martes, 29 de diciembre de 2015

Crítica: R100

Si hay dos directores verdaderamente interesantes por completo en el panorama cinematográfico japonés, son mi adorado Sion Sono, valiente, arriesgado, barroco, retorcido y absolutamente brillante y distinto en todo lo que hace y Hitoshi Matsumoto, que imprime a su cine un carácter personal también y un carácter personal único diferenciable y distintivo.
 
En este caso R100, tan provocadora como deliberadamente absurda, no arriesga en la medida que en los trabajos anteriores su director hizo, como en las alocadas y estupendas Scabbard Samurai (2011), Symbol (2009) y Big Man Japan (2007), si bien es cierto que es una cinta única, seccionada en dos mitades, la primera sorprendente, otra locura de las suyas, más comedida,en los límites de su obra inicial Dainipponjin y la segunda sinceramente asombrosa, en la que de repente, corta todo recurso narrativo previo para divagar sobre lo que es el cine dentro de cine, introduciendo un elemento principal, “el director de los 100 años” y explicándonos a los que hemos asistido a esa primera parte que lo que acabamos de ver no es sino una locura en su estado más puro, pero lejos de retomar un tono cuerdo y coherente, desata una explosión de locurones extremos que rematan la cinta, plagada del surrealismo propio de la comedia nipona. 

La vida de Takafumi Katayama, un triste y simplón oficinista en un centro comercial se encuentra atrapada en un bucle de desgracia y desaliento. Pasa el día trabajando y en sus descansos cuida de una esposa en coma tres años ya y de un hijo pequeño. 

Pero el mundo de su fantasía, mucho menos gris y más interesante es totalmente distinto, pues lo vive como sumiso, en una oculta adicción al sado que le hace olvidarse de todo lo demás. Un buen día entra en un lujoso, exclusivo y misterioso club de sadomasoquismo que le abre la puerta a todo un abanico de placeres desconocidos y deseados al servicio de amas y dóminas que sólo le exigen que su membresía sea incancelable hasta un año después y que las amas aparecerán en su vida cotidiana sin avisar. Su primera experiencia es con una dominatrix que le patea la cabeza, con lo que nuestro prota está más que contento. 

Conforme la película avanza, asistimos a cómo el hombrecillo se va exponiendo a formas y métodos cada vez más intensos de tortura como motivación de su parafílica satisfacción sexual, y que en algún momento se jjegan a hacer ridículas y hasta desternillantes, por lo extraño de su naturaleza, desde imitaciones vocales ridiculizante hasta el escupitinajo bien cargado pasando por todo tipo de bondage y golpes. 

Como era de esperar, tras unas semanas de acoso y dominación sin fin, en la que ya no tiene casi tiempo para nada más, el hombrecillo trata de rescindir su acuerdo con el club, pero se lo ponen más duro que los de Movistar para darse de baja y el club desata toda su violencia y poder y las cosas se salen de madre en un pis pas. 

Atsumoto es toda una celebridad en Japón, un cómico imprescindible para entender el sentido del humor nipón que pasó de la tele al cine con grandes aciertos, pero también es un destroyer, un hombre muy polémico en sus juicios y opiniones que ha criticado con sorna e inteligencia todos los aspectos sociales, políticos, ceremoniales y demás de su país y hecho declaraciones que le han pueso en el disparadero hasta ser considerado enemigo público por muchos, entre otros, actores de su país de los que se ha burlado constantemente. El propio Matsumoto comentó sobre su peli que que trata ni más ni menos que de la cobardía del ser humano, generalizando a la hora de establecer que en definitiva nuestra aspiración final es siempre la de ser sádico dominante, para lo que previamente tenemos que pasar por distintas etapas de masoquismo. Y se queda tán ancho el tipo... Formalmente "R100" nos puede descolocar muchísimo, con una estructura desquiciada y enfermiza, pero el fondo argumental está más que bien tratado, plagado de ciertos homenajes y críticas a la propia sociedad japonesa y al ser humano en general. 

Pero desde luego, la cinta cumple sobradamente la última intención de su director: provocar, impactar e incluso asquear con sus locuras extremas llevadas al límite, pero desde luego no es una peli para cualquier público, sobre todo aquellos que no conocen el cine de su director no la disfrutarán demasiado sin saber a lo que se exponen, y sus extravagancias y muchas de las cosas que da por hecho no dejarán de sorprender a un público occidental, al que desde luego tampoco dejará indiferente. 

Técnicamente la cinta es una pequeña joya.

Al principio de la narración, cuando nos presenta al protagonista, la fotografía magistral de Kazushige Tanaka se autoinmola en una escala de grises y pardos apagados y sin brillo, como el personaje, destacando sólo el intenso carmín de algunas mujeres con Beethoven lánguido de fondo. Más tarde, cuando el tipo goza como sumiso, la locura visual entra en escena con las explosiones craneales del orgasmo. 

Tras la primera parte, entran los títulos de créditos y el verdadero locurón comienza, la ida de olla nipona en estado puro de arrebato alejado de esa sobriedad del comienzo. Dolores, humillaciones, personajes delirantes... Y hasta cinco espectadores que como nosotros se preguntan qué coño es lo que están viendo. Sin duda, una genialidad que se coloca inmediatamente como cinta de culto irracional. 

Lo mejor: La Diosa de la saliva. El final, apabullante.

Lo peor: Determinados gags innecesarios y que descolocan más que escandalizan. 

La peli, en la sección oficial de los festivales de Sitges y el Fantastic Fest, también ha sido nominada en los de Toronto (a la mejor locura de medianoche) y al Big Screen Award de Rotterdam.


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