La década que va desde inicios de los 70 hasta los primeros 80, nos ha deparado una cantidad encomiable de grandes títulos cinematográficos que se han ido convirtiendo en autenticas obras maestras de referencia obligada en la historia del cine (Apocalypse Now, Taxi Driver, Dersu Uzala, La Huella, etc.) y como no podía ser menos en el género de terror también surgieron una serie de obras (El Exorcista, El Resplandor, La Cosa, etc.) que han marcado el desarrollo posterior de dicho género.
La película que nos ocupa, Un Hombre Lobo Americano en Londres, si bien es cierto que no es una obra redonda por completo si es una de las mejores (si no la mejor) incursiones que ha realizado el cine en el “imaginario” de la licantropía. Con esta obra imperecedera y de factura “rabiosamente” actual, 25 años después de su estreno, allá por el año 1981, su director John Landis, consiguió elevar la historia del hombre-lobo a cotas rara vez antes alcanzadas y encumbró a Rick Baker, responsable de los efectos especiales, al Olimpo de los maestros.
La historia (archiconocida) por los amantes del terror (y del cine en general) es sencilla: Un par de amigos estadounidenses (interpretados por David Naughton y Griffin Dune) recorren mochila en mano la vieja Europa. Atravesando la campiña inglesa, llegan a un pintoresco e inquietante pueblecito (El Cordero Degollado es el nombre de la posada del lugar, con eso creo que queda dicho todo) donde les aconsejan que se guarden de introducirse en los páramos durante su viaje. Los jóvenes en la oscuridad de una lluviosa noche, sin percatarse, se introducen en el mismo y a la par en la boca del lobo (y nunca mejor dicho). Lo que sigue, bien sencillo, el joven que consigue salir con vida del ataque del licántropo porta la maldición de convertirse en hombre-lobo los días de luna llena y continuará perpetrando las sangrías nocturnas de la bestia hasta que alguien ponga fin a dicha maldición.
Mucho se ha escrito sobre esta joya del terror moderno, y ciertamente mucho hay reseñable en esta cinta, así que es muy difícil ser original a la hora de comentarla. Por encima de un ritmo endiablado que hace que sus 97 minutos pasen sin que te des cuenta, una atmósfera inquietante a la par que hilarante, unos efectos especiales y de maquillaje sobresalientes (la secuencia donde el protagonista sufre la primera transformación es impresionante y pone en evidencia muchos de los efectos digitales que se realizan hoy día), una planificación soberbia (angustiosa y acojonante la escena que transcurre en el metro de Londres e intensa y divertida la que transcurre en el cine porno) y una perfecta utilización tanto de canciones (donde destaca Bad Moon Raising de la banda Creedence Clearwater Revival o Blue Moon escrita por Richard Rodgers y Lorenz Hart) como de la partitura del maestro Bernstein que elevan y potencian las imágenes creadas por Landis, yo me quedo con la magistral combinación de terror con humor (negrísimo) que hay en el guión (“La reina Elisabeth es un hombre, el príncipe Carlos es un marimacho, […] Shakespeare era francés […]” grita en mitad de una plaza el protagonista a un bobby para que lo detenga). Muchas veces se ha imitado posteriormente ese cóctel (terror y comedia), tan difíciles de mezclar como el agua y el aceite, y que casi nunca ha dado un resultado tan satisfactorio (por regla general o se cae en la parodia zafia o en malos chistes introducidos con calzador en una historia turbadora diluyendo la esencia de las mismas).
A pesar de contar con un elenco de actores ingleses estupendos que bordan sus papeles (fabulosa la pareja “bufonesca” de detectives, geniales y enigmáticos los lugareños del pueblo de East Proctor, etc.), uno de los puntos débiles de la cinta es el poco carisma de su protagonista masculino (David Naughton), que junto a una historia de amor algo descafeinada que este mantiene con la enfermera que le cuida en el hospital (nunca ha estando tan guapa Jenny Agutter) y un final excesivamente precipitado no permiten que esta cinta alcance cotas aún mayores (no obstante, pequeñeces).
Así que a todos los que no la habéis visto y aquellos que hace tiempo no la “saboreáis”, os recomiendo que la próxima noche con luna llena os sentéis frente al televisor y os dejéis llevar por esta sensacional película. Os garantizo que disfrutaréis (aullaréis) como locos.


















