miércoles, 9 de diciembre de 2015

Crítica: Ludo

Babai, Pelé, Ria y Payel son cuatro muchachos, dos parejas de adolescentes -que se conocieron en la versión India de Hermano Mayor (no, pero podría)-que llegan desbocados, salidos y arrogantes de su pueblo a la gran ciudad de Kolkata (Calcuta), ávidos de beber, desfasarse, ligar con bípedos del sexo opuesto y pasar una noche de fiesta como en las películas (de Bollywood no, porque poca fiesta).

Quieren echar un polvaco en un motelucho a lo Bates, les da igual, todo les vale. Sólo hay un problema, y es que no tienen una rupia o la moneda que por allí se estile, bueno, ni de las que se estilen en ninguna otra parte, por lo que deciden que una buena alternativa es echar el pinchito y pasar lo que queda de noche en un centro comercial que está apunto de cerrar (una de mis fantasías pre sueño...El pinchito no, el colarme en un c.c. En realidad tengo dos, en una le doy bofetadas a Ana Rosa Quintana y a Carmen Porter, que oye, relaja muchísimo y no es delito, y la otra, ésa, que me meto en un Corte Inglés o una Fnac con tooooodo a mi disposición, para babear, vamos...) El caso, que los cuatro se cuelan en el centro comercial, pero sin darse cuenta no son los únicos que han tenido esa idea. Pronto aparece una extraña pareja de ancianos con siniestras intenciones, un trozo de cuero doblado y un bol de cristal con dos dados de hueso... Todo con un tufo a lo Jumanji/Hellraiser de serie Z.

Con semejante arsenal pretenden jugar al “Ludo”, un simple juego, pero mortal, que procede de sus ancestros y que fue profanado por unos jóvenes amantes siglos atrás, que quedaron atrapados en el tablero del pseudoparchís chungo, desatando una maldición terrible que clama venganza sangrienta y baños de hemoglobina, desatando el infierno de inmediato, por lo que los adolescentes se ven obligados a luchar contra un antiguo mal que está ávido de sangre y venganza.

Semejante truñada compite con Anabel, Tag y Vulcania por el deshonroso podio a las tres peores cintas del año presentadas a concurso en este Sitges. Una peli que viene precedida de críticas halagüeñas indias que la categorizaban como la película más terrorífica del país y que es mala hasta decir “basta”, carente de interés y con menos aliciente que un remake búlgaro de “Raza”, víctima del egocéntrico márketing que la alaba haciendo agravio comparativo y cagándose por completo la más mínima expectativa.

Tenemos pues a los cuatro chungos y a los dos viejunos, organizando la partidita, mientras a través de unas insoportables escenas de flashback nos cuentan el origen, la maldición y de donde vienen los viejuners, y los cuatro amigos descubren su noche de diversión en realidad podría ser su última noche.

La pretendida cinta de terror hindú quiere serlo también indie, al parecer, por lo que en lugar de instrumentos de música tradicional y melodías mareantes nos cuelan una especie de tecno industrial del subdesarrollo que da bastante penica, acompañando a unas escenas cutronas en las que no se salva ni el gore (de hecho tras la primera escena sangrienta nos quedamos a medio llenar, lo mismo que sucedió en el Festival de Cine Fantástico de Montreal 2015), una sucesión de giros narrativos bastante bobos y algunas escenillas de acción que acaban siendo lo mejor con diferencia de la peli.

Con una duración de hora y media, los directores guionistas parecen quedarse enseguida sin ideas, y no es que la premisa fuera una idea bomba, pero el interés cae en picado y la cinta se hace larga, larga, larga.

Echa mano de unos efectos visuales raros, oscuros y casi góticos, que pretenden reflejar parte de la cultura india y sus paisajes al run run del depritecno. Y si uno no cae dormido es por los sustos, salpicados como queso azul en pizza congelada, que aún siendo de factura baja y baratuza, al menos nos espabilan por momentos.

Los artífices del truño pretenden hacer de su película una oda al amor inmortal gótico a lo Drácula, pero la cosa se queda en una p... mierda envuelta y con lazo.

Malas interpretaciones (la de los chusmateenagers es para encerrarlos), mal maquillaje, efectos pobres y sosos, acompañan un montaje incomprensible que trata de crear misterio tal vez pero sólo descoloca y ofende.

Previsible y ridículo, el groso de la cinta es la dichosa partida de parchís demoniaco vampírico, lo cual deja de ser entretenido tras la primera tirada e imposible empatizar con ninguno de los personajes, que no pasan por cocientes medianamente normales, y lo que es peor, logran que no nos importe un pimiento lo que les suceda (El momento de “las reglas dicen que me puedo comer tu lengua” es parteojetes).

El uso de algo tan insignificante como un parchís como inspiración argumental de la película no es sólo friki, es una mala idea en una época y una industria donde la mayoría de las ideas son copias, remakes, reboots o adaptaciones... Pero no es cosa nueva, ya tuvimos la versión terrible de Hundir la flota con Rhianna, y a la vista de aquel fracaso parecía que no volveríamos a ver nada por el estilo, aunque ya a estas alturas uno no descarta La oca, el Monopoly o el Pictionary.

Los directores, que han reducido sus nombres a una marca de material fotográfico y una carta de póker, se ve de sobra que son postmodernillos, y a su favor podemos decir que tratan, a su manera, errónea, de explicar las cosas, aunque es básicamente inútil porque la peli tiene agujeros irrellenables, y los tres cuartos de hora finales son aburridos, no, soporíferos como un valium y culminan en una de las peores escenas de la historia del cine.

Para redondear la piltrafa, ni las reglas del juego ni las verdaderas consecuencias de ganarlo o perderlo se revelan de forma clara, por lo que toda la segunda mitad de la película es absolutamente confusa y un disparate, lo que, sumado a la oscuridad, a los planos extraños y a la torpona dirección, hacen que por momentos uno no sepa dónde exactamente están los personajes. Y eso, lejos de acojonar, que sería lo normal y deseable, aburre...

Lo mejor: El concepto, mejorado, podía ser decente. Algún susto eficaz y escenas como aquella en la que uno es comido vivo, gore cutrón, delicioso...

Lo peor: Todos los esfuerzos de los directorcillos de crear una especie de estética y atmófera sobrenatural se reducen a poner las luces lo más bajo posible, usar filtros de academia, y en la parte final abusar de la sobreexposición cansina.

Con lo cual, todo parecido con una pesadilla es casual, confuso e incoherente. Y de una serie baja, baja.

Lo peor de lo peor: Un bodrio como Ludo no podía quedarse en eso, en una putamierda a olvidar. Como viene de India, se regodea de ello reflejando no sólo la miseria y el subdesarrollo, de los que parece hacer gracia, sino que está absolutamente influenciado por la represión cultural del país, y eso sí que no lo tolero y le quita los minipuntos que pudiera sumarle.

Sus intentos de vincular el sexo con el horror es denunciable. Los de vincular la independencia femenina con el mal, son vergonzosos. Uno de los monstruos del más allá del tablero devora las entrañas sangrientas y grasientas de alguien sólo para verle en la siguiente escena fumándose un cigarro post canibalismo.... ¿Sutil, verdad?


1 comentarios:

Marcos ESTÉBANEZ VALLINA dijo...

Genial Damien! No le quedará ganas de verla tras leer tu crítica ni a los colegas de los directores..., pero les quedará la risa que tu les sacaste...

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