miércoles, 16 de diciembre de 2015

Crítica Thirst (Sed)

El cine reciente de terror ha explorado de forma casi obsesiva el proceso de transformación de los personajes femeninos que protagonizan este tipo de películas. Desde el “Thanatomorphose” de Eric Falardeau, pasando por el “Contracted” de Eric England (Por un momento llegué a pensar que era obligatorio llamarse Eric para poder rodar una cinta como esta), sin olvidar la reciente “Starry Eyes” de Kevin Kolsh y Dennis Widmeyer, todas ellas han analizado el traumático cambio físico que sufren las protagonistas de las películas de forma bastante similar en sus aproximaciones (Muy especialmente en el caso de “Contracted” y “Starry Eyes”) pero con resultados un tanto desiguales.

Si algo quedaba claro en estas cintas es que los directores usaban la degradación que sufre el cuerpo de las protagonistas como representación de su sufrimiento interno (El hecho de que en estas películas a las que podríamos sumar el “Honeymoon” de Leigh Janiak los personajes cuyos cuerpos sufren un grave deterioro físico llegando incluso a la descomposición sean siempre mujeres es algo que habría que analizar).

Si en el caso de la cinta de Falardeau, el personaje interpretado por Kayden Rose se veía como el simple objeto del deseo de su novio y su amante donde sus sentimientos eran relegados a un segundo plano, si en “Contracted” una relación que agoniza derivará en un proceso de degradación psicológica y física cuyo detonante será acostarse con un pervertido sin usar protección o si en “Starry Eyes” Kolsh y Widmeyer reflejaban el descenso a los infiernos de una chica que quiere triunfar en el difícil mundo del cine, fue en 1979 cuando el australiano Rod Hardy plasmó en imágenes el guión de John Pickney donde ya se presentaba la idea de mostrar a una joven sufriendo una traumática transformación aunque en este caso y a diferencia de los antes mencionados este cambio esta exento del simbolismo que mostraban Falardeau, England, Kolsh y Widmeyer en sus cintas (Dejo fuera de este grupo de películas a “Halley” de Sebastián Hofmann. No por el hecho de ser protagonizada por un hombre si no porque este sufre de una extraña “enfermedad” que hace que su cuerpo ya este descompuesto al principio de la película por lo que Hofmann no muestra el proceso de degradación física desde el inicio si no que lo usa para construir su historia. Alberto, su protagonista, no deja de ser un zombi en vida).

Es la cinta de Kolsch y Widmeyer, “Starry Eyes” la película con la que este “Thrist” de Rod Hardy parece tener más puntos en común que con el resto de las cintas antes mencionadas. Y es que ambas cintas comparten no solo esa transformación de su protagonista si no que este cambio viene derivado por un extraño culto formado por un grupo de personas aún mas extrañas. (Se podría discutir acerca de la relación entre las chicas y estos extraños personajes ya que en el caso de la cinta de Hardy esta ha sido secuestrada mientras que en el de “Starry Eyes” es Sarah la que acaba llamando a la puerta del productor, pero no debemos olvidar que el detonante de la acción cinta de Kolsch y Widmeyer es un casting al que la joven protagonista se presenta. Al final en ambas cintas y por diversos motivos una extraña secta se acabará fijando y obsesionando con las chicas) Como nota aclaratoria hay que recalcar que la visión de Hardy no posee la violencia y el mal rollismo de “Starry Eyes” y su visionado, al menos en este aspecto, resulta mas sencillo que en el caso de la película de Kolsch y Widmeyer.

La sombra de David Cronenberg es alargada (tal vez demasiado) y si ya se habló de las influencias del cine del director canadiense especialmente con “Contracted” también podemos encontrar ciertos paralelismos entre su cine (Por lo menos el de su primera época) y el “Thrist” (“Sed”) de Rod Hardy. Obviamente la influencia del cine de Cronenberg no es la misma ahora que en 1979 sobre todo porque por aquel entonces el canadiense empezaba a ser conocido gracias a sus cintas “Vinieron de dentro de…” (1975), “Rabia” (1977) y “Cromosoma 3” (1979), tres películas que tenían en común no solo el gusto por la deformación del cuerpo si no también por los experimentos de malvados y perversos doctores. Podemos quedarnos con “Rabia” donde Rose interpretada por Marilyn Chambers era sometida a una radical operación de cirugía que la acababa por convertir en un ser sediento de sangre.

Hardy cambió el hospital donde transcurría parte de la acción de la cinta de Cronenberg por una finca privada, en ambos casos dos lugares apartados y cambia a los pacientes que se recuperan de sus operaciones de cirugía estética por una serie de personas que sirven para alimentar a los vampiros. (Esta idea, la de mostrar a un grupo de personas que son utilizadas para alimentar a los vampiros parece que va a ser usada por Hardy para plantear alguna idea de calado, un enfrentamiento entre diferentes estratos sociales apuntada con ciertas frases del guión pero todo esto queda en nada, diluido en medio de una historia alargada hasta la saciedad con un desarrollo que acaba cayendo en lo tedioso y sobre todo con una incoherente parte final del todo precipitada. Dejando de lado la posible carga crítica de la idea, estas fábricas de sangre han sido utilizadas en muchas películas y novelas. Sin ir más lejos y por citar solo dos casos que aunque tocan el tema del vampirismo lo hacen desde dos puntos de vista totalmente diferentes tenemos las novelas de Guillermo del Toro y Chuck Hogan, la llamada trilogía de la oscuridad, y la película de Mark Waters “Vampire Academy” –Recodemos la escena en la que el personaje interpretado por Zoey Dutch y el interpretado por Gabriel Byrne hablan mientras el segundo se alimenta chupando sangre de un gotero).

Hardy vuelve a presentarnos a esos malvados doctores que quieren de algún modo tratar o manipular a la protagonista, en este caso interpretados por Henry Silva y por David Hemmings (El malogrado actor fallecido en el 2003 en Rumania por culpa de un ataque al corazón mientras rodaba “Blessed” – “Hijos de Satán” es conocido por la mayoría del publico por haber interpretado a Thomas en “Blow-up” de Michelangelo Antonioni donde este adaptaba una historia corta de Julio Cortazar -“Las babas del diablo”- y que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes en 1967. Hemmings desarrolló una prolífica carrera como actor y director donde muchos de los títulos en los que participó se inscriben dentro del género de terror. Ahí están sus trabajos como actor en cintas como “El ojo del diablo” de J. Lee Thompson, “Voices” de Kevin Billington, “Rojo Oscuro” de Dario Argento o “Harlequin” de Simon Wincer entre otras sin olvidar su trabajo detrás de las cámaras dirigiendo “El superviviente”, película proyectada recientemente en el Phenomena de Barcelona).

Hardy plantea su historia de manera ciertamente interesante, ese secuestro de una joven de clase alta que lo tiene todo por un extraño grupo de gente que intenta que esta se una a su causa. Una idea como esta nos remite, al menos inicialmente, a la novela de John Fowles “El coleccionista” que luego fue llevada a la pantalla por William Wyler en 1965 debido al secuestro que sufre Mirada Grey por parte de Freddie Clegg con la intención de que esta se acabe enamorando de el. Es claro que tanto Fowles como Pinkney nos presentan a dos protagonistas que bajo privación de libertad se van a ver forzadas a que sus sentimientos o su forma de pensar con respecto a sus captores cambie. Hardy y Pinkey huyen de todo lo mostrado por Fowles en su novela para centrarse en un desarrollo un tanto timorato y aburrido que tras un gran punto de partida no acaba por arrancar como hubiera sido aconsejable y que nos deja interesantes escenas junto con otras un tanto ridículas en las que además la interpretación de su protagonista no ayuda precisamente, dejándonos reacciones y expresiones que resultan demasiado forzadas y poco creíbles.

Si la intención de Hardy era la de homenajear a cierto tipo de cine por desgracia estos momentos están mas cerca de arrancar una sonrisa de que otra cosa. Tampoco hemos de dejar de lado esos efectos especiales que sorprendentemente ganaron el premio en el Festival internacional de Sitges en 1979 y que llaman la atención y no en el mejor sentido de la expresión. Ni esa cabeza que parece haber sido robada del almacén del museo de cera de cualquier ciudad, ni esa pared que se quiebra ni otras escenas consiguen llamar la atención del espectador, momentos que por desgracia han envejecido muy mal y juegan en contra del resultado final de “Thrist”. Pero Hardy no solo fracasa a la hora de desarrollar la historia de Kate Davis en su encierro si no que muy especialmente lo hace en el momento de recrear la psicosis y miedo que sufre la protagonista, estas escenas mitad oníricas mitad pesadillas que deberían servir para facilitar al espectador comprender el proceso al que se ve sometida la protagonista pero que acaban por resultar una amalgama sin la fuerza necesaria rodadas de una manera un tanto torpe.

Hay que apuntar que ese acercamiento al mito del vampirismo de la manera que lo hacen Hardy como director y Pickney como guionista puede molestar a los mas puristas pero que como mínimo llamará la atención del resto. Aquí los vampiros se mueven tranquilamente durante el día, no se transforman en murciélagos, no se hace ninguna referencia a símbolos religioso (crucifijos y demás) o espejos pero es que además los vampiros necesitan de dientes artificiales para chupar la sangre de sus víctimas (Se podría establecer una discusión acerca de ante que tipo de vampiros nos encontramos, si ante un culto de personas que comparten una histeria colectiva lo que les hace creer que son vampiros lo que sumado a la clase social a la que pertenecen les permite hacer todo lo que ellos quieren o si realmente estamos ante otra aproximación distinta al mito del vampirismo. Hubiera resultado bastante estimulante que Hardy hubiera querido jugar con esta confusión y que el espectador se hubiera tenido que plantear ante que grupo de personas se encuentra, pero la idea de mostrar en rojo los ojos de los protagonistas ante su sed de sangre humana tira por tierra toda discusión posible).

“Thrist” es una curiosa cinta de vampiros que resulta lastrada por un desarrollo que deja mucho que desear y por una parte final donde parece que a Hardy le hubieran dicho que tenía que acabar rápido de rodar y no supo cerrar su película de una manera redonda. “Thirst” es una de esas películas que poseen una gran idea inicial que consigue captar la atención del espectador pero cuyo interés se va perdiendo conforme avanza el metraje debido sobre todo a que abundan las escenas alargadas innecesariamente. Aún así la cinta de Hardy merece al menos un visionado por la forma que tiene este de acercarse al mito del vampirismo.


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