MAIK LINGOTAZO NOS HABLA SOBRE LA IRRUPCIÓN EN LAS GRANDES LIGAS DE UN HASTA AHORA ANÓNIMO JUSTIN G. DYCK EN LA DIRECCIÓN
Un año, el 2020, que se nos va. Y con él el impacto inicial de
una soberana conmoción global que ha azotado al planeta con una virulencia tal que aún estamos por calibrar el alcance real de sus repercusiones. Las secuelas, de hecho, las seguimos padeciendo y resulta aterrador siquiera imaginar cuánto de esta crisis puede haber venido para no irse. Cuánto, tras el shock, pasará a ser doctrina. Siempre
nos quedará el cine. Esperemos. Como también esperamos, y sobre todo anhelamos encarecidamente, su recuperación de cara al nuevo año. Por lenta que ésta pueda ser. Algo que nos haga albergar la esperanza de que las constantes vitales de esta industria responden a los intentos de reanimación, toda vez que durante estos pasados meses al menos ha logrado sobreponerse a la estocada pandémica, aferrándose a la existencia, que, aunque precaria, ha gozado de la energía suficiente como para capear el temporal sin tener que plegarse al cese rotundo de su actividad. Se ha adaptado a las circunstancias, ha barajado y buscado alternativas, y por fortuna ha encontrado en la respuesta del respetable el apoyo y el calor, hoy más necesarios si cabe, para seguir adelante. Por lo pronto parece estar haciéndolo con entereza e ilusión por los tiempos que han de venir, que no es poco. Eso sin duda tiene su reflejo
en las producciones que han visto la luz a lo largo de este año. Las que hemos podido disfrutar bien en alguna sala con aforo limitado, bien vía online programadas por algún festival de cine.