mansión familiar Baldurrock en las Highlands escocesas al morir su madre a la que no veía desde hacía años, pero la difunta le advierte que ni se le ocurra ir al caserón, porque el origen de su desquiciamiento actual está en que siendo un niño se creía acosado por un terrible monstruo, el tal Moloch. La primera en la frente... Si no quieres que vaya, coño, vende la casa y déjale un apartamento en marinadorrrr, que lo vas a volver catacróquer. Pues no.

Entonces el desquiciado, que de pronto se torna aguerrido, tenaz, sagaz y valentón, decide investigar en su pasado el por qué de sus pesadillas terribles y oscuras (no has tenido tiempo en veinte años, no, que eliges el mejor momento, con la casa vacía y la niñera fantasma esperándote, amiguete).

Una vez allí, en plena bruma y niebla misteriosa, casoplón muy de Hammer, eso sí, conoce a una misteriosa y hermosa mujer (Lexy Hulme) de la que se enamora perdidamente el borderline, que no debe haber tenido lo que se dice mucho sexo en su vida de ciuarentón triste, así que los dos junticos acaban descubriendo que el chalet familiar, en vez de construirse en plena costa, como la mayoría del levante español, está levantado sobre un atávico templo de ofrenda a un dios primigenio con cabeza de búho y al que hay que rendir tributo de cuando en cuando a través de la muerte.

A todo esto, nuestro prota, se encuentra casualmente una foto viejuna en la que la misteriosa mujer que es ya objeto de su deseo y calentón aparece... Equilicuá, y es que su churri no es sino el vengativo espíritu de su niñera, que fue asesinada por su padre cuando era niño como sacrificio a la lechuza dichosa... Y que pasa de ser una gilipuertas calentorra a una gilipuertas malvada con inspiración en la maldición y demás cine nipón. Bluffffff!

Vale, como decía, lo peor no es su argumento, que daba para una historia consistente y bien contada.

Pero el director, Lawrie Brewster, empeñado en lograr imágenes oníricas y tenebrosas muy rollo Rob Zombie (válgame Dios), con una cámara del Mercadona y tres actores de un centro ocupacional para aspirantes descartados de Gran Hermano 23, buscando una insana atmósfera a través de una dirección artística nula, una fotografía deficiente, y lo que es peor, un guión malo, pero malo de cojones, un montaje como de coña, en el que se pretende ser simbólico e innovador siendo más basto que un “arao”, obvio y basuril.

Sí, la solitaria y tenebrosa mansión Baldurrock está bien localizada, pero es que sólo faltaba que la hubieran rodado en un bungalow de Calpe...

El público, mucho menos ojiplático que yo, aplaudía y se carcajeaba constantemente, a la vez que iban abandonando la sala por temor a daños irreparables y crónicos en la parte izquierda del cerebelo.

La verdad es que valoro muchísimo el esfuerzo de la peña que trata de sacarse las castañas del fuego y hacer terror independiente con dos duros, pero en el momento en que esa condición de serie Z se quiere camuflar como cine de culto, hípermoderno, hipster y de tendencia, me parece que lo mínimo que se merece es una crítica negativa como la mía, porque aún reconociendo sus limitadas pero existentes virtudes, la película no puede resultar más fallida y desastrosa.

Su intento es torpe y sin fruto, ya que la imagen parece muerta en todo el metraje, sin una chispa de inteligencia o buen criterio, con unos planos fijos eternos, mal iluminados y peor sostenidos a través de los cuales la historia se va escurriendo como mantequillla fundida.

Justificar lo anterior con su falta de medios no es ni sano ni correcto, porque sólamente en publicidad se deben haber gastado diez veces su presupuesto, con el fin de colárnosla como peli de culto nueva era previo pago de los con sabidos 9 euracos, manda cojones... Lo de la interpretación ya es que es harina de otro costal...

El actorzuelo protagonista, con una desagradabilísima voz nasal y un método interpretativo aprendido en diez fascículos, a lo Gandía Shore, está de Razzie, sin duda, pero lo peor es ella, Alexandra Hulme, guapa de póster y con menos dotes interpretativas que copa de sujetador y que pasa por tres o cuatro estados esquizoides a la velocidad del rayo (de barriga, porque su interpretación es netamente diarréica).

Y por si fuera poco, tenemos a David Schofield, reconocido actor británico como el perturbador y terrible Moloch, en una interpretación propia de Las tortugas Ninja de gomaespuma...

De la continuidad, del raccord ni hablamos, porque no existe ni remotamente, que diría mi director manchego.

Y sí, ahora es hora, de que todos aquellos que me llevaron a hacerme un pajote mental estupendo esperando el oro y el moro calificándola, y cito textualmente “de lo más interesante rodado en el último lustro”, “sin duda uno de los mejores films, no ya de terror, sino en general, de 2013”, o “innovadora obra de arte postmoderna” me crucifiquen, me lapiden, me escupan y defequen en mi nick, que me lo mereceré por paleto y por no llegar a vuestros intelectos y afinidades megamodernis.

Si lo que pretendía era perturbar, en el fondo lo consigue, porque tras el shock del visionado me entró una mala leche que tela marinera.

Ni Lawrie Brewster ni Sarah Daly son, a tenor de este bodrio, dignos de que sus nombres aparezcan en la misma frase que Lovecraft, porque hacen a La Herencia Valdemar (2ª Parte) una obra maestra en comparación y referencia acertada.

Y permítanme decir que tras haber contado con uno de los grandacos para la BSO de mi peli, y viendo que con dos duros se puede lograr lo impensable, la música de esta peli es otra cagarruta, así que ni eso se salva, porque no hay diseño de sonido, sino truculentas y burdas paladas al tímpano ajeno.

Les juro que intenté que me gustara.

Más aún, habría firmado antes de entrar al cine que me iba a flipar.

Pero la decepción, la sensación de que se han choteado de mí en mi cara y la absoluta falta de respeto por todo lo que el cine de terror supone hace imposible que califique justamente a la cinta, ya que no tenemos negativos ni formularios de reclamación de entradas y gastos psiquiátricos.

Los responsables deberían como el prota estar condenados a vagar en la desdicha de por vida y recibir baños de lágrimas cada tres minutos.GRRRR.

A veces, por mucho que uno trate de no ser cruel le sale su vena demoniaca, herencia paterna, sin duda... Mi nota es: Cagada Extrema.


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