domingo, 25 de octubre de 2020

Crítica: Spoorloos

MAIK LINGOTAZO NOS HABLA SOBRE UNA OBRA DE REFERENCIA DENTRO DEL CINE DE SECUESTROS, LA DEL DESAPARECIDO GEORGE SLUIZER


Durante las pasadas semanas ataqué una muvi que aguardaba en la lista de pendientes desde hacía tiempo. Me decidí por la versión primigenia holandesa antes que por su remake del 93. En dicha revisión, el propio George Sluizer volvió a coger la batuta, aunque esta vez arropado por referentes punteros del séptimo arte que por aquella época gozaban de muy buen cartel como Jeff Bridges, Kiefer Sutherland o Sandra Bullock. La cinta norteamericana, por lo que se ve, está algo bastante edulcorada. Exigencias del guion... hollywoodiense, claro es. 

Sin duda alguna, la que nos ocupa fue la pieza más alabada del director, que ya venía con bien de bagaje acumulado durante las décadas anteriores bregándose en el terreno de los documentales y que, por lo demás, nos legaría poco antes de su muerte la culminación, al fin, de “Dark Blood” (2014), película que llevaba en el limbo de la post-producción casi dos décadas tras haberse visto interrumpida por la repentina muerte del protagonista principal, River Phoenix, en 1993, poco antes de la finalización del proyecto. Sirva también como dato curioso que entre su filmografía nos topamos con la producción española “La balsa de piedra” (2002), donde además de encargarse del guion adaptado de una novela de José Saramago, pudo dirigir a su vez a actores de la talla de Federico Luppi, Icíar Bollaín y Gabino Diego. 


“en cuanto a los intérpretes y pese a ser desconocidos para el gran público, cabe destacar que se muestran solventes, contenidos y precisos” 


Pero sería la obra de los Países Bajos la que le granjearía mayor notoriedad. Gracias a ella, no en vano, cosechó algún que otro premio, como el Golden Calf (Becerro de Oro) a la mejor película logrado en su certamen doméstico, o el de Johanna ter Steege como mejor actriz secundaria en los Premios del Cine Europeo. Cabe decir que, con “SPOORLOOS”, es llevada a la pantalla grande la novela corta llamada “La desaparición”, escrita por Tim Krabbé y publicada por primera vez en Holanda en 1984. 

Nos hallamos ante un filme considerado de culto por muchos, y que sin ir más lejos tuvo entre sus más fervientes altavoces al ínclito Stanley Kubrick, para quien se trataba de “la película más terrorífica que haya visto”. Igual pelín exagerado, pero oye, igual no. Total, es su puto gusto. Además, seguramente en aquel momento tuvo su miga, y sería injusto verla y valorarla con ojos del siglo XXI. De hecho, la joven Johanna acabaría figurando en el reparto de “The Aryan Papers”, adaptación del libro “Wartime Lies” de Louis Begley que el director de “La naranja mecánica” (1971) estaba llevando a cabo a principios de los 90. Consiguió el rol protagónico incluso por delante de otros nombres ilustres que se barajaron como los de Julia Roberts o Uma Thurman. Parecía estar paladeando ya la jugosa oportunidad que se le presentaba. Sin embargo, esta se fue al garete debido a que el rodaje se canceló al coincidir en tiempo con el bombazo que supuso otro estreno de temática similar como fue “La lista de Schindler” (1993). 

A decir verdad, en cuanto a los intérpretes y pese a ser desconocidos para el gran público, cabe destacar que se muestran solventes, contenidos y precisos. En especial Bernard-Pierre Donnadieu (“El profesional”, “El regreso de Martin Guerre”), quien da vida a Raymond Lemorne, establecido profesor de química, cabeza de familia ejemplar y seguramente también saluda amablemente por las mañanas en la cola de la panadería. En fin, un sociópata de manual. No os preocupéis, que él se encargará de impartirnos punto por punto una master-class acerca del alumbramiento y posterior refinado de su singular condición. 


“se erigió como una suerte de pieza seminal cuya estela acabarían siguiendo un buen número de ficciones que tocaban el asunto de las desapariciones y los secuestros” 


Con todo, y pese a los más que buenos mimbres con los que se facturó esta obra, tuvo escaso recorrido fuera de sus fronteras y su alcance no se extendió más allá de reducidos círculos. Eso sí, obteniendo el respaldo de la crítica, que no dudó en elogiarla y reconocerle sus muchas virtudes. A su manera, “Spoorloos” se erigió como una suerte de pieza seminal cuya estela acabarían siguiendo un buen número de ficciones que tocaban el asunto de las desapariciones y los secuestros desde una óptica similar, bajo unos parámetros parecidos, acaso configurando incluso un subgénero que muchos directores supieron explotar con un pulso narrativo tendente al thriller. 

Sin embargo, este largometraje aúna diferencias notables, empezando por su estructura discursiva. Los biorritmos de este organismo se definen por unos ciclos perfectamente delimitados con mano de cirujano y con habilidad de orfebre. Está trufado de sutilezas y de grandes frases (“A ella no le dio tiempo a desenamorarse”), con mucho mimo por el detalle, descansando en miradas profundas, en enclaves apartados e inmensos a los que luego sabe contraponer el gris decadente de la ciudad, el caótico discurrir entre edificios colmena. Para ello se apoya de un montaje intercalado excelso, calculado, que mide a la perfección los tiempos hasta confluir en un tercer acto al que se imprime una marcha más, tras haber llegado a él de una manera pausada, deliciosa, que se torna tan hipnótica como exasperante. Pasaremos de la calma despejada y de tímidos cielos encapotados a la más descomunal de las tormentas. 


“Con cierto aroma al hacer de Hitchcock, Spoorloos sin embargo se desmarca a las primeras de cambio, dado que al poco de empezar ya conocemos el qué y el quién” 


Es este un relato de los que se cocinan a fuego lento y te sorprenden atrapado por su reposada urdimbre. Colabora en ello, y de qué manera, el magnetismo que imprime durante todo el metraje una afinadísima banda sonora a cargo de Henry Vrienten. 

Con cierto aroma al hacer de Hitchcock, “Spoorloos” sin embargo se desmarca a las primeras de cambio, dado que al poco de empezar ya conocemos el qué y el quién. Lo que nos queda, pues, lo que queremos saber es el porqué, y sobre todo el cómo. Habida cuenta de que en su primer tramo ya se nos desvela la autoría del hecho nuclear de la historia, el peso de la trama recae en la motivación que subyace tras él. También en su génesis. Y en lo minucioso de sus preparativos, en el perfeccionamiento de sus ensayos, en lo audaz de sus avances. La serenidad, el autocontrol y la disciplina con que Raymond va perfilando su diabólico plan estremecen hasta límites insospechados. Más aún, contemplar sus iniciales errores, y comprobar cómo los va solventando poco a poco con entereza y frialdad. Ensayo y error. Mecánico. Y eficaz. 

Al tiempo, y de manera alternativa, disponemos del devenir de la contraparte, con imágenes insertadas que ilustran a un empecinado Rex Hofman, el novio movido no ya por encontrar viva a su compañera, Saskia Wagter, sino por la sola necesidad de saber qué es lo que ocurrió tres años atrás en aquella estación de servicio y por qué. Incapaz de pasar página, asistimos a su progresivo declive y al desmoronamiento de su vida personal: su nueva relación, su ocupación, su estabilidad mental se ven seriamente castigadas por ese enconado afán de satisfacer su inextinguible curiosidad. Y en el empeño se irá entregando progresivamente, deslizando hacia los astutos designios del 'vecino de al lado', para quien todas las decisiones que ejecuta Rex parecen sugerir una clara invitación a completar una obra que ya creía perfecta. Un regalito caído del cielo, vamos. Y así, sin ruidos y sin alardes, se nos muestran los delicados movimientos que entretejen el recorrido de destinos paralelos. Será en el último acto cuando converjan. Y será entonces que saldrá a relucir, rocosa, por encima de otras inclinaciones, la más pura y destructiva obsesión. Ella es la que, junto a nuestros protagonistas, Raymond y Rex, Rex y Raymond, nos guiará hacia un final de los de aúpa. De los de 'manda huevos', que diría Trillo. Entonces veremos cuánto compensa abrir según qué cáscaras. Y seremos testigos del peaje que puede llegar a cobrarse una moneda echada al aire.


3 comentarios:

Krueger dijo...

Lo que se dice descubrir algo de lo que no tenía ni pajolera idea. Con la reseña dan ganas de acercarse al film, así que gracias Maik!

hernanm6 dijo...

Hola, Maik, ¿cómo estás? Espero que bien, entre pandemias, brotes, rebrotes y diaria alquimia de dolores, horrores y más bien escasas alegrías que nos atraviesan a los bípedos implumes en estos días. Tanto es así que, por puro desánimo y casi cataléptica desazón personalmente ni siquiera me sentía con espíritu suficiente como para acercarme a este blog que tanto disfruto. Y héte aquí que, en el momento preciso en que lo hago, me encuentro con un sagaz, preciso y contundente comentario sobre una de esas joyas enterradas, esas películas que, a veces, parece que sólo conocemos los cinéfilos, y que durante frustrantes años no podemos comentar con nadie porque, claro, nadie la conoce ni de casualidad. Hablo de la ínclita y original "Spoorloos", obra maestra por donde se la mire. ¿Qué decir que tú no hayas dicho en tu excelente crítica...? Poco. Acaso, enfatizar cómo es posible pergeñar un film estremecedor con una economía narrativa que fluye de principio a fin sin prisas y sin pausas, para generar una tensión dramática que te mantiene eternamente el filo de tus emociones, sin utilizar más que un conjunto cuasi minimalista de diálogos, escenas e imágenes. Y todo eso sin hacer alarde de ninguna cinematografía "extraña": tan despojada como la historia misma es su absolutamente simple (no simplista) concepción visual. Hay momentos subrepticiamente geniales: el "malo" en distintos tramos de su vida familiar, con ese sutil conjunto de breves miradas y milimétricas expresiones entre padre, esposa e hijas, tan sugerente y expresivo; la creciente tensión psicológica de los distintos personajes, sobre todo en los dos antagónicos, que acaso no lo son tanto, sino tal vez dos caras de la misma "moneda" humana, apalancados ambos en sus propias razones que quizás -quizás- no son tan distintas; y el anticlimático final, que expresa un sentido de rendición y acaso de redención, en procura de una respuesta que sólo tal vez en el mero final de todo puede percibirse como tal. En suma, estimado Maik, en muy buena hora se me ocurrió volver por estos lares. Te aseguro que me siento con mucho mejor humor que hace apenas 24 horas (un día, una vida, en estas circunstancias). Te agradezco por tu excelente comentario y por redescubrir para todos nosotros esta gema inclasificable del cine ¿negro?¿psicológico?¿de misterio? Bah: inclasificable, y punto. Saludos entrañables a todo el cuervoso staff, desde el otro lado del Atlántico. Y cuídense, por favor.

Maik Lingotazo dijo...

Hola, buenas.

De nada, Krueger. A ver qué te parece. Poco más puedo añadir por mi parte: es una película que tenía en lista, y pendiente, en tanto que referente semi-oculto. Y cuando por fin la he atacado, a mí personalmente me ha dejado una grata impresión.

Hernanm6, gracias por tu comentario, y por tus impresiones acerca de la película, con las que estoy en total sintonía. Ya ves, pues vaya feliz coincidencia 'telepática', jeje. Y yo que me alegro. Sobre todo si has pasado un buen rato, y máxime entre tanto tiempo convulso. Me ha hecho gracia reparar, ahora a posteriori, que “Spoorloos” se distribuyó tanto en Francia como en Portugal bajo un título que, traducido en ambos casos, vendría a ser “El hombre que quería saber”. Lo digo al hilo de cierta cosa que has mencionado a cuenta de los dos protagonistas de la película, y de cómo a su manera guardan aspectos en común. Ya he mencionado que la obsesión juega un papel clave en este filme. De hecho, creo que sobre todo va de eso. O al menos, alrededor de eso. Lo dicho, un gusto leer palabras tan efusivas como las tuyas.

¡Salut!

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