jueves, 24 de abril de 2014

Crítica: El Heredero del Diablo

Si hay un clásico de terror, junto a La Profecía que amo con todas mis fuerzas es La semilla del diablo de Polanski. No, no me he vuelto loco empezando así mi crítica, pero quiero dejar unas cuantas bases bien sentadas. También tengo que reconocer que mi opinión acerca de la tendencia del found footage en este nuevo siglo ha cambiado radicalmente de un odio irracional hacia un amor casi incondicional. Aclarado lo anterior, vamos al tema. 

The devil´s due es un homenaje en toda regla al clásico de Roman Polanski. Y digo homenaje y no copia, remake o absurda resucitación con total conocimiento de causa. Es pues, un sentido homenaje desde la admiración y la devoción cinéfila pero presentado en un estilo mucho más cercano a la franquicia de Paranormal Activity, escrita por Lindsay Devlin que se estrenó como guionista en el 2013 con el documental In so many words, y dirigida por la pareja Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, que forman parte de un grupo de cineastas colectivo llamado 'Radio Silence' y que anteriormente co-dirigieron, co-escribieron y co-protagonizaron un segmento de la estupenda antología de terror 'V / H / S' en 2012 en la que el dúo de realizadores hizo un trabajo excepcional en su debut cinematográfico. 

La historia gira alrededor de una pareja guapa, simpática y sobre todo NORMAL-que no abundan lo que se dice mucho en algunas de las recientes pelis de género-de recién casados, Samantha y Zach (interpretados por Allison Miller y Zach Gilford), que tras su boda se piran de luna de miel a la República Dominicana. Allí, tras una noche de fiesta de fín de vacaciones acaban recogidos por un taxista persistente ( Roger Payano) que les lleva a una fiesta fuera de la ciudad donde drogados y borrachos un grupo de personas realizan un extraño ritual con Samantha que apenas graba la cámara. Cuando vuelven a casa, Samantha que no ha dejado de tomar sus pastillas anticonceptivas descubre que está embarazada. El padre, miembro de ese grupo que ya avanzaron los japoneses y sus cámaras consistente en grabarlo absolutamente todo, decide seguir grabando para el día de mañana enseñar a su hijo sus vidas antes de su llegada.

La película tras su estreno consiguió una gran mayoría de malas, casi destructivas críticas, casi en un efecto dominó, básicamente por su formato de found footage, si bien es de destacar que tanto el gurú del terror de los últimos tiempos, Eli Roth, webs como Bloody Disgusting y fundamentalmente Polanski, dieron el visto bueno a la cinta. 

Que Roman Polanski es uno de los grandes no deja lugar a dudas. Que su vida no es lo que podemos llamar “sencilla” o “regalada”, tampoco. Ya su infancia fue un infierno evitando caer en Auschwitz, donde su madre fue exterminada y su padre pasó unos años puñeteros. Lógicamente eso marca a cualquiera. Pero si cuando el éxito de tu vida viene acompañado del asesinato de tu mujer embarazadísima por un psicópata zumbado como Charles Manson es como para no sobrevivir. El tipo, valiente desde luego, no sólo tonteó con el tema demoniaco en La semilla del diablo, desafortunado título español que revela toda la gracia de la película, sino que años después adaptó El club Dumas del petardo Reverte en su simpática y entretenidísima La novena puerta.

Ahora, la maldad, en lugar de esconderse entre los vecinos de aquel maravilloso bloque de apartamentos( ¿recuerdan el 7-E en el simbólico edificio Dakota, en Central Park, que más tarde se haría célebre por ser donde asesinaron a John Lennon?) tiene su sede central en República Dominicana y otros países, como Francia y se dedican a buscar mujeres para poder preñarlas del diablo trayendo a la Tierra muchos “anticristos”, siendo Sam el útero portador del “primero de muchos”. 

Polanski antes de Rosemary´s baby había rodado una cinta que no tuvo buena acogida y con los años se ha convertido en una peli de culto total, El baile de los vampiros del 67, en la que conoció a la que posteriormente fue su esposa, la preciosa Sharon Tate. Por aquel entonces, el escritor Ira Levin, autor de algunas de las novelas que han marcado mi vida profesional, como Las viudas de Stepford, Los niños del Brasil o Bésame antes de morir, había presentado ya su libreto de Rosemary’s baby, que contaba la historia de un matrimonio neoyorquino que se muda a un edificio y conoce a unos vecinos peculiares que ponen sus vidas patas arriba, quizás influenciado por la fundación en 1966 de la Iglesia de Satán con Antón Le Vey como cabeza destacada. 

Polanski estaba empeñado en que la protagonista fuera Jane Fonda o Tuesday Weld, pero Evans se empeñó en que nadie mejor que Mía Farrow lo haría, con su fragilidad, sus expresivos ojos extraños y su delicada figura rozando lo enfermizo era la opción perfecta y Polanski enseguida lo tuvo claro. Como anécdota cabe destacar que aunque el corte de pelo que luce en la película siempre se ha achacado a una decisión de Vidal Sasoon para la cinta, ya lo tenía corto por exigencias de su personaje en el culebrón Peyton Place. Para su marido, John Cassavetes era inmejorable. La actriz Ruth Gordon, que acabó ganando premios a raudales por el papel, se incorporó como la vecinita anciana satánica. 

La magia de esa película es que está construida a pequeños pasos. Comienza como una comedia cualquiera de la época pero, poco a poco, se van añadiendo momentos, detalles, que el espectador va interpretando hipnotizado. Polanski juega hasta el final con la ambigüedad, mucho más que Levin en su novela, haciendo que el público dude de si el personaje de la Farrow está en sus cabales y realmente el componente satánico existe o está chiflada, como sus ojeras y mal aspecto en pleno embarazo sugiere. Era una especie de “cine de terror sin terror” que nunca antes se había tratado así. En eso, El heredero del diablo comparte raíces y comienza como una historia de amor que se va desentrañando poco a poco hasta que el horror se sucede.

El éxito del estreno de aquella, sin embargo, fue rotundo. Toda la prensa especializada, unánime, alababa la manera de provocar terror psicológico mostrando sólo escenas bastante normalitas y poco exageradas, incluso Truman Capote se declararía fan incondicional de la historia. En el caso de “El heredero del diablo”, la cosa es mucho más complicada. 

Los actores están bastante bien, el guión no tiene alarmantes fallos, la fotografía de Justin Martínez permite una espléndida grabación en primera persona rozando lo documental casero, y los directores se manejan como pez en el agua. Pero las comparaciones son odiosas, y eso es algo que sus creadores debían tener muy, muy claro a la hora de acometer semejante proyecto. 

Lo mejor: Su clarísimo homenaje hace que amemos aún más la obra mayor de Polanski. Entretenida en todo su metraje y con aspectos técnicos estupendos e interpretaciones acordes, logra asustar e inquietar. 

Lo peor: No es, ni de lejos, la cinta que homenajea, pero lo hace tan dignamente que, en serio, y no es por llevar la contra a la ingente cantidad de “haters” de la cinta, merece la pena.


miércoles, 23 de abril de 2014

Crítica: The Borderlands

El 30 de Abril de 1996, en la denominada noche de Walpurgis, Anton LaVey (el papa negro) fundó la “Iglesia Satánica” (conocida posteriormente como la “Iglesia de Satán”). Basándose en muchas de las reflexiones de Friedrich Nietzsche y desvinculando la figura de Satán de cualquier tipo de folclore cristiano, LaVey utilizó esta nueva organización, promotora de una nueva linea de pensamiento basado en la individualidad, la justicia y el honor, para atacar y criticar con fuerza al cristianismo, según él (e idea que comparto plenamente), una plaga de represión y control de las masas, al beneficio de la que posiblemente sea a nivel histórico, una de las mayores lacras a las que se haya enfrentado la humanidad: la iglesia católica.

Esta soga obstructora del libre pensamiento y yugo carcelario de todos aquellos de bajo nivel cultural o menos favorecidos intelectualmente que es la religión y por extensión, su mano ejecutora, la iglesia, ha sido un elemento muy prolífero dentro del cine en general y del fantástico en particular. La casa del señor, ha sido escenario o hilo conductor de cientos de títulos, pero los que ahora nos interesan son aquellos que nos han enseñado la morada de su defenestrado hijo: Lucifer. Y es que el príncipe de las tinieblas, como ya lo relatase John Carpenter en su título homónimo, también gusta de visitar tan sacros lugares de vez en cuando y si se construyen en su honor, como en aquella(s) controvertida(s) precuela(s) de “El Exorcista”, que fueran “El Exorcista: El Origen” (“ Exorcist: The Beginning”, Renny Harlin, 2004) y su gemela bastarda de Paul Schrader (ambas por cierto, muy válidas, pese a las malas críticas), pues mejor. 

“The Borderlands” nos adentra una vez más en senderos recurrentes, los de la iglesia por un lado. Los del falso documental, por el otro. Y a los mandos de esta santa inquisición de saldo, un recién llegado detrás de las cámaras: Elliot Goldner, quien con éste, su debut cinematográfico, demuestra nuevamente que la manera más rápida de llegar a un punto, es siempre la linea recta y apuesta sobre seguro tirando de un fondo tan popular y populoso dentro del cine de terror como es la religión y de unas formas tan sumamente conductoras y de actualidad como son las del mockumentary. 

Es en la combinación de estos dos elementos, donde encontramos la fórmula maestra de “The Borderlands”, título que hace buena aquella máxima que dice que si algo funciona, mejor no cambiarlo. Y digo yo, que seguirá funcionando cuando (a grosso modo) una de cada cuatro películas de terror que se ruedan en la actualidad, es un puñetero falso documental. Señal, de que el aficionado, por algún extraño motivo que escapa a mi entendimiento, se sigue sintiendo atraído por este formato, pese a sus evidentes signos de agotamiento. 

Analizar por tanto, un producto como “The Borderlands” de forma aislada, carece de interés, pues padece de la misma sintomatía general de cualquiera de los mockumentarys que la han precedido éste y pasados años, y es que de donde no hay, no se puede sacar, al menos, si se pretende sacar lo mismo y no tengo ninguna duda de que es el caso. Más interesante puede ser la reflexión, si llevamos a estudio la cinta como parte de un eslabón. Es ahí donde podemos encontrar en la propia película de Goldner, la clara tendencia que ha seguido y caracterizado a los falsos documentales desde sus primeras concepciones contemporáneas allá por “El Projecto de la Bruja de Blair” (“The Blair Witch Project”, Daniel Myrik & Eduardo Sánchez, 1999), que no es otra que la de acercar el género, a lo cotidiano o lo que es lo mismo, alejarlo de la ficción en busca de una supuesta credibilidad. 

Dicho fenómeno, pudo conseguirse quizás (gustasen más o gustasen menos) en aquellos primerizos títulos, como la citada cinta de Sánchez (quien sin duda mostraría más talento en trabajos posteriores) o la exitosa y pionera en lo que a la ley del mínimo esfuerzo se refiere, “Actividad Paranormal” (“Paranormal Activity”, Oren Peli, 2007), donde la cercanía del relato, el flirteo constante con lo mundano y en definitiva, el intento de convencer al espectador de que aquello que estaba viendo, le podía suceder a él, fueron factores claves para entender el éxito obtenido por tales obras y elementos que pasarían a ser punta de lanza del falso documental de ahí en adelante. 

Pasado ese estado embrionario de un subgénero ya maduro y víctima de sus propios tópicos, con el efecto “realidad” desvaneciéndose como alma en pena que abandona el limbo para ocupar su lugar en el universo, el impacto del falso documental desaparece como tal y el inexorable padre tiempo lo redefine a simple recurso narrativo. Una vez ocurre esto, ese intento originario de renegar no sin cierta hipocresía de la ficción más tradicional, pierde toda la razón de ser, pues encorsetados dentro de sus rígidas directrices, los tópicos marca de la casa caducan y se auto-digieren en sus propios jugos gástricos. 

¿Cuando ha funcionado el falso documental en los últimos tiempos? Cuando se ha utilizado simplemente como herramienta narrativa y no como intento vano de extrapolar la ficción a la realidad. Títulos tan bombásticos e “irreales” como nuestra estimada saga de “[REC]”, las antologías de “V/H/S”, “Grave Encounters” o “Evidence” de Howie Askins, han demostrado que el formato del mockumentary no tiene porque estar reñido con el terror más purista y que no hace falta intentar venderle la moto a nadie para pasar un buen rato pasando miedo. 

Lo que nos propone la película de Goldner es un viaje documentado a los recovecos más oscuros de la casa del señor (no a los frecuentados por el hombre, que esos ya los conocemos todos, sino a los de naturaleza mística). Una invitación al burdel de las mentiras y falsos ídolos, a inhalar ese olor a rancio de medievo que solo una patraña blasfema contra el sentido común como una iglesia, puede desprender. Un nuevo juego de ambigüedades en el que se nos pedirá apostar por uno de los dos caballos participantes en la carrera: Escepticismo y fe.

“The Borderlands” lo intenta, vendernos la moto digo, y lo hace a base de tópicos y de las miserias del mockumentary más arcaico. Quien a día de hoy se siga mordiendo las uñas con este tipo de experiencias de feria ambulante, con toda esa palabrería vacía de predicador regional, supongo que podrá encontrarle las mismas virtudes que a otras muchas cintas similares, pero aquellos que hayan dejado ya atrás, la pubertad de la falsa realidad, las corredizas, los movimientos bruscos de cámara, los empachos de cotidianidad, las visiones nocturnas y las linternas en la oscuridad, lo único que van a encontrar en “The Borderlands”, es el más absoluto de los tedios en un título que lejos de aportar nada nuevo, ofrece el mismo show de pacotilla de siempre, ese en el que no ocurre nada durante 80 minutos para que ocurra todo en los 5 finales, ese tan contradictorio, en el que la función termina cuando comienza la ficción. 

Poco se puede destacar de una película que partiendo de una idea no original, pero si llena de potencial, va perdiendo fuelle a medida que avanzan los minutos a causa de su falta de personalidad, exasperante ritmo y pésimas interpretaciones. Un descenso en caída libre, ni siquiera vertiginoso, hacia el pasado de un subgénero caduco como concepción y al que no le queda otra que mirar hacia adelante si se quiere que el aficionado de toda la vida, vuelva a engancharse a él. Desde luego, no es el caso de “The Borderlands”. 

Lo mejor: El siempre cálido aliento del diablo en el cogote y haciendo una comparativa con el resto del film, sus últimos cinco minutos. 

Lo peor: Que el resto del film dura 80 minutos y se hacen muy, pero que muy largos.


lunes, 21 de abril de 2014

Crítica: Oculus

Si hay una certeza en el género del terror es que las modas vienen y van. Algunos subgéneros se harán famosos durante unos años para desaparecer igual de rápido, esperando su momento de reinventarse o de relevancia cultural. Nuestro pasado reciente de terror ha sido dominado por dos fuerzas: el torture porn, dónde se traducen nuestras ansiedades sobre las atrocidades del alma humana; desde cintas con una única víctima foco de una obsesión a películas donde la gente se pasa el metraje corriendo mientras sus miembros vuelan por cámara. Y el otro, igualmente poderoso es el found footage. Otra vez, traduciendo nuestras nauseas culturales en lo que a tecnología se refiere y convirtiéndola (la tecnología) en una fuerza sobrenatural. Gracias al súper blockbuster The Conjuring parece que se aparcarán un poco para dar paso a las viejas clásicas casas encantadas, tal y como hemos visto en nuestro blog recientemente. Oculus es otro ejemplo perfecto de este nuevo estilo resurgente. 

Oculus abre con un joven trastornado Tim Russell (Brenton Thwaites, guapo aunque extremadamente sosete) que está a punto de ser puesto en libertad de una institución mental. La película juega ladinamente con los detalles, pero algo horrible y muy violento ocurrió en su pasado. La hermana de Tim, Kaylie (Karen Gillan de Dr. Who), quién también sufre de insomnio; es una subastadora de cola de caballo de una melena pelirroja como la sangre. Se encuentran tan pronto como Tim es libre. Y más te voy a decir: ella tiene buenas nuevas. Parece que ha encontrado algo muy importante para los hermanos. Es un espejo ornamentado que acaba de ser vendido. Y tiene conexión con el pasado. Quizá estas nuevas no eran tan buenas. 

Kaylie usa sus conexiones con la casa de subastas para tomar prestado el espejo. Tiene que llevarlo a la casa donde creció, que está a su cargo desde que sus padres murieron (entrada de música de mal agüero). Su intención es explicarle a Tim qué es realmente el espejo y luego destruirlo (tiene una pérgola en la pared que está programada para caer y romper el espejo, a menos que ella va reseteando el temporizador). Kaylie empieza explicando la historia maldita del espejo – como casi todos sus dueños han sufrido un final terrible. Tim, inquieto con la determinación de su hermana y con una puesta en libertad de hace sólo unas horas; intenta disuadirla de esta psicología pop de especulación sobrenatural. Algunas de estas escenas son las mejores de la cinta, donde se puede ver lo jodido que está el cristal maldito revelando su historia. 

El aspecto más ingenioso de Oculus es como, una vez los hermanos entran la casa de la infancia, se va entrelazando escenas de los chicos ya crecidos en la casa y trocitos de ellos mismos en su infancia semanas antes de que la tragedia sucediera acabando con sus padres. Yo creo que esto añade intriga y ritmo a la cinta, ya que las dos líneas de tiempo juegan la una con la otra en un tempo muy acertado. Los adultos Kaylie y Tim pueden bajar las escaleras y cuando llegan al rellano, la cámara gira para mostrarnos sus versiones jóvenes (interpretados por Garrett Ryan y Annalise Basso). En los flashbacks también podemos ver a los padres, también llevados a escena por dos actorazos: Rory Cochrane y Katee Sackhoff (por favor, Battlestar Galactica). En ocasiones estas escenas de vida doméstica no funcionan demasiado bien, pero eso quizá es sólo mi punto de vista. Es sólo que si estas escenas se reconstruyen a partir de lo que los hijos se supone que vieron, entonces hay cosas que no tienen sentido. Si no es más que una impresión emotiva que pone el director para rellenar la historia, entonces bien. 

Así como el ambiente siniestro se intensifica, también la fuerza sobrenatural que habita en el espejo crece. Lo mejor es ver a Tim darse cuenta de toda la mierda que le han hecho tragar en la institución mental. Hay cosas que ninguna discusión terapéutica pueden aliviar. Cosas como espejos malditos. Y mientras la peli introduce algunas gotas de la sabiduría popular del espejo, como que las fuerzas malignas del espejo matan a las plantas, también a perros; la historia oculta qué es lo que habita el espejo o qué es el espejo realmente. ¿Es un demonio? ¿Un fantasma? ¿Alguna especie de sacrilegio? Por internet ha visto que hay gente qué pregunta si es un boogin (¿qué coño es un boogin?). No importa realmente. En seguida ves de lo que es capaz: el tipo de tragedia que va a fluir a través de las generaciones. 

Hacia el tercer acto, tras cosas espeluznantes (hay una escena con una manzana que a mí me impresionó), una especie de terror empieza a instalarse: no hay manera de que esta historia acabe bien. Gillan, a la que veremos recientemente como robot malvado alienígena en Guardians of the Galaxy de Marvel, interpreta a una joven muchacha que es muy dura y está entregada a la causa. Pero gran parte de la cinta es sobre dejar ir – el pasado, las nociones de venganza y la satisfacción que supuestamente viene con esto de la mano – y es algo que ella no quiere aceptar. 

El director, Mike Flanagan, también ha ayudado a editar la cinta, y la película es ridículamente tensa. Incluso con las dos líneas de tiempo, dos grupos de actores interpretando el mismo personaje, los elementos fantásticos se entremezclan con lo que realmente está pasando, y un espíritu maligno de ojos brillantes que no sobra para nada. A mí me ha dado tanto miedo como The Conjuring, y de alguna manera; me ha parecido algo más profunda. Tiene estilo pero no quiere demostrarlo, se preocupa más por el trasfondo temático y no sólo por la superficie. En Oculus, los personajes principales son adultos terriblemente trastornados que intentan desesperadamente proseguir con sus vidas. Prácticamente todo el mundo está poseído o torturado por algo que pasó en su pasado. Lo que Oculus sugiere es que continúes con tu vida… o acabarás pagando el precio de no hacerlo.


domingo, 20 de abril de 2014

Crítica: La Semilla del Diablo

Entre los momentos más importantes en la vida de una mujer, si es que no es el más importante, encontraríamos el embarazo y posterior parto del niño que lleva en sus entrañas. Esa nueva vida que nos hace perdurar en el tiempo. Ese acontecimiento natural y cotidiano a la par que milagroso que nos sitúa entre lo mundano y lo excepcional, y nos convierte en afortunados fenómenos del universo. 

Este hecho singular ha sido utilizado por las diferentes manifestaciones artísticas (pintura, escultura, teatro, literatura, fotografía, cine, etc.) para ensalzarlo y mitificarlo o bien para darle la vuelta, observar su lado oscuro, y convertirlo en algo atroz, tenebroso e incluso maligno. La literatura fantástica y el cine han dado con mejor o peor fortuna una importante producción de títulos que jugaban con los miedos más profundos de las madres (y los padres) a que sus embarazos o bebes fueran problemáticos o estuvieran rodeados de terroríficas y traumáticas circunstancias. Como muestra representativa podríamos mencionar: It’s Alive, La Tutora, Baby Blood, A L’Interieur, Grace o Proxy

La película que nos ocupa, Rosemary’s Baby, aquí traducida (de forma espantosa) como La Semilla del Diablo, es una producción de finales de los sesenta que adaptaba la novela homónima del varias veces trasladado a la pantalla grande Ira Levin (en ocasiones de forma estupenda como en Los Niños del Brasil o La Trampa de la Muerte). 

Como la mayoría sabrá (es difícil que a estas alturas exista alguien que no haya visto u oído hablar de esta mítica película), se nos cuenta la historia de una joven pareja (los Woodhouse) que se muda a un edificio de apartamentos de Manhattan, donde él, Guy (interpretado por John Cassavettes) estará más cerca del ambiente teatral e interpretativo de la ciudad donde poder conseguir buenos papeles que enderecen su maltrecha carrera de actor. Al poco de instalarse, conocerán a sus ancianos y excéntricos vecinos, Minnie y Roman Castevet, que se volcarán en el cuidado de Rosemary (una jovencísima Mia Farrow) cuando esta se quede embarazada, colmándola de atenciones y asistencia. Poco a poco, ciertos extraños y violentos acontecimientos y las sospechas y comentarios de algunos amigos de la pareja, irán sembrando en la mente de Rosemary las dudas acerca de las intenciones de sus extravagantes vecinos e incluso de la naturaleza de su propio bebe, adentrándola en una espiral de enajenación que le hará difícil discernir la realidad de las fantasías diabólicas de conspiración y maldad que la invaden. El encargado de trasladar a imágenes esta historia fue Roman Polanski, una decisión muy acertada por parte de la productora, ya que la trama se ajustaba perfectamente a la visión esquizoide y barroca de la naturaleza humana y funcionamiento del mundo que presenta el cineasta polaco. 

Sin apenas modificar una coma de la novela (la cual recuerda mucho en su estructura a un guión cinematográfico), Polanski realizó una película repleta de tensión, angustia y miedo a lo cotidiano que marcó toda una época e influyó en posteriores producciones. No obstante, Rosemary’s Baby está mucho más cerca de las geniales cintas de suspense del maestro Hitchcock que de las cintas de terror posteriores a las que influyó como La Profecía o La Centinela o de otros títulos míticos como El Exorcista

Con una dirección precisa y meticulosa que insinúa en vez de mostrar y que saca el máximo partido posible a la casi única localización del film, un antiguo y enigmático edificio de apartamentos en Manhattan, La Casa Bradford (en realidad el edificio Dakota del westside neoyorkino), como ya hiciera años atrás en la turbadora Repulsión, una fotografía luminosa a la par que espectral que convierte la realidad en pesadilla y los surrealistas sueños de Rosemary en vivencias muy reales, una partitura (en concreto una nana) compuesta por Krysztof T. Komeda que provoca malrollo cada vez que suena y unos actores principales sensacionales, Polanski va desarrollando inexorablemente esta inquietante historia que nos va provocando desasosiego hasta alcanzar con los esplendidos 25 minutos finales un clímax malsano antológico que culmina con un final de órdago. 

Si bien es cierto que en cada plano y secuencia se nota la mano certera de Polanski y consigue dotar a toda la cinta de ese toque tan nocivo y amenazador de la “nada” que tanto le gusta, no se habrían alcanzado las cotas de grandeza que se consiguen sin un reparto acertadísimo (por casualidad, ya que los actores previstos originalmente eran otros) y fabuloso en su cometido. Ruth Gordon (que ganó el Oscar a la mejor interpretación femenina de reparto) y Sidney Blackmer, que interpretan a los Castevet, transmiten excentricidad, hipocresía y maldad con sus simples miradas y gestos, y un magnífico e inexplicable John Cassavettes y una frágil y angustiada Mia Farrow (posiblemente la mejor interpretación de su carrera) transmiten la ambivalencia y la desesperación de sus personajes de forma magistral, consiguiendo que en todo momento sufras y dudes con todo lo que sucede. (Imprescindible para aquellos que aún no la han visto y para los que quieran volver a disfrutarla o padecerla, según se mire, que lo hagan en versión original). 

En definitiva, estamos ante una obra magna del suspense y el mal rollo donde tienen cabida las paranoias conspirativas, los aquelarres, los asesinatos, el advenimiento del maligno y los intentos desesperados de una madre por proteger a su bebe a cualquier precio, con una naturalidad y simpleza, asombrosas. 

Notas: 

Ocho años después del estreno de la película, se realizó para la televisión por cable una mala e innecesaria continuación que contaba con la presencia de Ruth Gordon (que repetía papel). 

Treinta años después de publicar la novela original, en 1997, Ira Levin publicó su continuación, Son of Rosemary, que a pesar de contar con algunas buenas críticas, todos destacaban lo pésimo y precipitado del desenlace. 

En breve, la NBC, estrenará una miniserie de cuatro horas que adapta nuevamente la novela: Rosemary’s Baby. Estará interpretada en los papeles principales por Zoe Saldana, Patrick J. Adams, Carole Bouquet y Jason Isaacs, y como directora de orquesta se ha elegido a la cineasta (también de origen polaco) Agnieszka Holland. Si bien es cierto que en los últimos años la televisión por cable está facturando muchas y muy buenas series, me temo que esta está abocada al averno. Ya se verá (ojalá me equivoque y consigan resultados similares a los que consiguió en 1968 en magistral Polanski).


"La Semilla del Diablo", otro clásico que salta a la TV

La primavera es la época del florecimiento, de la renovación, de la nueva vida. Y en esa nueva gestación de ideas, la televisión parece que se da la vuelta y da la espalda a todo lo que huela a nuevo, por lo que se opta por lo ya conocido y lo que no suponga riesgo, vaya, por las benditas revisiones de los clásicos, tal y como se ha hecho con exitos cinematográficos como "Psicosis" ("Bates Motel") o "El Silencio de los Corderos" ("Hannibal"). 

En esta ocasión le toca el turno a "La Semilla del Diablo", y en forma de miniserie y utilizando como reclamo caras conocidas, como la de Zoe Saldana ("Avatar", "Matrix") para interpretar al personaje que encumbró a Mia Farrow, este formato televisivo intentará aterrorizar a todas las futuras madres del mundo. De la mano de Scott Abbot ("La Reina de los condenados") y dirigida por Agnieszka Holland, volveremos a encontrarnos, durante cuatro horas, con la mirada perdida de una pareja que decide confiar en los vecinos equivocados. 

Ira Levin estaría temblando, Roman Polansky y la primavera aún están a tiempo de hacerlo.

miércoles, 16 de abril de 2014

Crítica: La Pasión de Cristo

Perdónalos, sí. Perdona a todo aquel que juzga sin juicio alguno.Y en estas fechas, aprovecho para reivindicar una de mis películas preferidas. Vale, no es una peli de terror, aunque se catalogó como “gore” en su momento por su grafismo excesivo y barroco y su recreación en el dolor que hacían de la película una de las más violentas que jamás haya visto. 

"La Pasión de Cristo" (The Passion of the Christ) de Mel Gibson, uno de los títulos más acertados de la Historia del cine, porque lejos de ese concepto vinculado al término en su acepción romántica, describe perfectamente la locución latina que describe el dolor, la tortura, lo insufrible. 

Pero, ¿ qué es "La pasión de Cristo" sino una película?... ¿ Y qué se juzga-critica-valora en esta página sino eso?... No me valen pues ni una sola de las opiniones personales contra/sobre el director, y estoy de acuerdo con la gran mayoría, pero si tenemos que expresar una opinión sobre la cinta deberíamos ceñirnos a eso básicamente. 

Estamos ante una de las mayores experiencias cinematográficas de la historia del cine. Una película tan espiritual como carnal (en su aspecto más doloroso) en la que independientemente de creencias, dogmas e iglesias el señor Gibson vuelve a contar una historia visceral de manera asombrosa, traspasando la pantalla sin efectos 3D, logrando doler sin contemplaciones. 

No me importa en absoluto la respuesta vaticana, ni la semita, ni ninguna otra en realidad. Me importa experimentar cómo Jim Caviezel transmuta en un personaje y sufre lo sufrido por aquel. Me importa contemplar una Maïa Morgenstern en estado de gracia absoluto, testigo directo del sufrimiento injusto de un hijo y a Monica Bellucci más carnal y seductora que nunca, perturbadora, bella hasta doler y tentadora. Me importa el mensaje sociológico de la cinta. Sin homilías ni meditaciones clericales. Las cosas no han cambiado tanto. Ensalzamos y crucificamos a diario y por igual, manipulando siempre al oprimido y las opiniones ajenas. Y no me importa si el que está en la cruz es mi Dios o no. Gibson hace que eso no sea lo relevante, sino el hecho de que esté ahí, en esa cruz. 

Mel Gibson vuelve a narrar como nadie, revelándose como un maestro cuentacuentos, un narrador de primera y vuelve a hacer las cosas como ningún otro podría haberlo hecho. Y... ¿Antisemita?... No, histórica. 

No entiendo esa llaga del judío. No es el mismo judío el de este Imperio Romano que el del Holocausto Nazi, y algo injustificable como la masacre alemana no puede, no debe, justificar cualquier acción previa por el hecho de ser semita, con lo cual, ¿Dónde está la polémica?... 

Lo mejor: Absolutamente todo. Es una obra maestra del Cine. Una obra maestra de la espiritualidad. Una obra maestra del Arte en general. 

Lo peor: Levantó todo tipo de ampollas, pero ¿es eso malo?...

Surrealista de verdad que una película en arameo se convierta en un hit semanas y semanas. El espectáculo no entiende de idiomas, y eso, Gibson es algo que entiende como ningún otro director actual, volvió a demostrarlo en Apocalypto, casi igual de grande. 

La banda sonora es absolutamente PERFECTA.

Merecidos sus premios a la libertad de expresión, porque la película es entre otras cosas eso, un canto a la libertad. Y a día de hoy es mucho más transgresor, mucho más arriesgado y valiente hacer esta película que cualquier otra. Bravo Mel, qué asco de persona, qué genialidad de creador...


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