jueves, 9 de mayo de 2019

Crítica: El Crimen de Cuenca

España no es uno de esos países prolíficos en un cine de género duro, nauseabundo y extremo. Sería interesante buscar los diferentes factores que han llevado a nuestro terror hacia otros derroteros, pero es indudable que no tenemos una fijación especial por haber dado al subgénero muchos productos, lo cual no quiere decir que no existan. Dentro de este amplio abanico y sin entrar en la dialéctica de lo que es extremo y lo que no, es interesante mencionar la cinta que vamos a comentar a continuación por sus connotaciones tan particulares, no sin antes hacer un pequeño inciso a una película que surgió un año antes (1978) y que manejaba una cuestión fundamental para entender “El crimen de Cuenca”: la descripción de un episodio particularmente negro en el devenir de nuestra historia de sucesos.


“El crimen de Cuenca tiene una capacidad de mostrar en lo sobrio lo duro, y algunas de sus imágenes se quedan prendidas en la retina del espectador” 


“El asesino de Predalbes” narraba en formato documental, entrevista incluida, las peripecias de este particular individuo y de los sucesos que giraban en torno a él. Un retrato humanizado, hasta cierto punto objetivo, que abría al público en general un detalle escabroso tratado con una minuciosidad y técnica notables: era un producto extraño, diferente y…polémico. 

Lo era como subproducto de una época convulsa en nuestro país, ligado al proceso de transformación político, institucional, económico y cultural que se vivía en España. Como buen producto transgresor (los documentales de Gonzalo Herralde de aquella época lo son prácticamente todos) implicó muchísimas opiniones contrarias y hasta alguna vejación pública. En cierto sentido, era normal. La Dictadura había promovido una censura absoluta sobre cualquier producto cultural que no se ajustase a la mirilla gubernamental, y la apertura de un proceso nuevo generó grandes ilusiones…pero también inquietudes. Tanto “El asesino de Predalbes” como “El crimen de Cuenca” hoy no pasarían por ser películas de cierta calidad, pero con dudosa capacidad para impactar en el gran público. Lo fascinante de ambas es su contexto. 

De hecho, y entrando ya en materia, “El crimen de Cuenca” tiene una capacidad de mostrar en lo sobrio lo duro, y algunas de sus imágenes se quedan prendidas en la retina del espectador. El trabajo de Pilar Miró (yo diría que prácticamente su mejor película) solo puede generar aplausos por lo bien cuidado que están determinados detalles, pero sobre todo por la limpieza de sus planos. Y aunque es algo en lo que profundizaremos luego, sí tiene su especial relevancia por mostrar las cosas como eran, sin ambages, lo que generó mucha más controversia en su momento. Hasta el propio ministro de Cultura, Ricardo de la Cierva, junto a los tribunales judiciales, decidieron prohibirla (hablábamos de 1979, que no se nos olvide), por atentar contra los cuerpos judiciales y la Guardia Civil. Esto no solo mostraba la crudeza de su visionado y lo polémico de su mensaje: evidenciaba, a su vez, unas estructuras que pervivían en épocas anteriores, lo cual convierte a la película en un excelente ejemplo de producto fílmico, pero también histórico, y es un motivo más por el que asomarse a su contenido.


“Pilar Miró prescinde del formato documental. Ello no quita que los sucesos se detallen minuciosamente” 


Guardia Civil y cuerpos judiciales… ¿De qué va esta película? Basada en el libro del mismo nombre de Lola Salvador Maldonado (fue guionista del filme), narra una historia basada en hechos reales a principios del siglo XX. En Ores de la Vega (Cuenca), se produce la desaparición de uno de sus vecinos. La madre del mismo denuncia que le han asesinado sus dos compañeros, pastores de profesión como él, para quedarse con el dinero de una venta de ovejas. Aunque el caso se cierra, dos años después llega un nuevo juez y lo abre de nuevo, iniciando una investigación. Se les vuelve a encerrar, y en esta ocasión la Guardia Civil emplea todo tipo de torturas sobre estos, siendo condenados finalmente a casi veinte años de cárcel. Si son finalmente culpables o no es algo que merece verse. 

Ante una tesitura similar a la de “El asesino de Predalbes”, Pilar Miró prescinde del formato documental. Ello no quita que los sucesos se detallen minuciosamente durante sus poco más de ochenta minutos, con ese estilo sobrio del que hablábamos antes. Por la concepción del mismo está muy cercano al drama, pues refleja la odisea que los dos condenados pasan y, lo más importante, aquello que está detrás de la justicia del momento. La reapertura del caso por parte del juez, el uso de todo lo que fuese necesario para conseguir una confesión y la parsimonia con la que la guardia civil ejerce de torturadores hiela la sangre en todo momento. 


“es su valor como producto histórico lo que le hace ganar enteros y ser tan recomendada, pero también esa estética salvaje en la que nada se esconde” 


Los planos tienen, en su mayor parte, una función descriptiva y se limitan a mostrarnos lo que la directora pretende de una forma directa, sin ambages. Ya hemos comentado la sobriedad de sus parajes, del gris de la cárcel, del silencio sempiterno, prácticamente sin música, o de los diálogos fluidos. 

Sin embargo, hay dos escenas que encumbran al filme dentro del género en España: la primera, los casi siete minutos de torturas explícitas, en las que la directora no se guarda nada, mostrando cada una de las acciones que llevan a cabo los guardias civiles con claridad en una sucesión terrible que obliga al espectador, antes o después, a ceder ante los chillidos de los protagonistas. La segunda es la omnipresente figura de la cruz en los tribunales de justicia, grande y resplandeciente, situada siempre en el centro de la mesa de los magistrados, símbolo inherente de una época pasada en la que se pretendía no solo hacer alusión a la primera veintena de siglo, sino también a aquello que había reconducido durante muchos años los tribunales durante el franquismo. Ambos elementos acaban concatenando con la muestra de una España rural, analfabeta, pobre, en la que las envidias y los recelos por obtener un poco de dinero podían conducir a este tipo de situaciones. 

No es una película en la que se experimente una delicia visual o un guion fantástico: es templada, directa y elevadamente descriptiva. Pero se disfruta como producto fílmico que pretende hablar de otros tiempos, de una analogía de brutalidad y corrupción que estaba más próxima a su época de lo que la película enseña. Y es su valor como producto histórico lo que le hace ganar enteros y ser tan recomendada, pero también esa estética salvaje en la que nada se esconde, algo a lo que estamos habituados en el cine de género patrio.


2 comentarios:

Romasanta dijo...

Me parece fabuloso que se ofrezca una crítica sobre "El Crimen de Cuenca", sobre todo como película que narra unos hechos tan duros como reales, y que no se cortan en mostrar la crueldad de las torturas y una realidad social, que España padecía con ciertos miembros de la Guardia Civil. Además, película maldita y prohibida durante años, fomentando un fenómeno cinematográfico que consiguió una muy buena respuesta de público. Por lo que respecta a si directora, Pilar Miró, me parece una rara avis dentro del cine español con obras notables y que además, tiene más mérito por ser DIRECTORA; una mujer, que supo dirigir, y afrontar lo que se suponía ser mujer directora en una época que parecía que el cine era cosa de hombres, aunque creo que en la actualidad, aún queda mucho por hacer. De todos modos, muy contento de esta crítica, una parte del nido sabrá el porqué...pero es muy necesario tener memoria en films tan contundentes como este; aunque para mí..siempre será TRAS EL CRISTAL de Villaronga, la película que más me ha golpeado a la retina. Abrazos nidito!

Astinus dijo...

Romasanta - ¡Muchas gracias por tu comentario! Me encuentro entre los que no tienen muy claro el por qué de tu satisfacción (soy el más nuevo =D), pero me uno igualmente a ella y reivindico desde aquí el papel de Pilar Miró, uniéndome a tus palabras. Si es difícil ser directora hoy en día, en aquella época lo era mucho más. Ojalá llegue ese momento en que siquiera tengamos que hablar o reivindicar de estas cuestiones, aunque mucho me temo que demasiado camino queda por andar =)

"Tras el cristal" es de esas películas que aparecen en manuales, recopilatorios, críticas, etc. que tengo aún pendiente. Voy a darle un buen repaso y la apunto como futura peli a analizar. ¡No hay nada que disfrute más que con una recomendación!

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