miércoles, 8 de septiembre de 2021

Dead Mountain", el siniestro incidente soviético da el salto a la televisión

MAIK LINGOTAZO NOS HABLA SOBRE ESTA MINI-SERIE RUSA DE OCHO CAPÍTULOS BASADA EN HECHOS REALES


O “Pereval Dyatlova” (2020), por su nombre original en ruso, nos traslada a uno de los episodios más controvertidos de la extinta URSS, en plena Guerra Fría. Desde entonces, no han dejado de correr ríos de tinta a cuenta del susodicho. Así hasta nuestros días, y sin perder un ápice del impacto que supuso en su momento. Incluso llegando con más virulencia, si cabe. Conservando intacto el atractivo que la cultura popular le ha conferido a una tragedia que jamás obtuvo explicación concluyente; más bien al contrario, siendo abono perfecto para que a su costa se diera rienda suelta, durante medio siglo, a una generosa y febril retahíla de incógnitas, suspicacias y elucubraciones de toda índole. 


“uno de los principales reclamos de esta producción reside en el preciosismo de su cinematografía. Queda sobradamente clarinete ya en el capítulo que abre la serie” 


El incidente del Paso Dyatlov ya fue llevado a la pantalla en el año 2013 de la mano de Renny Harlin (“Pesadilla en Elm Street 4”, 1988; “Las aventuras de Ford Fairlane”, 1990) a los mandos de la producción británica “El Paso del Diablo”. En ella, ciencia ficción y terror quedaron maridadas con maestría bajo el formato de un metraje encontrado del todo disfrutón, en lo que sin duda fue una notable aproximación al hecho. 

Y es que si hay un acontecimiento que aúna teorías conspirativas, cuitas políticas e intrigas militares, pero sobre todo bien de misterio, ese no es otro que el que nos remonta a los últimos días de enero de 1959, y que nos ubica en aquella gélida y hermética Unión Soviética donde un grupo de estudiantes del Instituto Politécnico de los Urales, a la sazón curtidos excursionistas y experimentados esquiadores de fondo, acometieron una expedición que acabaría pasando a los anales de la historia debido al macabro peaje que se cobró el Ortorten, un pico tan sagrado como hostil dentro de la cultura indígena de los Mansi. Harían falta cerca de dos meses para recuperar los últimos cuerpos, cuando el calor de la primavera empezó a derretir la nieve bajo la que se hallaban enterrados los infortunados aventureros. Fue una masacre a todas luces difícilmente explicable, sobre todo a tenor de las circunstancias en que se encontraron los cadáveres. 

A la postre, el cómputo general arrojaba un muestrario de indicios y evidencias que iban desde las hipotermias a los traumatismos severos, con lindezas anatómicas tirando a gore, amén de varias fogatas apresuradas y del reguero de cuerpos, algunos de ellos semidesnudos, que yacían diseminados en direcciones que desafiaban a la lógica. Por no hablar de las dosis de radiación hallada en la ropa de algunas víctimas, y que excedía con mucho a lo habitual o razonable. Qué duda cabe que semejante mejunje logró configurar el caldo de cultivo perfecto para hipótesis y narrativas de diverso pelaje. En efecto, el incidente ha sido abordado por un glosario de explicaciones más o menos descabelladas, cuando no oportunistas, siendo que por él han desfilado un sinfín de conjeturas: las que aludían a pruebas secretas del ejército, las referidas a encuentros con bandas criminales dedicadas al negocio de la caza furtiva en la Rusia comunista, e incluso las que hablaban de posibles avistamientos de seres extraterrestres... ¡y hasta del yeti! Casi nada. 


“Se entiende lo mucho que los cineastas V. Fedorovich y E. Nikishov han ahondado en materiales de la época, habida cuenta de la delicadeza y oficio que transpira la representación de la vida en la Rusia post-estalinista” 


Pero no ha sido hasta hace un lustro que se han sucedido reaperturas del caso, derivando en el carpetazo definitivo que resuelve por fin el misterio que le acompañaba desde aquel aciago invierno de 1959. Queda claro que la resolución ha resultado ser bastante más prosaica, sobre todo si la comparamos con la pléyade de justificaciones adscritas a oscuras maquinaciones desde las sombras. También rezuma su inevitable punto romántico, tan inherente al imaginario evocador del espíritu de la montaña. Pero, a fin de cuentas e independientemente de su final, ¿Qué historia de supervivencia no lo tiene? 

Sin duda alguna, al iniciar la serie ya comprobamos que el objetivo de la cámara sondea, surca y planea, haciendo contorsiones imposibles, llevándonos en volandas a lomos de una estela que dibuja piruetas entre el vértigo y el mal de altura. Porque sí, a veces da la sensación de que pretende hacerse demasiado evidente, mostrándonos hasta el sonrojo la innegable habilidad que se gastan en esto del plano, del movimiento y del encuadre. Con todo, a medida que se suceden los minutos, uno siente que este virtuosismo se acaba amoldando al propósito de servir a la narrativa. Vaya, que no tarda en conjurar el peligro que asoma tras esas típicas bazas que lo fían todo al efectismo y al artificio. 


“como ya hiciera la muy recomendable De dag, serial belga que vio la luz en 2018, el que nos ocupa también opta por bifurcarse en dos hilos que discurren paralelos” 


Sea dicho, pues: uno de los principales reclamos de esta producción reside en el preciosismo de su cinematografía. Queda sobradamente clarinete ya en el capítulo que abre la serie, y así hasta el punto final que firma el octavo. Un cierre por todo lo alto que bien se podría calificar como colofón, a secas y con mayúsculas, y que adquiere por sus hechuras la entidad de una pieza única y autónoma. Tal es el poso que deja, a la altura del nivelazo que facturan su lenguaje tanto dramático como audiovisual. Se hace difícil imaginar un mejor broche de oro para una experiencia tan imponente y subyugante como la que nos presenta la serie; por sí solo ya valdría por todo el viaje propuesto previo a alcanzar ese punto, pero es que resulta que el trayecto de marras, en su totalidad, no le va a la zaga a tan brillante finiquito. Lo cual, dicho sea de paso, es para congratularse. A una producción que coge prestada de la realidad su fuente de inspiración, si algo se le ha de pedir es que profundice en la intrahistoria con la suficiente solvencia y magnetismo como para conseguir enganchar hasta llegar a ese final que a priori es presumible que conozcamos. Así pues, de primeras sorprende la disposición del relato: como ya hiciera la muy recomendable “De dag”, serial belga que vio la luz en 2018, el que nos ocupa también opta por bifurcarse en dos hilos que discurren paralelos

Por un lado, tenemos los episodios impares, que nos guían a través de la investigación llevada a cabo por Oleg Kostin (Pyotr Fyodorov - “Sputnik”, 2020), agente especial de la KGB y que por lo demás supone la única licencia ficticia que se toman los creadores para hilvanar en torno a él la cascada de hechos verídicos que irán desplegándose. En esta trama se nos desgrana la aproximación forense que emprenderá el protagonista en aras de arrojar algo de luz sobre tan escabroso, y opaco, galimatías detectivesco. Debido a su minuciosa labor, “Dead Mountain” dará buena cuenta de las vías tomadas, de los hilos que dieron de sí pero también de las trabas burocráticas; elementos que servirán para trazar un camino trufado con bien de descartes de sospechosos y de hipótesis desechadas. Estas escenas, para las que se apostó por la filmación en 16mm, nos traen reminiscencias del neo-noir. El resultado salta a la vista, nunca mejor dicho. Se entiende lo mucho que los cineastas V. Fedorovich y E. Nikishov han ahondado en materiales de la época, habida cuenta de la delicadeza y oficio que transpira la representación de la vida en la Rusia post-estalinista, con su estética genuina e inconfundible, sabiendo aplicar una paleta de colores ajustada a las limitaciones técnicas que se tenían por aquel entonces. Todo esto se alternará con certeros flashbacks de los horrores brutales padecidos en la IIGM; es aquí que la serie logrará exprimir situaciones cercanas al fantástico, del todo inquietantes, brindando algunos de sus momentos más crudos, tensos y sobresalientes. 

Como contraparte, en las entregas pares tenemos el relato de la ordalía propiamente dicho. Con su acertada elección del blanco y negro como contraste, y el fino grafismo de su rotulado retro, nos transportan a maneras sepultadas en el tiempo. El otro dúo de directores, S. Gordeev y P. Kostomarov, están atinados y resueltos empleándose en estas secuencias, de un formato visual intrépido, más propio del reporterismo gráfico, cercano a un género cuasi documental. También aquí es de alabar el exquisito y riguroso trabajo de documentación histórica. Se percibe el rastreo a conciencia en fondos de archivo tanto oficiales como particulares. Es en este segundo aspecto que cobran relevancia los fragmentos extraídos directamente de los diarios personales escritos durante las jornadas previas a un desenlace que, por descontado, nadie en el grupo podía presagiar. Y que, insisto, en la serie emplea sus mejores armas para alzarse, rutilante, con luz propia.


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