jueves, 22 de agosto de 2019

Crítica: Los Demonios

Antes de hablar de la película es preciso hacer un inciso en uno de los autores más influyentes del siglo XX: Aldous Huxley. “Les demons” es una adaptación de una de sus novelas más importantes en el panorama histórico: “Los demonios de Loudon”. La misma relata un hecho real, sucedido en la Francia del siglo XVII. Es la historia de un sacerdote (a quien queman en la hoguera debido a acusaciones falsas) y un convento de monjas poseídas. Poseídas según ellas por el demonio, pero según el planteamiento del autor, poseídas por la falta de verdadera devoción, el fanatismo, los alcances de la psique humana y, sobretodo, por los increíblemente poderosos alcances de la corrupción eclesiástica y del estado.


“Les demons se lanza en 1971, convirtiéndose por sí misma en una de las obras de culto más destacadas de principios de década. Pero quizás era demasiado loca”


En esta tesitura, podéis imaginaros por dónde irán los tiros de la adaptación cinematográfica. El autor de “Un mundo feliz” consiguió crear en su novela un relato francamente interesante. Reconozco que no lo había leído, como tampoco había visto la película, pero aproveché para encadenar una con otra y el resultado no puede ser más satisfactorio. Más allá de lo que luego contemos a raíz del filme, lo cierto es que ambas coexisten perfectamente y recomiendo encarecidamente, si ha gustado una, que se complemente con la otra. Libro o película, el orden es indiferente.

No voy a detenerme mucho en un tema que ha sido muy recurrente en mis reflexiones post visionado de una película de cine de género: el mal como eje vertebrador de la dualidad humana y su esencia más pura. Ya hablaba de ello en “La novicia musulmana”, resaltando el papel que jugaban las monjas en esa capacidad de generar terror cuando observábamos que lo puro y cristalino, lo cercano a lo elevado, también podía corromperse. Podía hacerlo por obra del maligno, pero Huxley nos dice que también se puede hacer por el poder terrenal, por el interés particular o por el propio conflicto político que emana de la guerra de religiones. En el siglo XVII, contexto del filme, era entre católicos y protestantes en una Francia que tendía a una centralización absoluta del poder.

Parte de esa ilustración de la maldad intrínseca debía beber en los soportes audiovisuales de un claro elemento transgresor: no es solo hablar de monjas endemoniadas, es mostrarlas en la pantalla haciendo las cosas más locas que nos pudiésemos imaginar. La transgresión forma parte del imaginario colectivo como un elemento que distorsiona la realidad y la llega a convertir en un histrionismo más o menos disimulado, alejado de los límites de la realidad moral impuesta en nuestro día a día. Esto es lo que aprovecha su director, Ken Rusell, para crear una de las obras más censuradas de la historia del cine británico. Yo no tuve la suerte de ver el metraje original, y he tenido que rescatar algunos fragmentos, especialmente los más polémicos, de otras versiones. Esta cuestión reviste especial importancia: “Les demons” se lanza en 1971, convirtiéndose por sí misma en una de las obras de culto más destacadas de principios de década. Pero quizás era demasiado loca. Y no nos falta razón cuando sabemos que dos años después se lanzaba la gran obra de William Friedkin, “The Exorcist”, cuyo nivel de transgresión era potente, pero tenía un acierto clarísimo: estaba medido, era comprensible…era hasta factible en nuestra realidad cotidiana. Eso convirtió a la segunda en una obra archifamosa, y a la primera la relegó al plano de las censuras continuas. Si fue o no por sus continuos excesos es algo que vamos a desgranar a continuación.


“En la propuesta de Rusell lo histórico queda totalmente de lado. No importa representar veracidad sino generar impacto”


La película narra en una clave muy libre la novela de Huxley, cuyo primer objetivo es señalar a la Iglesia como entidad pecadora, llena de intereses maquiavélicos que la convierten en todo lo que pretende defender a través de sus dogmas. A este efecto, durante todo el metraje vemos lo inclemente de su manipulación, crueldad y despotismo puesto, en este contexto, al servicio del nacimiento de los estados-nación como el francés. En la propuesta de Rusell lo histórico queda totalmente de lado. No importa representar veracidad sino generar impacto, y se consigue a través de un surrealismo exacerbado que impregna todos sus minutos, seguido de una continua sobreactuación de su elenco e incluso de su discurso narrativo.

La mitad de la película cuenta con una de las escenas más impresionantes (especialmente, por el momento en que se estrena) del cine de esa década: un auténtico espectáculo orgásmico en el que las monjas comienzan a representar su posesión haciendo todo tipo de actos impuros, teniendo como eje central el instante en que descuelgan una gran estatua de Jesucristo crucificado, la cual profanan a base de masturbaciones y rozamientos muy explícitos con la misma. Todo este indecoro tiene un objetivo claro: molestar, perturbar y generar una sensación de asombro constante. Quizás sea lo más llamativo, pero no lo que más podría interesar a quién busca una historia consistente, y que también la encontrará en el último tercio con un juicio que reverbera un guion inteligente, lleno de connotaciones religiosas y de, simple y llanamente, pura maldad.


“En el estilo surrealista en que se desarrolla la obra podemos encontrar referencias a Buñuel y otros directores coetáneos en el uso de lo esperpéntico, lo irreal y lo figurado”


En el estilo surrealista en que se desarrolla la obra podemos encontrar referencias a Buñuel y otros directores coetáneos en el uso de lo esperpéntico, lo irreal y lo figurado, que se contraponen en reiteraciones de planos picados y zooms imposibles que pretenden marear y confundir al espectador. En las escenas más escabrosas esto puede llevarse a límites que molestan y no gustan a todos, pero lo cierto es que denota un salvajismo que, en mi opinión, le sienta muy bien. Nunca lo transgresor hubo de limitarse a lo que se ve, sino también a cómo se ve.

Si el tratamiento de la imagen y la sobreactuación son dos de sus elementos más interesantes, también tenemos que resaltar la configuración de un diálogo intenso, lleno de connotaciones religiosas, debates morales y la destacada impronta del conflicto de intereses que permuta todo el metraje. Intereses de los poderes, de las monjas e incluso del protagonista, que tiene una escena final apoteósica que recomiendo no perderse. Todo es una declaración de intenciones, y si al principio decíamos que la obra de Friedkin le pasó por encima en fama e impacto, después de verla se entiende perfectamente el por qué. Probad a hacer el ejercicio. No deja indiferente.


3 comentarios:

Art0rius dijo...

Uaaaaa!Astinus, como uno de los abuelos cebolletas del blog siento una genuïna trampera matinera cada vez que veo que has colgado algo. Y vaya "algo"! Ken Russell es uno de mis chiflados iluminados favoritos, y esta una de sus obras más locas y provocadoras. Merci por asomarla por aquí!

MAX CADY dijo...

Astinus gracias por traer este film cautivador, desconocido y maldito del excesivo e imprevisible Ken Russell. Muy de acuerdo con tu reseña y valoración.

A partir de la novela de Huxley, basada en los acontecimientos de posesion colectiva de las llamadas endemoniadas de Loudon en la Francia del siglo XVII, Russell da rienda suelta a su libertad creadora y transgresora y nos regala una re-imaginación de los acontecimientos de forma demesurada y surrealista a la par que terriblemente mundana y creible.

Visualmente portentosa, lisergia onírica pura e histrionismo que se graba a fuego en las retinas y te frien el cerebro, gracias fundamentalmente a una planidficación de las escenas sobervia, un montaje de ritmo foribundo que nos arrastra y sumerge en el torrente de caos e insania que se nos lanza a las retinas y una banda sonora atronadora y alucinante. Sin olvidar, la mala hostia y humor negrísimo que destila cada fotograma en criticar los males y vicios del ser humano.

Pensar que esta película se estrenó en cines hace casi 50 años pone los pelos de punta. Debieron flipar los que asistieron a su pase inicial.

Por todo lo mencionado, Los Demonios (The Devils) es una película muy recomendable donde podrá palparse el deleite desmedido de Ken Russell mostrando el fanatismo religioso, el poder de las instituciones gubernamentales, el erotismo y pulsiones carnales más desenfrenadas y perturbadoras, y el lado más oscuro, mugriento, inculto y malsano de la sociedad. Sin dudarlo, su versión sin censurar o integra es una joya psicotrónica a reivindicar.

Saludos enormes y un placer leeros.

P.D. Ojalá a Ari Aster su interesante Midsommar le hubiera salido tan salvaje, excesiva y terrorífica como la cinta de Mr. Russell.

Astinus dijo...

Art0rius - ¡Muchas gracias! No voy a decir que creo que soy el más joven del "staff" por no jugármela jajajaja Me fascina especialmente la década de los 70 y los 80 en las nuevas concepciones que se dieron en torno a numerosos temas dentro del cine de género, en especial en la explosión de numerosos metrajes que ahondaban estilo, narrativa y temáticas con una perspectiva completamente diferente. "The Devils" es uno de sus mayores exponentes, y es una película notabilísima. Me lo pasé genial viéndola, y no olvido que fue, precisamente, una recomendación tuya ;)

MAX CADY - ¡Gracias por tu comentario! Suscribo palabra por palabra tu breve reflexión en torno a la película. Y me quedo especialmente con tu apunte final: ojalá Ari Aster hubiese tomado ese camino en Midsommar. Sin quitar que la segunda cinta del director es una obra de arte, concebirla como ese espacio de excesos explícito habría resultado, posiblemente, alucinante. Una pena que tomase el camino de la moderación en lo visual =)

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