domingo, 11 de enero de 2026

Crítica: Good Boy

EL RECTOR NOS HABLA SOBRE EL HORROR CANINO DEL DEBUTANTE BEN LEONBERG. ¿EL MEJOR AMIGO DEL GÉNERO?


Del amplio bestiario que da forma al cine de terror, el perro emerge como figura básica para entender no solo el género, también la curiosa relación que siempre ha tenido el espectador con este cuando se trata de otorgarle valor a la vida ajena. No nos importa lo más mínimo que el asesino de turno se cepille al reparto entero de personajes, pero por lo que más quieras, que no le pase nada al perro... y en ese sentido, el terror siempre ha conocido esta debilidad del espectador, explotándola hasta la saciedad.


“una de las propuestas más frescas y personales de los últimos años, elevando a su máxima expresión la ecuación canina en la gran pantalla” 


El debutante Ben Leonberg va un paso más allá y le otorga directamente al can (Indy) el papel protagónico, algo que convierte a su ópera prima “Good Boy” (2025), en una de las propuestas más frescas y personales de los últimos años, elevando a su máxima expresión la ecuación canina en la gran pantalla y consiguiendo que, aunque solo sea por una vez, el espectador se preocupe por el bienestar de un personaje protagonista en una película de terror, pues DOG LIVES MATTER. 

Pero no es el rol de Indy (interpretándose a sí mismo) lo más llamativo del filme, ya que si algo convierte a “Goob Boy” en una película tan especial, es el hecho de que Leonberg consigue algo realmente complicado en un título donde la cámara persigue a nuestro peludo protagonista el 100% del tiempo y es que en ningún momento el espectador tenga la sensación de que lo que esta viendo es precisamente eso, alguien filmando a un perro durante 70 minutos, sino que realmente se crea que este está interpretando cual actor al uso, gracia que consigue que todo lo que ocurre en pantalla resulte sorprendentemente verosímil


“Indy se carga sobre sus espaldas con todo el peso de la obra, con una de las miradas más expresivas que nos haya regalado el ya extinto 2025 cinematográfico” 


“Goob Boy” siempre se pone a la altura de Indy. La lente se sitúa a su nivel y nos muestra el mundo según los ojos del animal, dejando en un segundo plano la figura humana, en este caso la de Shane Jensen (Todd), dando la réplica interpretativa al can, en un tratamiento muy similar al que ya vimos en aquella mítica “Veneno para las hadas” (Carlos Enrique Taboada, 1986), en la que todo se mostraba desde la óptica infantil de sus protagonistas y los adultos quedaban prácticamente siempre fuera de plano o nunca se les veía el rostro, algo que también sucede en muchos pasajes de la cinta en “Good Boy”, dejando en todo momento claro el dispar peso que tienen en la historia ambos personajes.


“En clave de terror, Good Boy consigue su propósito, resultar, al menos, inquietante. Lo hace con la cámara fija en el escenario a través de unos ojos caninos que amplifican todo aquello que vemos”


Llegados a este punto nos asalta una pregunta clave: ¿Resulta entretenida una película protagonizada por un perro real? La respuesta es sí. Los setenta minutos de duración se antojan aquí clave para que la función aguante el tipo hasta la bajada de telón. Es cierto que para rellenar dicho metraje, el director cae en la repetición de situaciones y en un excesivo alargue de algunas secuencias, pero es ahí donde entra el buen hacer del perro y es que Indy se carga sobre sus espaldas con todo el peso de la obra, con una de las miradas más expresivas que nos haya regalado el ya extinto 2025 cinematográfico

En clave de terror, “Good Boy” consigue su propósito, resultar, al menos, inquietante. Lo hace con la cámara fija en el escenario a través de unos ojos caninos que amplifican todo aquello que vemos (y lo que no), para convertirlo en una buena colección de imágenes perturbadoras en clara ascendencia, pasando de la inocencia inicial a postales realmente tenebrosas ya en su tramo final. En este, por cierto, “Good Boy” no se olvida de la efervescencia actual del mal denominado “terror elevado” para sembrar en el espectador la semilla de la duda, de si todo aquello que hemos visto es real, si estamos ante una serie B de manual o si por otro lado, tenemos ante nosotros la enésima metáfora, en este caso, sobre la pérdida, la aceptación de la muerte y el vínculo que une a los individuos con la particularidad de tratarse de la siempre especial relación existente entre un perro y su “dueño”. 

Lo mejor: Indy, una interpretación con pedigree. 

Lo peor: Aunque nunca cae en el tedio, es imposible quitarse de encima la sensación de estar viendo un chicle estirado.


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