domingo, 20 de abril de 2014

Crítica: La Semilla del Diablo

Entre los momentos más importantes en la vida de una mujer, si es que no es el más importante, encontraríamos el embarazo y posterior parto del niño que lleva en sus entrañas. Esa nueva vida que nos hace perdurar en el tiempo. Ese acontecimiento natural y cotidiano a la par que milagroso que nos sitúa entre lo mundano y lo excepcional, y nos convierte en afortunados fenómenos del universo. 

Este hecho singular ha sido utilizado por las diferentes manifestaciones artísticas (pintura, escultura, teatro, literatura, fotografía, cine, etc.) para ensalzarlo y mitificarlo o bien para darle la vuelta, observar su lado oscuro, y convertirlo en algo atroz, tenebroso e incluso maligno. La literatura fantástica y el cine han dado con mejor o peor fortuna una importante producción de títulos que jugaban con los miedos más profundos de las madres (y los padres) a que sus embarazos o bebes fueran problemáticos o estuvieran rodeados de terroríficas y traumáticas circunstancias. Como muestra representativa podríamos mencionar: It’s Alive, La Tutora, Baby Blood, A L’Interieur, Grace o Proxy

La película que nos ocupa, Rosemary’s Baby, aquí traducida (de forma espantosa) como La Semilla del Diablo, es una producción de finales de los sesenta que adaptaba la novela homónima del varias veces trasladado a la pantalla grande Ira Levin (en ocasiones de forma estupenda como en Los Niños del Brasil o La Trampa de la Muerte). 

Como la mayoría sabrá (es difícil que a estas alturas exista alguien que no haya visto u oído hablar de esta mítica película), se nos cuenta la historia de una joven pareja (los Woodhouse) que se muda a un edificio de apartamentos de Manhattan, donde él, Guy (interpretado por John Cassavettes) estará más cerca del ambiente teatral e interpretativo de la ciudad donde poder conseguir buenos papeles que enderecen su maltrecha carrera de actor. Al poco de instalarse, conocerán a sus ancianos y excéntricos vecinos, Minnie y Roman Castevet, que se volcarán en el cuidado de Rosemary (una jovencísima Mia Farrow) cuando esta se quede embarazada, colmándola de atenciones y asistencia. Poco a poco, ciertos extraños y violentos acontecimientos y las sospechas y comentarios de algunos amigos de la pareja, irán sembrando en la mente de Rosemary las dudas acerca de las intenciones de sus extravagantes vecinos e incluso de la naturaleza de su propio bebe, adentrándola en una espiral de enajenación que le hará difícil discernir la realidad de las fantasías diabólicas de conspiración y maldad que la invaden. El encargado de trasladar a imágenes esta historia fue Roman Polanski, una decisión muy acertada por parte de la productora, ya que la trama se ajustaba perfectamente a la visión esquizoide y barroca de la naturaleza humana y funcionamiento del mundo que presenta el cineasta polaco. 

Sin apenas modificar una coma de la novela (la cual recuerda mucho en su estructura a un guión cinematográfico), Polanski realizó una película repleta de tensión, angustia y miedo a lo cotidiano que marcó toda una época e influyó en posteriores producciones. No obstante, Rosemary’s Baby está mucho más cerca de las geniales cintas de suspense del maestro Hitchcock que de las cintas de terror posteriores a las que influyó como La Profecía o La Centinela o de otros títulos míticos como El Exorcista

Con una dirección precisa y meticulosa que insinúa en vez de mostrar y que saca el máximo partido posible a la casi única localización del film, un antiguo y enigmático edificio de apartamentos en Manhattan, La Casa Bradford (en realidad el edificio Dakota del westside neoyorkino), como ya hiciera años atrás en la turbadora Repulsión, una fotografía luminosa a la par que espectral que convierte la realidad en pesadilla y los surrealistas sueños de Rosemary en vivencias muy reales, una partitura (en concreto una nana) compuesta por Krysztof T. Komeda que provoca malrollo cada vez que suena y unos actores principales sensacionales, Polanski va desarrollando inexorablemente esta inquietante historia que nos va provocando desasosiego hasta alcanzar con los esplendidos 25 minutos finales un clímax malsano antológico que culmina con un final de órdago. 

Si bien es cierto que en cada plano y secuencia se nota la mano certera de Polanski y consigue dotar a toda la cinta de ese toque tan nocivo y amenazador de la “nada” que tanto le gusta, no se habrían alcanzado las cotas de grandeza que se consiguen sin un reparto acertadísimo (por casualidad, ya que los actores previstos originalmente eran otros) y fabuloso en su cometido. Ruth Gordon (que ganó el Oscar a la mejor interpretación femenina de reparto) y Sidney Blackmer, que interpretan a los Castevet, transmiten excentricidad, hipocresía y maldad con sus simples miradas y gestos, y un magnífico e inexplicable John Cassavettes y una frágil y angustiada Mia Farrow (posiblemente la mejor interpretación de su carrera) transmiten la ambivalencia y la desesperación de sus personajes de forma magistral, consiguiendo que en todo momento sufras y dudes con todo lo que sucede. (Imprescindible para aquellos que aún no la han visto y para los que quieran volver a disfrutarla o padecerla, según se mire, que lo hagan en versión original). 

En definitiva, estamos ante una obra magna del suspense y el mal rollo donde tienen cabida las paranoias conspirativas, los aquelarres, los asesinatos, el advenimiento del maligno y los intentos desesperados de una madre por proteger a su bebe a cualquier precio, con una naturalidad y simpleza, asombrosas. 

Notas: 

Ocho años después del estreno de la película, se realizó para la televisión por cable una mala e innecesaria continuación que contaba con la presencia de Ruth Gordon (que repetía papel). 

Treinta años después de publicar la novela original, en 1997, Ira Levin publicó su continuación, Son of Rosemary, que a pesar de contar con algunas buenas críticas, todos destacaban lo pésimo y precipitado del desenlace. 

En breve, la NBC, estrenará una miniserie de cuatro horas que adapta nuevamente la novela: Rosemary’s Baby. Estará interpretada en los papeles principales por Zoe Saldana, Patrick J. Adams, Carole Bouquet y Jason Isaacs, y como directora de orquesta se ha elegido a la cineasta (también de origen polaco) Agnieszka Holland. Si bien es cierto que en los últimos años la televisión por cable está facturando muchas y muy buenas series, me temo que esta está abocada al averno. Ya se verá (ojalá me equivoque y consigan resultados similares a los que consiguió en 1968 en magistral Polanski).


"La Semilla del Diablo", otro clásico que salta a la TV

La primavera es la época del florecimiento, de la renovación, de la nueva vida. Y en esa nueva gestación de ideas, la televisión parece que se da la vuelta y da la espalda a todo lo que huela a nuevo, por lo que se opta por lo ya conocido y lo que no suponga riesgo, vaya, por las benditas revisiones de los clásicos, tal y como se ha hecho con exitos cinematográficos como "Psicosis" ("Bates Motel") o "El Silencio de los Corderos" ("Hannibal"). 

En esta ocasión le toca el turno a "La Semilla del Diablo", y en forma de miniserie y utilizando como reclamo caras conocidas, como la de Zoe Saldana ("Avatar", "Matrix") para interpretar al personaje que encumbró a Mia Farrow, este formato televisivo intentará aterrorizar a todas las futuras madres del mundo. De la mano de Scott Abbot ("La Reina de los condenados") y dirigida por Agnieszka Holland, volveremos a encontrarnos, durante cuatro horas, con la mirada perdida de una pareja que decide confiar en los vecinos equivocados. 

Ira Levin estaría temblando, Roman Polansky y la primavera aún están a tiempo de hacerlo.

miércoles, 16 de abril de 2014

Crítica: La Pasión de Cristo

Perdónalos, sí. Perdona a todo aquel que juzga sin juicio alguno.Y en estas fechas, aprovecho para reivindicar una de mis películas preferidas. Vale, no es una peli de terror, aunque se catalogó como “gore” en su momento por su grafismo excesivo y barroco y su recreación en el dolor que hacían de la película una de las más violentas que jamás haya visto. 

"La Pasión de Cristo" (The Passion of the Christ) de Mel Gibson, uno de los títulos más acertados de la Historia del cine, porque lejos de ese concepto vinculado al término en su acepción romántica, describe perfectamente la locución latina que describe el dolor, la tortura, lo insufrible. 

Pero, ¿ qué es "La pasión de Cristo" sino una película?... ¿ Y qué se juzga-critica-valora en esta página sino eso?... No me valen pues ni una sola de las opiniones personales contra/sobre el director, y estoy de acuerdo con la gran mayoría, pero si tenemos que expresar una opinión sobre la cinta deberíamos ceñirnos a eso básicamente. 

Estamos ante una de las mayores experiencias cinematográficas de la historia del cine. Una película tan espiritual como carnal (en su aspecto más doloroso) en la que independientemente de creencias, dogmas e iglesias el señor Gibson vuelve a contar una historia visceral de manera asombrosa, traspasando la pantalla sin efectos 3D, logrando doler sin contemplaciones. 

No me importa en absoluto la respuesta vaticana, ni la semita, ni ninguna otra en realidad. Me importa experimentar cómo Jim Caviezel transmuta en un personaje y sufre lo sufrido por aquel. Me importa contemplar una Maïa Morgenstern en estado de gracia absoluto, testigo directo del sufrimiento injusto de un hijo y a Monica Bellucci más carnal y seductora que nunca, perturbadora, bella hasta doler y tentadora. Me importa el mensaje sociológico de la cinta. Sin homilías ni meditaciones clericales. Las cosas no han cambiado tanto. Ensalzamos y crucificamos a diario y por igual, manipulando siempre al oprimido y las opiniones ajenas. Y no me importa si el que está en la cruz es mi Dios o no. Gibson hace que eso no sea lo relevante, sino el hecho de que esté ahí, en esa cruz. 

Mel Gibson vuelve a narrar como nadie, revelándose como un maestro cuentacuentos, un narrador de primera y vuelve a hacer las cosas como ningún otro podría haberlo hecho. Y... ¿Antisemita?... No, histórica. 

No entiendo esa llaga del judío. No es el mismo judío el de este Imperio Romano que el del Holocausto Nazi, y algo injustificable como la masacre alemana no puede, no debe, justificar cualquier acción previa por el hecho de ser semita, con lo cual, ¿Dónde está la polémica?... 

Lo mejor: Absolutamente todo. Es una obra maestra del Cine. Una obra maestra de la espiritualidad. Una obra maestra del Arte en general. 

Lo peor: Levantó todo tipo de ampollas, pero ¿es eso malo?...

Surrealista de verdad que una película en arameo se convierta en un hit semanas y semanas. El espectáculo no entiende de idiomas, y eso, Gibson es algo que entiende como ningún otro director actual, volvió a demostrarlo en Apocalypto, casi igual de grande. 

La banda sonora es absolutamente PERFECTA.

Merecidos sus premios a la libertad de expresión, porque la película es entre otras cosas eso, un canto a la libertad. Y a día de hoy es mucho más transgresor, mucho más arriesgado y valiente hacer esta película que cualquier otra. Bravo Mel, qué asco de persona, qué genialidad de creador...


domingo, 13 de abril de 2014

Crítica: Stage Fright

De los gustos ya se ha escrito todo lo que se tenía que escribir, yo no invento la pólvora cuando digo que todo se reduce a los gustos, y que son éstos los que nos definen, por dispares que sean, pues es de gustos y preferencias de lo que estamos hechos. En este apartado tan subjetivo y personal, hay trillones de combinaciones y una certeza absoluta: o amas los musicales, o los detestas. En esto no hay término medio, porque la indiferencia nunca es cantada.

"Stage Fright" es un musical, y un musical como los que se pueden ver en los teatros y no en el cine. Hace no mucho, hablábamos de "All About Evil" como la exageración del teatro llevada al cine, hoy hablamos de "Stage Fright", como la musicalización de una obra de teatro que apuesta tanto por el terror, como por el sentido del humor más naive. Eso sí, algo hay que tener en cuenta desde el principio, si no eres de los que amas los musicales, no te acerques a una propuesta así.

Afortunadamente yo adoro los musicales. Me apasiona vivir las historias a través de los cánticos de los protagonistas, cuando comienzan la frase hablando y la terminan cantando, me pierdo en una ensoñación, porque la vida es música, el arte es música y la música debe traer la satisfacción.

Como imaginaréis, ansiaba ver "Stage Fright", ya que las productoras no suelen apostar por los musicales de género, así que esta película era una rara avis, que encima venía presentada con un plumaje de los más atractivo, ya que el cartel promocional me parecía grandioso. Pocas ocasiones hay para dejarnos llevar por la melodía y la sangre, pienso en "The Rocky horror picture show", "Repo! the genetic opera", "The Phantom of the Opera", "The Phantom of the paradise", "La pequeña tienda de los horrores" y ya no soy capaz de pensar en nada más. ¿Dónde se posicionaría "Stage Fright"? ¿De parte de la cara más festiva de estos musicales, o en la parte más seria?.

La respuesta es que si no es necesario elegir, ¿por qué hacerlo? "Stage Fright" es la mezcla de los musicales más gamberros, destinados únicamente a divertir sin necesidad de involucrar al espectador en nada, ya que todo lo que ocurre se explicita en cada una de las letras de los temas musicales que se suceden unos detrás de otros, la necesidad de mostrar sangre y la parte más oscura del espectáculo.

El primer acto, o primera parte, ocurre depués de que el director de este musical, Jerome Sable, nos haya enseñado la patita hemoglobínica, al ejecutar con saña a la olvidada actriz Minnie Driver ("Sleepers"), en los primeros minutos de la película. A partir de esta fantástica muerte y tras mostrarnos que uno de los protagonistas es Meat Loaf, la parte festiva comienza y lo hace desde la perspectiva más juvenil, y como mandan los cánones del cine de terror: en un campamento de verano, eso sí, estamos en uno un tanto especial, ya que es para formar a los niños en el arte del musical. Desde aquí, y durante media película, hay que tener mucho aguante musical para tragar con las historias que se nos cantan, la ñoñería, los gags facilones y un interés mínimo por lo que se nos cuenta. Insisto, mucho te tienen que gustar los musicales, para no abandonar a la media hora de visionado.

En este aspecto, para mi, la primera parte de "Stage Fright" es lo más parecido que hay al musical de "Evil Dead" que ví cuando lo representaban en un teatro de mi cuidad. Mezcla de divertimento y decepción, pues estar viendo algo de terror en clave de humor facilón y musicado a veces se atraganta. Aún así, y siendo el mayor handicap de la película que nos adentra en un género complicado de digerir, cuando lo que se ha venido a ver es una trama más retorcida, "Stage Fright", tiene algo que te mantiene inmóvil en el sitio, supongo que es porque está cuidado y sabe a dónde quiere ir a parar, supongo que también por las ganas de ver algo interesante.

La trama es simple, Camilla Swanson, hija de la asesinada Kylie Swanson, quiere representar la misma obra que terminó con la vida de su madre, El fantasma de la Opera, y no duda en hacer lo que sea necesario para conseguirlo. El escenario es un campamento de verano, y los guiños a nuestras película de terror constantes: "La Matanza de Tezas", "Hellraiser" y su Pinhead, ""Carrie", "Pesadilla en Elm Street", "Viernes 13"... algo que demuestra que la dirección que tiene que tomar "Stage Fright" para poder sobreponerse a la primera parte, es una carretera secundaria, perdida y tenebrosa.

Y la senda de la oscuridad es tomada en la segunda y definitiva parte de la película, cuando realmente empieza la película, cuando el asesino, debidamente enmascarado, hace acto de presencia de la forma más llamativa posible. Giro drástico y la cosa se pone seria, las canciones más familiares, dejan paso al heavy más agudo, los colores hacen lo propio con el negro y el rojo, y las belleza de las imágenes es teñida con sangre, que aunque no sea abundante, es lo suficientemente provocadora para hacerte replantear lo que estás viendo.

La trama deja de importar, si lo hizo en algún momento, para entregar todo el peso al villano, a sus actuaciones musicales y a la manera de resolver la situación del guionista (Jerome Sable, de nuevo). Da igual si imaginamos desde el inicio quién es el asesino, da igual si no te ha tenido en tensión, lo importante es la guitarra eléctrica, y cómo todos nos ponemos de parte de la maldad para que suenen los acordes metálicos y dejen de sonar las armónicas canciones entonadas perfectamente. Aquí no hay lugar para el miedo escénico y hay que dejarse la sangre en el escenario, algo literal y fundamental para una propuesta que empezó dando la nota y que termina de una forma de lo más entretenida.

"Stage Fright" es una propuesta modesta, que intenta devolver la voz de los antiguos y gloriosos musicales que se alejaban de la comercialidad, y que muchas veces se convertían en marcianadas. Lo cierto es que, en mayor o menor medida, y pese a su irregularidad, consigue que se nos meta la música en el cuerpo, y que aquellos que amamos estos musicales, terminemos por pasar un buen rato.


sábado, 12 de abril de 2014

Crítica: Return To Nuke´Em High Volume 1

Ahora resulta que Tromaville es la capital tóxica del mundo... y yo sin saberlo. La verdad es que no soy lo que se dice precisamente un fanático del cine de Troma, ni buen conocedor de su basta filmografía, pero incluso siendo un profano en la materia y con lo poco que he visto, si tenía muy claro lo que me iba a encontrar en la nueva película del señor Lloyd Kaufman y cuarta entrega de la saga de “Nuke´m High”, pues si una cosa buena tiene todo lo que sale de la factoría tóxica, es que ni engaña, ni pretende hacerlo, por lo tanto, el margen de decepción, al menos en el espectador eventual, como es mi caso, es cero. Los que estén versados en el tema, ya es otro cantar. 

Intentar analizar un producto de tan particulares características, es harto complejo. Al menos, si intentamos hacerlo con los baremos y herramientas habituales, aquellas con las que uno suele afrontar el análisis de un producto concebido para la parte mentalmente “sana” de la población o amantes del séptimo arte, pues una cosa tenemos que tenerla todos clara: Troma hará muchas cosas, pero ninguna de ellas es cine, al menos, no como yo lo concibo. Entiendo más los productos de esta factoría como gamberradas fílmicas que tienen como único fin, amenizar la ingesta de cerveza de un grupo de amigos solteros post-adolescentes un sábado por la noche. 

Si es que cuando lo único que puede destacar uno tras hora y media de visionado, es el intento de una chica en pantalón corto, muy corto, intentando sacarle de la garganta a otra chica, de pantalón tan o más corto y pronunciado escote, un pato del fondo de su garganta, es que la cosa no va bien... y ojo, que no se me vayan a enfadar las hordas de fanáticos del universo Troma, que todas mis palabras y opiniones, nacen desde el más profundo y sincero de los respetos... oye, que igual todo esto de las substancias gelatinosas verdes, las chicas ligeritas de ropa y los vengadores tóxicos, tiene su gracia, igual... aunque yo desde luego, aun no he sabido encontrársela. 

Aclaradas mis credenciales tromeras, decir que “Return to Nuke´em High Volume 1”, sea posiblemente la peor de todas las películas de Troma a las que me haya enfrentado y muy inferior por ejemplo, a otro título que comentamos en éste mismo medio: “Poultrygeist: La Noche de los Pollos Muertos” dirigida también por el incombustible Kaufman y es que “RTNHV”, no solo fracasa como película (que es algo que ya se le presuponía), sino que lo hace también como película de Troma, al menos en comparación con aquella que es uno de las pocas varas de medir de las que dispongo y que es mucho más disfrutable a todos los niveles.

Por un lado, dosis extra de cerveza van a hacer falta para que “RTNHV” consiga arrancarle una carcajada a alguien, pues el sentido del humor aquí contenido es siendo muy, pero que muy generosos, nivel 3ero de la extinta EGB. Cualquier persona, individuo, animal, cosa, que haya dejado mentalmente atrás, aquel maravilloso curso en el que comenzamos a odiar de verdad las matemáticas y en el que los más precoces, ya fantaseaban por las noches en la intimidad de su alcoba con otro escote, el de su sexy profesora, no solo no encontrará gracioso todo el carrusel de absurdos gags que nos propone el sr. Kaufman para la ocasión, sino que además, pasará vergüenza, mucha vergüenza ajena. 

Por el otro, la certeza de que estamos ante una de las entregas más lights que nos hayan traído estos señores en los últimos años, con un guarrometro mucho más bajo de lo habitual además de decepcionantemente dosificado del cual, tan solo se pueden destacar tres o cuatro secuencias, el resto, paja (y no me refiero de lo que hacíamos en nuestra alcoba pensando en la susodicha profesora), sino a relleno, a uno asqueroso, como si en lugar de rellenar un librito de pollo con jamón york, lo hiciéramos con miserable chopped... ¿podéis imaginar algo más repugnante? 

Pero es que por extraño que parezca, existe un tercer lado (ya sabéis que las leyes de la física no se aplican en el universo Troma) y ese es la naturaleza de la obra que nos atañe, concebida en dos partes. No tanto por esto, que en condiciones normales, no supondría un problema, todo lo contrario, sino por la forma abrupta en la que termina esta primera entrega. Porque si uno ha aguantado estoicamente durante más de hora y media, semejante castigo, que menos que le den un desenlace... en lugar de eso, nuestra infinita paciencia, será recompensada con un infame tijeretazo que agudizará aun más si cabe, la ya de por si profunda sensación personal de estupidez, por haber estado perdiendo el tiempo con semejante engendro cinematográf.... bueno, dejémoslo en “engendro” a secas. 

Si algo debe exigirle el aficionado a un producto de éste tipo, son precisamente los handicaps anteriormente citados. Una cinta de Troma tiene que ser desagradable, tiene que ser asquerosa, y no es el caso, no al menos si entramos en comparaciones. Tiene que ser si no desternillante (ahí ya entra el factor cerveza), si divertida, y tampoco es el caso por mucho que las ridículas hipérboles interpretativas, se esfuercen en lo contrario. Lo único en lo que no falla “RTNHV”, es en su apartado erotico-festivo, pero no es un elemento suficientemente de peso para justificar el visionado, a no ser que uno se haya quedado en la citada soltería de sábado por la noche. 

Lo dicho, una propuesta solo recomendable para fanáticos del cine de la Troma, que curiosamente, será el segmento de público potencial que se verá más decepcionado con ella o para desviados que sueñen con un tía con una polla de metro y medio. 

Lo mejor: Los escasos momentos de gore Tromiano, están resueltos con la brillantez habitual. 

Lo peor: La falta de chispa y la alarmante estupidez de la que hace gala a lo largo de todo el metraje. Más de la habitual.


miércoles, 9 de abril de 2014

Crítica: The Banshee Chapter

Lo que comienza como un “found footage” más-ay amigos, es lo que hay-cambia de golpe, desde el momento en que el guionista y director, Blair Erickson, en un arrebato de confusión o incapacidad coge la cámara y acaba con la subjetividad de golpe, lo cual, de verdad, se acaba agradeciendo, para colarnos un producto bastante mediocre sobre conspiraciones gubernamentales, seres de otro mundo y psicotropos varios. 

“The Banshee Chapter” no es una mala película del todo. De hecho está bastante decentemente rodada y tiene dos o tres ideas sorprendentemente buenas dentro de un guión que desgraciadamente acaba manifestando una inocultable escasez de medios e ideas que no la llevan a destacar dentro del resto de pelis de serie B que tratan temas similares, lastrada por un ritmo demasiado lento y un terror no del todo logrado en algunos casos, si bien en otros es realmente eficaz. 

La cinta nos cuenta la historia de una periodista, Anne Roland (interpretado por Katia Winter) que decide investigar las sospechosas circunstancias de la desaparición de su mejor amigo, (Michael McMillian-James Hirsch), relacionado con un experimento de química en el que está implicado el Gobierno USA, el MK Ultra y que se hace público gracias a la legislación de desclasificación de expedientes de los Estados Unidos, revelando a la luz pública que se han estado realizando experimentos muy poco éticos en bases secretas con seres humanos en los que la droga provoca como efectos secundarios cambios de conducta, alteraciones en la respuesta mental, pérdida de memoria, alucinaciones y violencia desatada. 

En su investigación acude a un excéntrico escritor, Thomas Blackburn (interpretado por un sobreactuadísimo Ted Levine), que está metido en el ajo. 

La película está rodada con un estilo de cámara casi documental que alterna con insertos de entrevistas reales, declaraciones del gobierno (Clinton, tela marinera) y falso documental con el tufillo de ' basado en hechos reales ' de fondo. 

En medio de todo ello se encuentra lo que a mi juicio es lo más destacable de la cinta, la alusión a HP Lovecraft y su mundo de seres oscuros, cuando se usan neurotoxinas humanas a modo de catalizador para convertir el cerebro humano en un receptor que permita la entrada de esos seres de otro mundo en el nuestro, lo cual está “documentado” en cintas de los años 70 que se nos van intercalando a lo largo del metraje de la peli y que suponen la parte más terrorífica de la película, junto con los sonidos de las estaciones de onda corta en los que esos seres repiten una y otra vez los números de la fórmula química usada y que son, francamente, aterradores. 

Es reconfortante comprobar que hay aún directores que respetan las raíces del terror de autores como Lovecraft (sin incurrir en vergonzosas adaptaciones sin gusto) y que juegan con la conexión de los antiguos males con el actual terror de los experimentos con psicotrópicos. 

El resultado podría haber sido infinitamente superior, pues el guión tiene numerosos aciertos que no se llegan a aprovechar ni explotar mientras prolonga situaciones absurdas que en realidad no aportan mucho a la historia, y al final todo acaba oliendo a serie B tras un decepcionante y mal logrado desenlace aburrido y bastante plano precedido de un aluvión de escenas mal encajadas e incapaces de provocar terror en su mayor parte. 

Pero a pesar de que la historia acabe pareciendo descabellada y plagada de agujeros en su trama y de un final, como ya he dicho, no satisfactorio, es loable la intención del director de hacer con su película algo diferente, tratando de construir un ambiente espeluznante con una dosificación calibrada de los típicos sustos logrados con la subida del volumen y la cámara de visión nocturna a los que ya nos estamos acostumbrando demasiado. 

La película trata de ser una combinación (no demasiado eficaz) de la cinematografía tradicional y el “faux- real“, (el ya habitual " found footage " , y el material de archivo documental, incluyendo noticias reales emitidas en la televisión americana). Esta fusión de técnicas y medios es la adecuada para tratar el tema de los experimentos de control mental del MKUltra, experimentos que a día de hoy sabemos que fueron reales y se llevaron a cabo por la CIA durante la Guerra Fría. 

En cuanto al trabajo de dirección, pues lo dicho, o el tipo no supo muy bien qué hacer con el material que tenía entre manos ó realmente es un genio que la ha cagado sin querer. El trabajo de cámara es prodigioso a ratos, con un aprovechamiento de luces y sombras premiable, mientras que en otros momentos es propio de un niño con su cámara regalo de comunión. 

Los insertos de metraje encontrado brillan sobre los demás (sorpresa, sí) y logran dar credibilidad al tema de la DMT y el MkUltra, sin rozar siquiera el debate sobre la conveniencia de determinadas drogas en nuestros días (a Dios gracias). 

El reparto no está mal, si bien todos tienden un poco a la sobreactuación. El personaje de Levine, un caramelito, se diluye demasiado por la exageración con la que lo ejecuta, mientras que el de Katia Winter, pese a ser la protagonista, queda un poco a la sombra. 

En definitiva la película es un experimento no del todo original en el género, con una trama interesante pero desaprovechada y a ratos demasiado confusa, pero mucho más inteligente que la mayoría de cintas que se ruedan con su presupuesto.

Lo mejor: Las notas de “falsa realidad” en su inicio. Tiene un susto estupendo.

Lo peor: Se hace aburrida y confusa a ratos. Recomendada queda para devoradores del falso documental, la teoría conspiranóica y antisistema.


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