jueves, 17 de marzo de 2016

Crítica: Safari

Ahora que nuestros corazones están destrozados (vamos, mogollón, mogollón) tras el dislate de los dos partidos en el mundial, es un buen momento para recordar los viejos momentos de gloria vividos hace cuatro años en África, y ¿qué mejor forma que con un found footage?... ¿No cuela, verdad?...

Bueno, pues el verdadero Heredero del Diablo, o sea, yo, vuelvo al ataque con mi viejo amiguete el found footage que tantísimas pocas pasiones levanta y al que a la fuerza, tras ver quinientos, le he pillado el gusto francamente. Los experimentos iniciales de bajo coste, con producciones caserillas pasaron casi a la historia, y a día de hoy encontramos de todo en el extrasaturado subgénero, desde mierdas como catedrales góticas hasta peliculones pasando por pelis decentes que aportan un poco de aire fresco a la situación casi estatutaria del terror actual.

Es el caso de Safari, peli sudafricana, lo que graban las cámaras no es a un grupo de tolis buscando brujas o fantasmas en hospitales abandonados, ni extraterrestres en carreteras abandonadas, ni siquiera al Bigfoot en su remanso de paz de Willow Creek. El terror, pretendido más que logrado, en la cinta, es más real, plausible y a pesar del kilometraje, cercano. Es el África salvaje, la madre Naturaleza en su estado más puro al alcance de, eso sí, una pandillita de tolis (es muy difícil encontrar un mockumentary con protagonistas inteligentes, íntegros o al menos normales), para más señas, americanos, dos parejas en las que ellas son unas mega hembras y ellos parecen los saldos de una fraternidad de borrachuzos idiotas, que pese a estar “tiesos”, se gastan un pastizal en un resort sudafricano para explorar una reserva natural llena de fieras (que parecen alquiladas al circo de Ángel Cristo y a los de vestuario de hienas de El Rey León, el musical) y peligros constantes, pero que descubren que el mayor de esos peligros es su propia estupidez, su educación propia de los años cincuenta y su nula inteligencia emocional y social.

A mí, que soy fácil de contentar, me bastó con imaginarme que uno de los tolis era Juan Carlos abdicante, en su safari cazaelefantes, abandonado a su suerte, para pasármelo pipa con la cinta. Porque, como era de esperar, se alojan en un magnífico resort de diecisiete estrellas africanas, pero hacen un tour en un autobús tipo guagua sesentera y se quedan sin vehículo fuera de la reserva, teniendo que sobrevivir sin recursos, con una orientación propia de Rompetechos después de bajar de la montaña rusa, en plena sabana africana con bestias, fieras y gatos amaestrados acechándoles. Este es el punto de partida, que no me negaréis que si bien no es original, es al menos bastante atractivo como para dedicarle 80 minutos de nuestras ajetreadísimas vidas.

Pero... Problema... El cámara no cogía una cámara (ejem, vale, me repito) desde la de su comunión y sus dotes son, digamos, bastante pazguatas. El trabajo de esa cámara (y van tres) es propio de cualquier video de youtube y parece tener fobia a los animales, al terror, al miedo, así que en cuanto algo chungo pasa en escena, lo que identificamos por todo tipo de chillidos, berridos, griteríos y aspavientos, el cámara parece acojonarse y se retira o directamente desenfoca la imagen. Así, después de ver cómo unos leones dan menos miedo que los Pitufos en 3D, a unas hienas devorando un pollo disfrazado de torso humano, un gato negro que dicen que es un ¡guepardo!, no una pantera, un guepardo, y un sinfín de animalillos con la mirada perdida (yonkis, fijo) en el inmenso infinito, la sensación se torna bajonera y te planteas que 80 minutos igual son demasiados... Y uno no sabe si es algo premeditado o fruto de un bajísimo presupuesto, pero esa aversión a cualquier momento escabroso, morboso, peligroso, ese temblor y desenfoque con gritos de fondo que ni en la Warner mis sobrinos, suponen el caos total de una peli que arranca bien y termina también bastante bien, aunque ese es otro tema...

Las interpretaciones están desde luego a la altura del guión, y en especial ellas, a las que sólo se les exije ser unas tías buenorras y chillar, cosa que hacen de maravilla, y ellos, a los que se les exije tomar las peores decisiones posibles poniendo cara de macho alfa e incluso enfrentándose a la manada, también están decentes en sus surrealistas roles, hasta el punto de tener momentos de pura comedia fina y elegante, de altura (entiéndase aquí mi ironía). Unas interpretaciones que ilustran perfectamente una realidad, la de todos los posibles estereotipos de los estadounidenses en el extranjero. Un montón de turistas estúpidos, que no saben situar ni su barrio en un mapa, que se van de safari, actuando como niñatos malcriados que exigen privilegios a cada momento. Y otra realidad, esta vez más seria y escalofriante, la falta de ética de algunos organizadores de esos tours de Safari en África del Sur, que ante la pasta de los viajeros se saltan las normas básicas, como abandonar la reserva para que el niñato de turno vea leones cazando e incluso permite que los mozos se bajen del camión para tocar a las bestias... Lo cual, directamente en la realidad es motivo de multazo y cárcel.

El director Darrell Roodt, que aunque no lo parezca ya había estado al frente de una peli de terror con animales africanos en la “incomprendida” “Safari Sangriento”, decide versionear su opus magna con un (des)enfoque found footage, con Michael Capuano en sus funciones de cámara (o becario de) y con el guión original y en absoluto malo, más bien bastante aceptable, de Tyler Hisel. Y llegamos al final, digno de mención también... En toda esta movida del accidente, las bestias groguis, los machos alfas y las superdotadas mamarias, aparece una niña Mbari, que al principio sólo habla un dialecto afrikaan, pero que de pronto... Tachán, tachán!!!... Habla inglés a la perfección la jodía. Bueno, pues entre caídas absurdas por un acantilado de metro y medio, autodisparo en la cabeza con un escopetón atascado, las hienas risueñas devorapollos camuflados de turistas y demás, la única que sobrevive es ella... Y entonces el cámara, en pleno brote de lo suyo, que no sé exactamente lo que es, pero no se lo trata, abandona el plano subjetivo del found footage para hacernos un plano a lo “Memorias de África” en camioneta hasta la embajada de los USA. Por si todo lo anterior fuera poco, hay dos tópicos que todo buen-mal metraje encontrado debe incluir en su trama, juntos o por separado: ella está preñada, lo cual sabemos porque graba el predictor sin que el maromo sepa nada y b) él lleva un anillo de pedida porque es el momento ideal, al fresquito africano para hincar rodilla en tierra. Ni que decir tiene que en “Safari”, el pack viene completo...

Ahora bien, ¿Por qué le doy un 5 a algo que acabo de criticar a degüello?... Pues porque es una peli entretenida a rabiar, tiene un punto de partida estupendo y oye, ya estaba harto de tétricos hospitales chungos y bosques americanos y lo exótico, aún más falso que Espinete, me tira mucho...

No pienso decir qué es lo mejor y lo peor. Pero sí os la recomiendo para pasar un rato divertido, sin mucho miedo (nada), y sin ningún tipo de aspiraciones o pretensiones fallidas. Y eso, es justo aprobarlo.


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