domingo, 1 de marzo de 2020

Crítica: The Sonata

Indudablemente, la música es una de las disciplinas artísticas que más disfrutamos y percibimos como parte de uno mismo. Todos creemos que hay melodías que están escritas para nosotros y solo para nosotros. Se escribieron para conmemorar un momento alegre o hundirnos aún más en nuestras miserias. Está claro que la música potencia lo bueno y recrudece lo malo. Nos acompaña desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Hay música en todo lo que nos rodea y raro es el día en el que no tenemos una canción metida en la cabeza sin posibilidad de expulsarla del recuerdo inmediato. Esto ocurre porque la música viene envuelta en regalo y cuando lo abrimos se convierte en una parte mágica de nuestro ser.


“En The Sonata, el mal planea en cada nota de violín y la duda constante se dibuja en un pentagrama que hace las veces de guión”


Otra de las partes mágicas con la que convivimos a diario es el cine y su capacidad de generar empatías y odios a través de las imágenes. La unión, por tanto de música y cine, debería ser una exaltación de los sentidos que no se tendría que pasar por alto, pero como toda magia, no tiene el mismo efecto en cada individuo. El ejemplo más certero de cómo esta magia se comporta en diferentes tipos de personas, lo encontramos en el cine musical. Amado por unos y odiado por otros, no hace más cinéfilo a su defensor ni más insensible al detractor. Simplemente refleja diferentes realidades dentro de un mismo universo, universo que se rige por un bien y un mal extraño que se percibe a conveniencia. Lo que parece claro es que la música tiene tanto poder como el cine y esto es algo que no ha querido pasar por alto Andrew Desmond para su debut en el mundo del largometraje.

Desmond escoge nada menos que una sonata como presentación y se posiciona en el thriller como punto de partida para dejar deja paso al terror, a medida que avanza el metraje. En “The Sonata”, el mal planea en cada nota de violín y la duda constante se dibuja en un pentagrama que hace las veces de guión. Como una sonata inacabada, tiene un comienzo muy claro y prometedor que se termina desdibujando entre acordes disonantes que no encuentra sentido en la composición. En esta película nos volvemos a encontrar otro ejemplo claro de cómo las prisas son las peores consejeras de los guionistas y de lo necesario que es prestar atención a cada detalle cuando se está escribiendo, para no dejar cabos sueltos. En este caso, las lagunas del guión arruinan un interesante inicio y desarrollo que consiguen un interés total por la historia, con el consiguiente batacazo cuando se resuelve todo el asunto.


“Los momentos que deberían servir como cierre o explicación de los misterios creados, se precipitan en una conclusión fallida”


Una sonata se compone de tres movimientos: Exposición, Desarrollo y Sobreexposición. En la Exposición, se presenta la pieza y tono principal. En “The Sonata”, esta exposición se hace presentando a los pocos personajes que protagonizan la película: el compositor Richard Marlowe (Rutger Hauer), la violinista Rose Fisher (Freya Tingley) y el representante musical Charles Vernais (Simon Abkarian). La presentación se hace de manera gradual para mantener el interés en cada una de las circunstancias que les hacen imprescindibles para la narración. El suspense se genera desde las primeras escenas y es el valor al alza de la propuesta. La capacidad para generar interés por una historia de corte gótico y enmarcarlo en un castillo francés del siglo XIX para darle empaque, es incuestionable. Se intuye una oscuridad que, si bien no se refleja en exceso en la fotografía (más clara de lo que cabría esperar), sí se impregna en cada acción y reacción de los protagonistas. Embriagadora esta parte, que invita a la creencia de que estamos ante algo mucho más cuidado de lo que finalmente nos encontramos.

El segundo movimiento o Desarrollo, muestra la buena capacidad interpretativa de unos actores entregados a la causa y el acierto en las partituras escogidas para dar énfasis a las escenas clave, para una correcta transición del thriller al terror. Andrew Desmond no pierde de vista ni un segundo que su objetivo es engrosar la lista de películas de corte clásico de terror, pero no se da cuenta de que es justamente ahí donde falla. En este tramo central del film, queda ya patente su necesidad de dar a su primera película en adopción al demonio sin tener en cuenta la cantidad de hijos bastardos que Satanás ya tiene repartidos por el universo cinematográfico. Sea como fuere, la realidad es que la trama gana interés en cada escena y se presenta de una forma muy ágil y entretenida.


“un CGI chusco en forma demoníaca y la sensación de publicidad engañosa al utilizar como reclamo al gran Rutger Hauer”


Es en el tercer movimiento o Reexposición, donde todo se va al traste. Los momentos que deberían servir como cierre o explicación de los misterios creados, se precipitan en una conclusión fallida que deja un mal sabor de boca por tosca y mal hilvanada. El guión, que el mismo Desmond escribe junto con Arthur Morin, hace aguas y corta por lo sano con un cuchillo sin filo. Ambos guionistas se pasan por el forro la mayor parte de las incógnitas y cierran como lo haría cualquier debutante en una antología de cortos, consciente de que ha invertido casi todo el tiempo y el presupuesto en el inicio y desarrollo. La impresión es que los detalles de la historia no se han cuidado en absoluto y que meten escenas sobrenaturales con calzador simplemente como adorno de una narración que ya se precipitaba al vacío.

A todo lo que pudo ser y no fue, se le añade también en la parte final un CGI chusco en forma demoníaca y la sensación de publicidad engañosa al utilizar como reclamo al gran Rutger Hauer para poco más de un par de minutos escaso de metraje y la desvergüenza de reducir su presencia a una pintura al óleo enmarcada, engalanando una habitación gótica. Técnicamente es una película correcta, pese a esos efectos digitales que cantan el Aleluya de Haendel y pese a la decepción final. Y a pesar de todo esto, “The Sonata” logra algo que muchas películas mucho mejor acabadas no siempre consiguen: mantener el interés desde el minuto uno al minuto noventa. Apuesta segura si quieres entretenerte sin devanarte demasiado los sesos. Bonitos paisajes, un violín virtuoso, órdenes sectarias, intrigas y personajes atormentados, ¿no es esto música para nuestros oídos?


2 comentarios:

El Rector dijo...

"The Sonata" es un claro ejemplo de como cargarse una película en cinco minutos y la enésima demostración de lo complicado que es resolver con solvencia este tipo de relatos. Para mi lo peor, no es tanto el poco sentido de algunas de las decisiones narrativas, que bueno, con un poco de manga ancha e imaginación, cosas peores se han visto, lo que realmente me sacó del relato fueron esas apariciones con efectos digitales absolutamente horrendas. No puedes construir una historia como esta, sobria en gran parte de la misma, y terminar tirando de dibujos animados de telefilme... terrible.

Por lo demás, muy de acuerdo con la crítica. Entretenida, interesante, bien interpretada y muy bien ambientada. Lástima de ese final... y de la presencia cuasi anecdótica de Rutger Hauer.

Saludos.

Missterror dijo...

El problema, Rector, es que las decisiones narrativas de última hora ni con una manga tan ancha como el tamaño del cuerpo entero se pueden pasar por alto. Creo que hasta el final, la historia aguanta muy bien el tipo y que no se merece tan poco mimo en el cierre de la historia. Los efectos digitales son la guinda de un pastel que al final termina siendo indigesto, pero que aun así nos comemos porque contiene muchos sabores apetecibles.
Y aun con todo esta carga a su espalda, es de lo más potable que ha visto en febrero. Supongo que no hice buenas elecciones, pero es que tela marinera...

Saludos.

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