martes, 31 de enero de 2012

Crítica: Charlie y La Fábrica de Chocolate

CRÍTICA, CASI PURA Y DURA, DE CHARLIE Y LA FÁBRICA DE CHOCOLATE

(Todos aquellos que opinen que El Sepulturero Torero es un charlatán de feria que se enrolla como una persiana hasta para decir buenos días, no digo yo que levanten sus extremidades -porque les faltarían brazos y piernas, cabrones-, pero deben LEER SÓLO ESTO. Lo cual hará que ahorren su valioso tiempo y que, al mismo tiempo, hundan a dicho señor en la miseria de saberse un triste perdedor cuyas historias a nadie interesan. Historias por demás tan edificantes que las hace absolutamente imprescindibles. Pero supongo que eso a nadie importa, sino a él.)

(La carita de perrito pachón con que se imaginan a El Sepulturero Torero emitiendo el final de esta advertencia inicial, e intentando derretir y enternecer su congelada emotividad, sólo cabe atribuírla a un exceso de imaginación por parte de ustedes)

(Buenos días)

La primera versión de Charlie y la fábrica de chocolate llegó a nuestro país en 1971, de la mano del director Mel Stuart, en forma de comedia musical infantil moralizante y reconstituyente, ahí es nada. Por aquí le endilgaron el nombre de Un mundo de fantasía. Mira que era fácil haber respetado el título original. Pero para originales, los españoles, oigan. Spain is different, specially when subtituling. El film, de 98 minutos de hilarante duración, fue protagonizado por Gene Wilder, que representaba al rey de los chocolateros, Willy Wonka.

El guión, firmado por el propio Roald Dahl, tomó como base un relato de este estupendo escritor británico, cuya biografía en la Wikipedia os recomiendo. Así os daréis cuenta de por qué este tipo es un referente para mí. Una de esas personas que brillaron con plena intensidad, con un sentido del humor y una valentía a prueba de balas. No murió de diabetes.

Para que os hagais una idea de su aportación al mundo de la fantasía infantil, deciros sólo que este tipo creo los personajes de Matilda, James y el melocotón gigante y el propio Willy Wonka. Con eso, si la hubiera diñado en su espectacular accidente de avioneta, ya se podía haber ido tranquilo al otro barrio.

La actuación de Wilder es elástica y memorable, paseandose con soltura por el registro de la comedia y saltando con agilidad al del melodrama cuando resulta necesario.

La partitura, a cargo de Leslie Bricusse y Anthony Newley, recibió una nominación a los Óscar como mejor B.S.O.

Sinopsis: Se sortea una visita a la fábrica de chocolates y golosinas Wonka, cerrada al público desde hace años por razones misteriosas. Después de que Dios reparta suerte de forma poco equitativa, cual es su costumbre, el estrambótico propietario se encarga de poner orden y se erige en sarcástico maestro de ceremonias de un fenomenal concurso en el que sucesivos niños pijos, a los que nos encantaría pellizcar los mofletes con unos alicates, van recibiendo uno tras otro la patada en el culo que no supieron darles sus padres según van incumpliendo las tajantes normas de Willy Wonka. Finalmente, un humilde niño llamado Charlie se hace con el emporio financiero de este señor, tal era el premio, gracias a su extraordinaria habilidad para poner cara de bueno todo el rato y sin romper ningún plato.


La segunda versión corre a cargo de Tim Burton, que retoma la misma historia, sin cambios esenciales en el guión, a no ser por el trato más detallado que recibe el entorno de la familia de Charlie, que vive junto a sus padres y sus cuatro abuelos, todos hacinados en una covacha infecta, jugando a las enfermedades y a la hucha anual, entretenido pasatiempo consistente en sumar las edades de todos los ancianos cada vez que llega un nuevo cumpleaños. La cifra es estratosférica. Menos mal que no les da por sumar los niveles de azúcar y colesterol. (En la primera versión se profundiza más en el aspecto psicológico de este retrato familiar, de hecho es uno de sus puntos más fuertes, pero la ambientación de la geriátrico-vivienda concebida por Burton es sublime y deja a la de su predecesora en pañales para la incontinencia urinaria.)

La banda sonora en este caso es absolutamente espectacular y demencial, siendo los momentos interpretativos de los enanos tocapelotas uno de los platos fuertes de esta versión. A mi personalmente todas las canciones de los Umpa Lumpa me dan un buen rollo acojonante. Y parece que tampoco esta vez al jurado de los Óscar se lo dió, porque también esta vez le fue esquivo el triunfo por banda sonora, de la que estaba detrás el genial e incombustible Danny Elfman, el hombre elfo que nos llevó, junto a sus lisérgicos enanillos, a un paraíso sonoro psicodélico y delirante.

Tim Burton rehuyó en este caso los espectaculares efectos especiales de otras producciones suyas para centrarse más en el lado humano y dramático de la historia, generando maquetas a escala y magistrales recreaciones de paisajes a través de decorados, en lugar de recurrir en exceso a los CGI.

Esta segunda versión optó a los Óscar por mejor diseño de vestuario. Tampoco se comió un colín aquí.

De señalar es el cameo del draculiano Cristopher Lee, como el padre dentista del torturado infante Willito Wonka. Después de toda una vida sacando los colmillos, ahora se pone a sacar las muelas.

También es de destacar el excelente trabajo de Deep Roy, nacido Mohinder Purba, indio de La India que vió la luz en Kenya, país bien conocido por Roald Dahl, y que presta su genio y su chiquitita figura para la recreación de los Umpa Lumpa a través del Croma. Otras dos perlas de belleza inigualable son la odisea de Wonka a Lumpalandia y la fábula que refiere el abuelo Joe a su nieto sobre el príncipe Pondicherry y su castillo de chocolate tajmajalesco. Su visionado justifica por sí solo el resto de la película. Y los andaluces no exageramos jamás.

Por qué me pongo tibio de chocolates cada vez que mi dentista mira para otro lado:
Porque hay que ver lo que hemos cambiado y porque las chocolatinas son como las buenas historias, hay que repetir aunque no se tengan ganas. Nunca se sabe cuando va a caer otra en tus garras.

Por qué me cepillo los dientes después de comer chocolate:
Para que no se me piquen los piños con el exceso de moralina ni me huela el aliento a tufillo con mensajitos. Son los riesgos de consumir chocolate made in Hollywood. Yo por eso prefiero el afgano.



DEL AFORTUNADO ENCUENTRO DE DOS GRANDES ACTORES EN TALLAHASSEE

(Cualquier parecido con la realidad es efecto de la marihuana)

Hospital Psiquiátrico de Tallahassee, Florida. Luce un sol apacible. Un elegante y solitario edificio de un blanco impoluto, coronado por una gigantesca bandera de ondeante chulería, parece haber estado aguardando la llegada de aquel nuevo visitante. El recién llegado desciende de su descapotable rojo y sube parsimonioso las escaleras del sanatorio. Se trata de Jonny Depp. Su abuela ha sido internada allí hace ya dos semanas.

Ya en el vestíbulo, una recepcionista con complejo de playmate venida a menos, va superando gradualmente el estupor en que la ha sumido el individuo de la perilla. "Por favor, ¿la habitación 223?", pregunta el apuesto caballero. "Jijiji", dice la enfermera ruborizada, e indica al actor un pasillo del fondo. Ella insiste varias veces en acompañarle, jijijiji y jijijiji. Johnny Depp cuenta cómo ella repite hasta tres veces: "De veras que no es molestia", antes de poder quitársela de encima tras estamparle un autógrafo en plena frente. La chica no tenía papel a mano e insistió entregando al actor uno de los expedientes de ingreso. Depp le señaló entre las cejas y dijo: "Es mejor aquí. Espero que te lo compre un taxidermista", soltó él, enigmático, después de garrapatear su nombre. Y luego añadió: "¿Tú eres de las que creen que las tías buenas venden más entradas que las feas?" Y se giró enfilando el pasillo sin esperar la respuesta. Este chico es que siempre ha sido un poco rarito.

Johnny avanzó por el camino indicado y llegó a un patio ajardinado que hacía las veces de sala de espera. Mientras buscaba un sitio donde acomodarse a aguardar a su abuela, Depp reflexionó sobre el incidente que le había traído al sanatorio.

Aunque la gente se sorprende a menudo de lo raras que son las cosas, lo cierto es que son de lo más normales. Hay bien poco de qué sorprenderse. Una buena noche -que no una Noche Buena; la puntualidad no es lo mío, ahorraos las collejas-, se celebra una cena familiar. Johnny es uno de tantos vástagos del tupido ramaje del árbol genealógico que se congrega alrededor de una mesa abarrotada de viandas. Con los vinos la cosa se caldea y ya se sabe, llegados a la tarta de arándanos de los postres, alguien empieza a cantar Day-O de Harry Belafonte. Que si banana parriba, que si banana pabaho. En otro contexto, tanto bananeo quedaría más bien grosero, algo para que lo cantara la Carmen de Mairena, ya me entendéis. Pero Day-O y su interminable procesión de plátanos es algo que no puede remediarse cuando Johnny Depp se reúne con los suyos. Como decía su tía abuela entre lágrimas de risa, la inconmensurable Jessica Bighead: "Yo sufro mis hemorroides en silencio, pero estas bananas no me las perdería por nada del mundo".

Es el tributo que tienen que pagar los actores. Actuar es reiterar, ya lo dijo un actor tartamudo. En tan insistentes situaciones, Johnny ponía su mejor sonrisa de circunstancias y levantaba las palmas de las manos en ese conocido gesto conciliador de nomhagaisestoporfavócagonlaputa, como si su tímido intento de frenar el tremendo subidón colectivo no estuviera condenado al fracaso desde antes de producirse.

El tío Oswald, el mismo que ganó las quinielas de la Super Bowl el pasado año, rojo como un tomate Wioming congestionado, se mete en su condenado papel de histrión master class y, en un intento de reproducir lo que sucediera en la cena de Bitelchús, hunde su redondo careto sureño en su acogedora porción de tarta de arándanos. Ya sabéis, lo hace un poco esperando que todo el mundo le imite en el siguiente estribillo. Yo me tiro al pozo, oh, qué gozo. No va a salir una mano roja del plato ni nada de eso ¿vale?, más bien él espera que la mano se la echen los demás, que por ahora andan partiéndose la caja con esa cara suya, ahora ya más colorada que nunca, y que sonríe de oreja a oreja mientras sigue cantando Day-O como un poseso.

Pos eso: ¿que quién se va a negar a compartir el contagioso entusiasmo del tito Oswi?, ¿cómo evitar olvidarse de las permanentes de cincuenta dólares y de las corbatas de seda para lanzarse a vivir ese momentazo? ¡Hala, todos con las caras en los pasteles de arándanos! ¡Vamos allá!¡Hasta la abuela!

Sólo que... la abuela no levantó la cabeza del plato. Alguien abrió la veda del grito pelao y todos comenzaron a aullar: ¿Abuela, qué te pasa, qué coño haces? Abuela, ¡Abuelaaa!

La cabeza de la abuela Lu reposaba sobre el dulce lecho de bizcocho, grosella y arándanos, como si su última voluntad hubiese sido alcanzar un coma diabético por inmersión. Alguien tuvo la inteligencia de sacarla de allí antes de que se ahogara y se produjo entonces el particular festival de sirenas de colores propio de estos casos, que ya propugnara María Jesús y su funesto acordeón: ambulancias por aquí, patrulleros por allá, vamos todos a bailar.

Ésa fue pues la última cena lúcida de Lucrecia Gallager, madre de 5 hijos, abuela de 8 nietos (uno de ellos reputado actor de cine), bisabuela de 3, tatarabuela de 2, profesión: fabricante en serie de chalecos y bufandas de punto de cruz y cinturón negro en encaje de bolillos. A partir de ahí sólo decía "qué risas" y "qué rico". Eso sí, lo decía a todas horas.

Y ahora el bueno de su nieto Johnny ha aparcado el estudio de la quinta entrega de las aventuras de Jack Sparrow para hacerle una visita en Tallahassee. En realidad Deep habría dejado sobre la mesa ese guión de mierda que ya se sabía de memoria incluso para tumbarse un par de horas sobre una cama de clavos. Cosa que jamás confesaría públicamente. Por algo es un porfesioná que reniega de sus tendencia masoquistas.

Se está bien allí. El rumor del tráfico queda lejos. Sólo uno solo y el sol solo. Y la adormecida quietud, unos pájaros cantando en la cercana arboleda, el olor de la tierra mojada y el césped. Y nosotros les llamamos locos a ellos. Algunos majaras se cuentan los dedos mientras pasean pacíficamente entre los árboles, o le cuentan su historia a la tapia del fondo, mientras le dicen: estás como una tapia, como una tapia. Johnny se dirige a un banco que surge de la nube de palomas blancas y se sorprende entonces al ver allí, sentado con las piernas cruzadas y dando de comer mendrugos de pan a los pájaros, al genuino Gene Wilder.

El bueno de "Ojitos" Gene se está fumando un truja de maría de no te menees y quítese usté el sombrero. Mientras, deja vagar su mirada azul por el horizonte azul, sonríe al recién llegado y le invita con un gesto a sentarse a su lado. Se parece un poco bastante al gusanito del narguile de Alicia en el País de las Maravillas. Le falta el brazo izquierdo. Y está un poco más gordo de como Johnny lo recordaba. Depp se dice: "Este gusanito tiene shisha", y se sienta a su lado. Gene rompe el silencio:

- Las llaman las ratas del aire. ¿Qué le parece? Pero yo les tengo abierta simpatía. Claro que también se la tengo a las otras ratas, a decir verdad.
- Hola, qué casualidad, soy Johnny Depp-, articula torpemente nuestro amigo, tendiendo su mano. Gene se la estrecha lánguidamente mientras se presenta, ceremonioso:
- Apuesto a que estás pensando que menos mal que no soy zurdo. Encantado de conocerte, súperJohnny. Yo soy el genuino Gene. Genuino y judío, como los Levi´s Strauss. -Tras una larga calada de pausa, pregunta;- ¿Qué cosa es una casualidad?¿Que te llames Johnny Depp?
- Pues hombre, supongo que sí. Pero no me refiero a eso. Me refiero a que los dos seamos actores. Quiero decir, ¿qué hacen dos actores en un psiquiátrico?
- Bueno, supongo que esperan a que ingresen todos los demás.

Los dos soltaron una carcajada ante la ocurrencia. Gene le ofreció el peta a Johnny. Éste rehusó diciendo que no mucho más tarde tendría que conducir. Pero en realidad es que no podía soportar la idea de que su abuela le pillara tó fumao y le dijera eso de "qué risas", "qué rico". A partir de entonces la marihuana sería algo tan difícil de digerir como el pastel de arándanos.

-¿Cómo perdiste el brazo, Gene?
- Algunos experimentos no salen del todo bien, muchacho. Pero bueno, ya me rulo los canutos con una sola mano que soy un arte. ¿Sabes por qué me gusta tanto actuar? Porque actuando no soy manco, jajaja. Lo del brazo es una larga historia, ya te contaré.

Al poco, los dos actores están hablando de Charlie y la fábrica de chocolate, pues en sendas versiones encarnaron al chocolatero Willy Bonka.

-Me inspiré en tu actuación para construír mi personaje, -confiesa Depp.-Es una historia tan aparentemente sencilla... Roald Dahl era un maestro en eso, contar historias aparentemente sencillas. Un chico llamado Charlie gana un sorteo para participar en un concurso. Y finalmente gana ese concurso también. The-end.
-Dicho así haces que el premio parezca una mierda tan grande como la propia historia de América, my-friend.
-Justo, tú lo has dicho. Lo importante para que un premio sea bueno no es el premio en sí, sino que el que lo recibe lo merezca. Fíjate si no en la noche de Reyes.
-Lo importante para que un premio sea bueno, muchacho, es que yo te pregunte por una marca de agua y tú respondas Bezoya. ¿Además, a qué viene eso de la noche de Reyes, chaval? Pero si tú y yo somos de Papa Noeeel, ¿qué me estás contando? Además, que ni tú ni yo ganamos ningún Óscar, así que olvidemos los premios.
-¿Tú querrías un Óscar?
- Bueno, he oído que con la empuñadura de la espada se saca uno muy bien el cerumen de los oídos. Aunque me apaño con el capuchón del boli bic, supongo que no es exactamente lo mismo.
-Bueno, a lo que iba, que a veces una historia de apariencia sencilla tiene mucha más sustancia que muchas de esas mierdas que te envuelven a veces en papel dorado, como si se tratara del preciado chocolate Wonka. Pero sólo el buen chocolate resplandece, a pesar de que su envoltorio pueda ser una porquería. Resumiendo, en las buenas historias y en las buenas personas, lo que cuenta es el interior.
-Tío, eres un filósofo. Ten cuidado con que no te oiga ninguna de esas enfermeras que pululan por aquí o no te dejarán salir. Bueno, verás, a mi esta mierda me la han envuelto en plastiquito.-Dice Wilder señalando su bolsita de marihuana.-Pero te sigo, mi amigo, te sigo. Y acepto chocolate como mierda de compañía. Eso tiene gracia, mira, dos actores hablando de fábricas de chocolate mientras se fuman un canuto. Los bosques no nos dejan disfrutar del árbol ¿Seguro que no quieres un poco?
-Bueno trae pacá, con lo zumbao que estoy, tampoco se va a notar. Aunque ya te he dicho antes que mi abuela va a venir pronto.
-Ah, conque era eso, que es tu abuela la que conduce al volver. Pues haberlo dicho antes, hombre. ¿Cómo te iba yo a tentar con esta maría de efecto telepático, que aun sin probarla ya le lees la mente al menda que se está rulando el mai a ocho bancos de distancia? ¿Cómo te iba yo a ofrecer esta hierba superpotente de efecto retardado, de la que ya te has echao pal cuerpo siete caladas, con sus correspondientes bises cortos, que parecía que no fumabas y no me has dejao ni husmear la huella de tu uña impresa en la cartona? Si llego a saber que la que conduce es tu abuela, con lo mal que conduce la ancianidad y el respeto que le tengo yo a la tapicería de los coches caros...

Así estuvieron hablando de lo humano y lo divino hasta que Depp dijo, rascándose el paquete sin disimulo:

- Me encuentro un poco raro. Todo esto es un poco raro.

En ese momento, brotó como de la nada una enfermera acompañada del brazo por una temblequeante ancianita sonriente.

-Qué risas. Qué rico.

Deep logra decir:

- Fe frefento a mi buela, Gene genuino.
-No me digas. Un placer, señora.-Wilder inclina con elegancia la rubia cabeza, sembrada de canas a partes iguales. En un aparte le dice a Johnny: -Tío, los genios aparecen cuando frotas una lámpara. Y tu abuela aparece en cambio cuando te frotas el paquete. Ten cuidado con eso o tus próximos encuentros sexuales van a quedar arruinados.

Deep se levanta tambaleandose con asmática risa perruna. Antes de despedirse y marcharse a otra parte a que su abuela le diga "qué rico, qué risas" cuatrocientas veces más, Johnny consigue balbucear:

-A frofósito, Gene, ¿qué haces tú aquí?
-Esperar mis recambios, muchacho, jajaja. Llevo aquí mucho tiempo. Fuera no hay ya nada que me interese Un viejo oxidado como yo funciona mejor si se ve rodeado de otros cacharros rotos. Entro y salgo casi cuando quiero.

-Me ha alegrado fumar contigo.
-Lo mismo digo. Y procura no hacer más Piratas del Caribe o mandaré a mi fantasma que te persiga eternamente.
-Glups. Bueno, tú no te cortes.
- Jajaja, eso ha tenido gracia.

Esta es la excéntrica anécdota que refirió el estrafalario Gene Wilder al estrambótico Johnny Depp durante su breve y fructífero encuentro en el sanatorio mental de Talahassee, Lousiana.

Mr. Wonka, como gustaban de llamarle quienes no le conocían a fondo, que eran todos, tomaba una copa de queipiriña helada sentado frente a un buen fuego. Mientras tanto repasaba una vieja edición del News Sciences. Entonces dijo sin venir a cuento:
- Interesante, muy interesante.
Y pulsó el botón del llamador ostentóreo para requerir la presencia de su principal umpa-lumpa, Ergonom Tercarius. Un llamador ostentóreo es un modelo de bocina con forma de belfos equinos, encastrada en un busto que emula a la perfección, vaya usted a saber por qué, la efigie del difunto Jesús Gil y Gil. Y he de decir que emular es un verbo muy adecuado en este caso.
Ergonom apareció presto, obediente al rechinante relincho que se expandía por toda la mansión, reverberando en cada una de las innumerables alcobas. Mansión sita, aclararé, en el barrio más pijo de toda la ciudad. Por lo que Mr. Wonka suele llamarla La Mansión-sita. La rápida comparecencia del lacayo, dada la exigua longitud de sus piernas, no sólo era de agradecer, sino que resultaba además muy meritoria.
- ¡Qué lástima que no vivamos en España!-, dijo enigmático al presentarse.- En qué puedo servirle, señor.
Mr. Wonka no pudo evitar soltar un par de carcajadas al mirarle.
- Lo siento,...-, empezó a decir. Mas no logró continuar porque en este punto le interrumpió el umpa-lumpa.
- Lo sé, lo sé... Sé que lo siente pero que no consigue usted acostumbrarse al hecho de que yo sea un divertido enano con unas características faciales que mueven a la hilaridad al más impasible de los hombres. Siempre dice lo mismo para justificar esos repentinos ataques de risa. Pero si no le importa, señor mío, podría ahorrarse esta aclaración cada vez que se descojona cuando nos encontramos.
Mr. Wonka se enjugó las lágrimas que el discurso del melindroso lacayo había sembrado en sus melancólicos ojos (no eran lágrimas de pena, debo aclarar) y pasó por alto el hecho de que su subalterno empleara el término "señor mío" en lugar del infinitamente más apropiado "mi señor". Incluso pasó por alto alguna otra cosa. Después de todo se estaba riendo del pobre enano en sus propias narizotas.
- Te he hecho llamar, mi estimado Erodom, porque un invitado involuntario ingresó hace apenas una hora en la cámara de concienciación del descatalogador personal flexer-geiser. Como sabes, los visitantes voluntarios cada vez son más frecuentes en nuestra humilde morada.
Ahora fue el umpa lumpa el que hizo un esfuerzo por obviar la vinculación del término humilde a la inmensa morada de Mr. Wonka. Aún le dolían los brazos de la última vez que había limpiado los ventanales, hacía sólo veinte minutos. Y eso que eran veinticinco umpa-cleaners en el equipo de limpieza.
- Lo sé, señor, está a buen recaudo. -Invitados involuntarios, según el expediente 1534 relativo a habitantes autorizados de las instalaciones WONKA, son todos aquellos que se invitan a venir aquí en contra de nuestra propia voluntad. Tenía uno de ellos en la cámara del descatalogador, a unos 8 kilómetros de pasillos de distancia.
-Ojalá vivieramos en España, señor.- Repitió Erodom finalmente, como un autómata.
- Sí, bueno. El caso es que se están convirtiendo en una maldita plaga. Recuérdame que modifique la calificación de invitados involuntarios por esta otra de nuevo cuño de indeseables voluntarios. Notablemente más ajustada a la realidad. Me pregunto por qué tengo que soportar la visión de un indeseable voluntario humano, siendo que hace años que no disfruto de la visión de una cucaracha, tan divertidas ellas, con sus largas antenitas y sus carreras frenéticas. Recuérdame también que ordene a los umpa-cleaners de la zona de aseos que dejen de fumigar insecticidas por unos meses. Los cambios son agradables.
- Bueno, señor, en España acaba de ganar la derecha las elecciones...
- Y eso a qué viene, mi estólido amigo. - Interrumpió velozmente un sonriente Mr. Bonka. Aprovechaba la menor ocasión para lucir dentadura, el muy desalmado.- Como te iba diciendo, nuestro visitante voluntario se ha colado en la cámara del descatalogador personal. El flexer-geiser está en periodo de pruebas, cierto. Y no se me ocurre mejor ocasión que inaugurar el nuevo año con su puesta a punto definitiva. Así que ordena a todos los umpalumpasteleros que se congreguen de inmediato en el área de fabricación del descatalogador.

Ergonom asintió horrorizado. El descatalogador había sido llamado así por su inquietante manía a no dejar títere con cabeza. De ahí su nombre. Literalmente, descatalogaba a todo bicho viviente que hubiese cometido la imprudencia de ingresar en sus dominios. Mientras Ergonom andaba hacia la zona de producción del descatalogador e iba haciendo llamar a todos sus umpatécnicos y umpalumpasteleros, y encargaba la harina y la umpalevadura necesarias, repasó todo lo que sabía sobre el descatalogador personal flexer-geiser. Lo que no era mucho, a decir verdad. El funcionamiento del artilugio era simple pero eficaz, al menos en lo que se refería a su sencilla puesta en marcha y a su impecable productividad. Lo que acontecía en su interior era en cambio un absoluto misterio, excepto para la maquiavélica mente de su creador, el gran Willy Wonka. Hasta entonces sólo se había probado el descatalogador con ardillas nogaleras. Con resultados que oscilaban entre el fracaso más estrepitoso y el estuvo cerca pero no pudo ser. Ergonom sospechaba que también debía haber caído en sus garras algún umpa-lumpa despistado, convencido por las aviesas promesas de un aumento salarial por parte de su patrón si realizaba la limpieza de la cámara de concienzación del descatalogador personal o realizaba algún ajuste improrrogable. Ningún plus de peligrosidad pagaba eso, en su opinión pero siempre había algún incauto que creía lo contrario.

Esta vez lo que había en la cámara de concienciación era un invitado involuntario, es decir alguien que había decidido dar un paseo turístico por La Mansión sita. Motu proprio, sin que mediara el consentimiento de su legítimo propietario. Esta clase de polizones a bordo desencadenaban la ira más despiadada de Willy Bonka. Así que si el destino no hubiera deparado de forma casual que aquel señor acabara con sus huesos en la cámara de concienciación, habría sido el propio Willy Wonka quien lo habría confinado allí después de que alguno de sus umpadoberman lo hubieran localizado. En la cámara de concienciación se cumple la fase preparatoria del proceso de descatalogación personal. Fase absolutamente imprescindible, dada la necesidad de que el sujeto se preste a la operación totalmente relajado. Asímismo, como las facultades del sujeto deben estar plenamente operativas, el uso de anestésicos es del todo desaconsejable. En una pantalla aparecen las solícitas caras de Mr. Wonka y Ergonom, que explican al interfecto en voz suave y pausada en qué va a consistir la mencionada descatalogación. Hay tres tubos, dos de ellos de unos 30 cm de diámetro, colocados en paralelo uno junto al otro. El otro, cotangente respecto a los otros dos, de unos 45 cm. El conjunto recuerda vagamente al rostro de Mickey Mouse visto de frente, su cara redonda coronada por sus redondas orejas. Se le explica al interpelado que la puerta de entrada en la cámara de concienciación tiene un sistema de cierre de seguridad que sólo se desactiva cuando el mismo volumen de masa que la ocupa pasa por esos tres conductos redondos hacia el exterior, se explica asímismo que no es posible introducir otra cantidad de materia de su mismo peso (preferiblemente un objeto inanimado) en la cámara para que la puerta se abriera, puesto que en tal caso la cantidad que debería pasar por esos agujeros hacia el exterior sería justo el doble, y así sucesivamente, vamos que a la máquina no le da el truco del cambiazo ningún trilero titulado en Harvard. Se convence al sujeto de que perder la calma no va a facilitarle las coooosas y se le recomienda meter sus extremidades superiores en sendos agujeros para que la máquina pueda empezar a realizar su trabajo, cual es cercenar limpiamente los brazos, piernas y cabeza del sujeto para volverlos a unir en la parte superior con una innovadora técnica de microcirugía por fisión molecular. Finalmente se le dice que es un procedimiento con fines meramente disuasorios, doloroso, desde luego, pero inofensivo en última instancia, que tiene como único propósito dejar una huella indeleble en la psique del prisionero para evitar que toda clase de intrusos puedan colarse en el futuro en las inmediaciones de la fábrica WONKA. Se elude comentar el insignificante detalle de que hasta la fecha la microcirugía por fisión sólo ha funcionado en un ejemplar de procesionaria de los pinos. El camino de la ciencia es largo. En una mesa del habitáculo hay una chocolatina con efectos tranquilizantes.

Al mirar por el grueso cristal redondo que separa la cámara de concienciación del exterior, Ergonom no puede evitar exclamar:
-¡Coño, pero si es Gene Wilder, el genuino!-. "Ojitos" le sonríe tímidamente desde el otro lado del cristal. -Mi rubio amigo, me temo que pronto te van a hacer falta unos recambios.

8 comentarios:

Darkotica dijo...

¿Dónde demonios he dejado mi punto de libro? Aaah...pero si está aquí!!! XD

Mi querido Sepulturero, me has dejado sin palabras (es evidente que tú te las has llevado todas), lo que tenemos aquí no es solo una crítica, ni un estupendo artículo de Charlie y la Fábrica de Chocolate, también es la demostración de que estás hecho un escritor de los pies a la cabeza, y no uno cualquiera...un escritor FANTÁSTICO!. Que risas. Que rico. Cuanto he disfrutado...y ahora me voy a comer una chocolatina Wonka, para que la tarde continúe siendo fantástica...

A todo esto, la cinta de Depp me la sé de memoria (si, a mi también me mola), pero tengo que volver a ver la de Gene "ojitos" Wilder... ;)

Un beso de chocolate Wonka for you!

El Rector dijo...

Joder, ya no solo quiero morirme tirándome del dedo, ahora, antes, quiero retirarme en ese Psiquiátrico de Tallahassee a convivir con mis demonios interiores, igual más pronto de lo que me pienso. Aunque ya he estado ahí una vez, estuve sentado justo delante de los dos Wonkas, bebiendome una cervecita y tatareando el Day-O, incluso pude oler esa maría... y ahí no se puede viajar en transporte público Sepulturero, ahí solo puedes llevarnos tu.

Coincido con tus opiniones sobre las dos películas. Yo lo resumo rápido, la versión de Burton es más completa, más divertida (esos números musicales son de traca) y más bonita visualmente, pero si entramos a comparar a "ojitos" con Sparrow, no hay color, el primero gana por goleada.

El Sepulturero Torero dijo...

Me has llegao con tu comentario, me has llegao.
Pero hay albañiles que juntan ladrillos a una velocidad diabólica... y luego la casa se les desbarata en cuanto sopla un poco de viento. O el lobo feroz. Así que eso de buen escritor..., no sé yo qué decirte.
Aunque si mi chocolate te ha hecho soltar unas risas y te ha parecido rico ;), pues a mí me vale. Vaya si me vale. Aunque te hayas tenido que dar un empacho "de tomo y lomo".
Ese beso tan dulce me lo reservo para las noches más frías, que van a bajar las temperaturas.
Gracias, Darky.

El Sepulturero Torero dijo...

Quillo, Rector, que me vais a poner más colorao que el tito Oswi :)
Me alegra que te haya gustado, monstro. Por cierto, me he partido de risa con tu oda-crítica al chándal, ese atuendo para que los cincuentones vengan deporpán y digan que vienen deporté XD
¿Nos llegará la pensión de la SS para Tallahassee? misterio, misterio Esperemos que el copago nos ayude con la maría terapeútica subvencionada,hehehe
He visto que un tal Darkerr, que tiene una página interesante llamada Los diarios de Darkerr (esperemos que su madre no se los encuentre) `pone bien una modesta película llamada Let´s scare Jessica to death (aka, la maldicion de los Bishop)¿la conoces? Me ha dado buena pinta, por lo visto está basada en un cuento de Le Fanu que me gusta mucho. Dime si merece la pena verla, pero no puntúes con zurulletes, que me lío como un chino :)))

Missterror dijo...

Sepulturero, soy voy a decirte una palabra :GRANDE
Tú me fascinas, Willy Wonka nunca lo hizo...

El Sepulturero Torero dijo...

Willy Wonka siempre reservaba su mejor chocolate para sí mismo.
Cuando ibas a buscarle lo encontrabas encerrado en el cuarto de baño, ensimismado con su chocolatina. Su padre le dijo que si se comía tanto la chocolatina a solas se le iba a caer el pelo. (No le dijo que se le iban a caer los dientes porque ya se los había arrancado todos el tío bestiajo...) Por eso Willy se gasta un sempiterno sombrero de copa.
Si yo no fuera un ser impío carente de corazón, tus palabras me habrían conmovido profundamente, Missterror. Así que qué puedo decir, aparte de que me alegro de fascinarte, chocolatinilla mía :))) Un beso grande.

Pedro J. Sabalete dijo...

No recuerdo bien la película, las canciones de los Oompa eran divertidas y deban miedo a la vez, eso si lo tengo claro y asimismo que iba más allá de la peli de niños que pensaba que era; da igual que no la recuerde bien mientras tenga a mano tu desternillante guión paralelo. Conste que de chocolate y del éxtasis que se alcanza con su ingesta creo tenerlo más presente que nadie desde que me fue digamos que prohibido.


Un abrazo.

El Sepulturero Torero dijo...

¡Hola, Pedro! ¡La próxima vez que robes un banco avísame, hombre, que te ayudo! Guardaremos los billetes en un bote de colacao de 20 kilos que me ha regalao Willy Wonka por promocionar los productos de su empresa, uno de esos botes de los de familia numerosa de antaño, y no habrá perro policía que se pispe mientras cogemos el avión a Pernambuco. ¿Usan perros para detectar billetes o sólo para las drogas? No estoy seguro. Bueno, da igual, llevamos drogas también, sin problema. Además, si nos trincan, tenemos indulto durante 100 años. No hay que dejar pasar la ocasión, no señor. Que a lo mejor los banqueros se vuelven honrados durante la próxima semana. Al llegar allí nos tomaremos un colacao doble, el desayuno de los campeones, que un día es un día. Pedazos de fotos, muchas gracias. La modelo es un crack, pero aunque no lo fuera, tú la sacarías guapa. El próximo viernes se reincorpora la supermami. Un abrazo

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