jueves, 11 de mayo de 2017

Crítica: The Black Room

Y yo voy, y casi se la recomiendo a mi madre... pero la verdad es que no se puede negar que “The Black Room” tenía toda la pinta de ese terror para toda la familia, politicamente correcto y con ecos a telefilme que tanto se estila en estos tiempos, más viendo que la maestra de ceremonias era ni más ni menos que una Natasha Hendstridge secuestrada por la televisión y obligada a prostituirse en múltiples e infames producciones de sobremesa desde que diera su último gran servicio al género protagonizando esa pequeña e incomprendida maravilla rodada por John Carpenter en el año 2001 de título “Fantasmas de Marte” (“Ghosts of Mars”). Tanto la presencia de Hendstridge, uno de mis grandes amores platónicos de juventud (siempre con permiso de Jennifer Connelly) desde que encarnara a aquella sensual alienígena necesitada de calor humano en “Species” (Roger Donaldson, 1995), como la premisa del filme, hacían indicar que la cosa podría ir por derroteros de madre. Me equivoqué.

“The Black Room” no es una película que recomendar a nuestras madres. De hecho, no es una película que recomendar a nadie. La nueva obra de Rolfe Kanefsky, un habitual tanto de la serie Z y demás subproductos de dudosa moralidad, como del cine erotico-festivo (el tipo ha dirigido varias entregas de la saga de “Emmanuelle”) es un absoluto desMADRE, si se me permite el juego de palabras y pasadas ya unas cuantas horas de su visionado, debo de reconocer que aun no tengo del todo claro cual ha sido la intención del director. ¿Estamos ante una película de terror, una comedia, o un burdo exploit cutre de la Hendstridge? Difícil hallar respuesta a semejante enigma. Y pese a todo, pese a la obscena sucesión de despropósitos que dan forma a este peculiar título, debo reconocer también que me lo he pasado medianamente bien con la experiencia.

“The Black Room”, que visto lo visto, sin duda debería haberse titulado “The Green Room” (lástima que el bueno de Jeremy Saulnier se adelantara con el color), se sirve de la sugerente mitología del íncubo, demonio masculino presente en el folclore europeo que gustaba de tener relaciones sexuales con mujeres mientras estas dormían, para insuflar vida al típico relato de terror sobrenatural de los 80/90 sobre fustigadores entes del más allá, aunque digamos que desde una óptica “algo” (aquí el eufemismo roza lo cómico) más gamberra de lo que por ejemplo fue aquella “El Íncubo” (“The Incubus”, 1982) de John Hough. De hecho, el prólogo de la película, no deja de ser un homenaje/parodia de otro de los grandes referentes del cine de entes maléficos de gatillo fácil como es “El Ente” (“The Entity”, Sidney J. Furie, 1982).

Y tela marinera con el prólogo y los créditos iniciales del filme, todo un salto de fe para los espectadores el cual muchos de ellos, se negarán a dar y no sin razón. Lin Shane, el otro gran reclamo de la película, tiene su pequeño momento de gloria tirando nuevamente de (auto)parodia haciendo un claro guiño a su personaje de Elise en la saga “Insidious” (a la cual por cierto, volverá a dar vida en la cuarta entrega de la misma), mientras un ente desconocido salido de una oscura habitación en el sótano de la casa, se beneficia a su inocente y sexy nieta en la habitación de al lado. Todo ello bajo la batuta de una estrambótica banda sonora de tono cómico que tocará absolutamente todos los registros habidos y por haber a lo largo del filme, en un ejercicio de mal gusto y de pésima interpretación de para lo que debe de servir la banda sonora en una película.

Aquellos que aun sigan ahí pasadas estas fuertes emociones iniciales, comprobarán que la Henstridge sigue manteniendo su encanto intacto pese a sus cuarenta y dos castañas y alguna que otra visita a la clínica de cirugía estética. Está claro que si había dos candidatas perfectas para el papel de madurita sexy y con tirón dentro de los aficionados al género fantástico, una era ella, y la otra era Famke Janssen, pero la holandesa, con un caché en la actualidad algo superior que el de la canadiense, supongo que no estaría muy por la labor de meterse en semejante berenjenal, más cuando ya tenía cubierta su cuota de fantasmas cabrones tras protagonizar “Arresto Domiciliario” (“100 Feet”, Eric Red, 2008). No cabe duda de que Kanefsky ha reclutado a nuestra ex policía en Marte favorita para que hable de su libro, así que ya podéis prestarle toda la atención del mundo, pues lo hace.

El director y guionista no se corta ni un pelo. Se las ingenia para que se le humedezca la entrepierna en varias ocasiones, se de sugerentes baños de espuma, haga del camisón (con su respectivo generoso escote) una prenda casual de estar por casa, experimente algún que otro orgasmo e incluso llegue a tener sexo con un electrodoméstico del hogar, en la que sin duda es una de las secuencias más divertidas de la película mientras en paralelo, la historia bebe de viejas fórmulas del terror de los ochenta y noventa, para dar vida a un villano a medio camino entre el “Warlock” de Julian Sands y el Djinn de Andrew Divoff en “Wishmaster” (Robert Kurtzman, 1997), pero pasado por el filtro de un Lukas Hassel que lo hace tan mal, que termina por darle un simpático y personal toque al personaje.

La historia es la típica de estas ocasiones. La pareja protagonista se verá expuesta cada vez más a la maléfica presencia que habita la casa y aquellos que tengan la desgracia de entrar en ella, irán siendo propicias víctimas de dicho mal, según doctrina Fulciana. Por el camino, un montón de chascarrillos cómicos (casi todos de índole sexual), alguna secuencia subida de tono, algo de sangre y gore e incluso algún que otro achaque morboso, además de las típicas dos o tres apariciones del más allá, resueltas estas vez con irregular suerte. Correctas caracterizaciones por un lado (sin perder nunca de vista ese punto tan gamberro como modesto del filme) y bochornosos efectos digitales por otro, donde se han reutilizado para la ocasión aquellos míticos rayos eléctricos de los que ya tiró Clive Barker para su “Hellraiser”. Hoy, lucen treinta años más bochornosos que entonces.

Pese a que alguno y alguna ande salibando ya a estas alturas de la crítica, no comencéis a tocaros aún, ya que “The Black Room”, pese a su simpatía y el innato encanto de Natasha y su partenaire maléfico, es todo un esperpento en otros tantos aspectos. La historia está muy mal explicada, dejando demasiados elementos a imaginación del espectador y es casi imposible tomársela en serio. Las interpretaciones son en la mayoría de casos, como el camisón de la Hendstridge, de estar por casa y eso que la galería de rostros reconocibles es bastante amplia, con algunas habituales del mundillo como Tiffany Shepis, Victoria de Mare o Catherine Annette, además de curiosos caméos como los de Al Jourgensen, líder de la banda de metal industrial Ministry u otro músico de postín, el polifacético rockero psicodélico Arthur Brown. La indefinición estilística de la que hace gala, también puede ser un duro handicap para más de uno, sin llegar a resultar nunca terrorífica, pero tampoco hilarante cuando tira de humor y por supuesto, lo peor de todo, la insoportable y omnipresente banda sonora, sonando siempre mal y a destiempo.

“The Black Room” es una propuesta curiosa, un continuo coitus interruptus que nunca termina de arrancar y que no deja claras en ningún momento sus intenciones para con el espectador. Con un nivel bajo mínimos en la gran mayoría de sus apartados y un descarado intento de explotar la figura de su protagonista femenina. Curiosamente, posee una vida útil bastante más longeva que otras de su especie y pese a sus muchas miserias, tiene algo que le hace mantener el interés en todo momento, no se si la fantasía de que la canadiense se quite el camisón en algún momento, la historia termine decantándose sin tapujos por alguna de sus dos vertientes, la seria o la de guasa, o bien el final nos depare un festín de casquería al estilo de “Seguimos Estando Aquí” (“We Are Still Here”, Ted Geoghegan, 2015). Puede que un poco de todo. Aunque ya aviso, que no ocurre ninguna de las tres cosas.

Lo mejor: Ver a un mito erótico de los noventa como Natasha Hendstridge de nuevo enrolada al género.

Lo peor: Que haya tenido que ser en un subproducto como este, por más entretenido que sea. Sin olvidarnos nunca de la espantosa banda sonora.


7 comentarios:

JuanCar dijo...

Lo de Jennifer Connelly y Mullholland Falls, es uno de los mayores espectáculos cinematográficos a los que he podido asistir en mi pubertad... ;), mis ojos eran incapaces de asimilar tanta grandeza...cinematográfica.

Saludos

El Rector dijo...

Juancar, y eso que Nick Nolte estaba tremendo también... la magia del cine no tiene límites :)

Saludos.

Missterror dijo...

Tienes razón. Con un día de distancia desde su visionado sigo sin entender el objetivo, no sé si "The Black Room" busca la sonrisa desenfadada, el suspense, el bizarrismo o es que simplemente no da más de sí, que creo que es lo que realmente pasa. Ahora bien, por mala que sea, que sin duda lo es para mi es indiscutible que se te pasa en un pis pas y entretiene. Y otra vez con la duda de aprobar o no a una mala película que te ha hecho pasar un rato sin pensar en los problemas reales....aisss qué dudas nos trae siempre el cine!!
El guión es caspa en copos y el montaje un caos, pero no deja de tener su gracia el significado último de la casa y ver a un tipo como mi adorado Al Jourgensen metido en algo como esto. ¿Cómo llegó ahí? Prefiero ni saberlo...

Respecto a casting, pues a tono con la película. Uno no sabe qué pensar, no se sabe si es para lo que han quedado en un mundo donde hoy estás arriba y mañana en "The Black Room" porque no sale nada más, o a estos actores les ha parecido un proyecto curioso. Natasha Henstridge aunque debería estar desubicada, termina por encajar perfectamente, Lin Shaye más de lo mismo (todos los directores empeñados en llevarla al terreno sobrenatural, cuando su fuerte es la comedia, como demostró en lo que es para mi su papel estrella en "Cero en Conducta"- qué grande!!- o en "Algo pasa con Mary") y sin olvidarme de la "Lolita" Dominique Swain. Todas estas actrices debían estar en la misma fiesta que el bueno de Jourgensen cuando Rolfe Kanefsky sacó las galletas de la felicidad...

Si al menos salieran pelirrojos...

Saludos

Missterror dijo...

Por cierto, lo de la banda sonora es demencial. Nunca me ha estorbado tanto la música como en esta película. Qué cargante, por Satanás!!! Y tela marinera los créditos del principio...cómo se les ocurrió semejante entrada triunfal??? Cómo?? Por qué? Para qué??

El Rector dijo...

Missterror, ¿Ves como hay veces en las que una mala película puede hacerte pasar un buen rato? Con el tiempo que hacía que le seguía la pista a esta "The Black Room" y ni en un millón de años imaginé que pudiera salir por donde ha terminado saliendo.

A mi ese tramo final inter uterino, me recordó a esa locura de "Tenemos la Carne", aunque bastante más divertido. Lo cual tampoco es un gran mérito, todo sea dicho.

Para mi, Dominique Swain, siempre será aquella hija adolescente rebelde de John Travolta, que le clavaba la navaja (giro incluido) en la pierna de ese gran villano que era el Castor Troy de Nicholas Cage (si bien la pierna era del propio Travolta, jeje) en la fabulosa "Cara a Cara" de John Woo, una de mis películas de acción favoritas de all the times. En "The Black Room" dudo mucho que su personaje quede para el recuerdo... y bueno, sobre Lin Shaye, ¿Cuándo ha hecho otra cosa esta mujer que no sea comedia? Incluso en "Insidious" se le va el registro de vez en cuando.

Lo der la banda sonora es de juzgado de guardia. Teniendo a Jourgensen metido en el proyecto, bien podrían haber metido unos temitas de "Ministry" para amenizar un poco.

Saludos.

Patrick Bateman dijo...

Hola Rector.

De no ser por el párrafo final, ya estaba sacando los billetes de la cartera, que bien sabes vender. ;)

Saludos.

El Rector dijo...

Sr.Bateman, recuérdame que la próxima vez te pase un número de cuenta al que depositar tus de seguro, generosas donaciones ;)

Aunque esta vez, me temo que todo el mérito de una eventual venta, es de la srta.Hendstridge, jeje.

Saludos.

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