jueves, 15 de octubre de 2020

Crítica: Fried Barry

EL RECTOR NOS HABLA SOBRE UN MARCIANO VOLANDO SOBRE CIUDAD DEL CABO, O LO QUE ES LO MISMO, LO MEJORCITO DE ESTE SITGES 2020


Otro cortometraje se hace mayor en Sitges 2020. La 53 edición del festival se está convirtiendo en una oportuna emancipación para todos esos imberbes pedacitos de cine salidos de una mente primeriza y que hoy, dan el salto a la gran pantalla. Y no, no es una fórmula que suela funcionar, como ya hemos comentado e ilustrado con ejemplos, de este propio Sitges, sin ir más lejos. Ahí queda “The Stylist” (Jill Gevargizian, 2020), como inequívoca prueba del delito. Pero no, no va de eso hoy la película, hoy la cosa va de “Fried Barry”, le pese a quien le pese, una de las grandes propuestas que nos dejará este Sitges, hoy. Mañana, posiblemente, película de culto


“Talento. Eso es lo que sobra en Fried Barry y sin duda es la palabra que mejor define la ópera prima de Ryan Kruger” 


Tras la proyección de la película, no ha tardado en alzar la voz la ídem de la bilis y los clichés de turno. De nuevo, tachando de pretencioso algo, por el mero hecho de no entenderlo, de no saber disfrutarlo o, simplemente, por ser diferente. No es nada nuevo, el día a día del género está repleto de supuestos “pretenciosos”. No hace falta que de nombres, supongo que todos los tenemos en mente. Una puñetera mentira más de las muchas que corren por ahí, proliferando como ratas, como en una de esas fiestas repleta de borregos regalándole covid al prójimo. Así somos, ni los amantes al buen vino se libran en ocasiones de la estupidez. Curioso, esto de confundir talento con pedantería. Por favor, corran a buscar un diccionario, algunos se sorprenderán. 

Talento. Eso es lo que sobra en “Fried Barry” y sin duda es la palabra que mejor define la ópera prima de Ryan Kruger, director y guionista de esta peculiar (no por ello transgresora -nunca pretende serlo-) producción sudafricana que tantas y tan dispares opiniones ha despertado en Sitges. Talento. Talento a tres bandas y con tres protagonistas que se reparten la gloria de una película que en su fondo no tiene en realidad mucho de nuevo. Recordemos que la historia del fantástico está repleta de recién llegados que descubren, con asombro, la vida en el planeta tierra. Si a nosotros mismos ya nos cuesta en muchas ocasiones, entender todo aquello que nos rodea, por más que lo veamos todos los jodidos días, imaginad a los flipados protagonistas de cosas como “E.T: El Extraterrestres” (Steven Spielberg, 1982) o “Mi Amigo Mac” (Stewart Raffill, 1988), intentando asimilar el puñetero manicomio en el que fueron a caer. Ya estuvieron aquí y ya lo fliparon en colores. Y eso, que no se habían paseado por los rincones menos recomendables de las tripas de Ciudad del Cabo. 


“si un tipo como Denis Lavant se ganó en su día la gracia de Sitges, de justicia sería que lo de Green se tradujese en su respectivo galardón” 


Kruger retrata en “Fried Barry” ese lado oscuro que habita en cada ciudad del mundo. Ese pedazo de mierda oculto, con su público (todo tiene su público), que espera pacientemente a que pongamos un pie en la telaraña y ya no haya vuelta atrás. Talento. El de Kruger, el primero. La capacidad del cineasta de sumergirnos en la más absoluta de la inmundicia, de hacernos partícipes a través de la atónita mirada de Barry, de todo aquello que se esconde en el fondo del armario, debajo de la cama, en nuestras más siniestras pesadillas e incluso en nuestros más inconfesables sueños. No, los monstruos sí existen y por supuesto, tienen su propio hábitat y siento decirlo perras, pero lo compartimos con ellos. 

El director, haciendo gala y buen uso de un amplio repertorio de recursos cinematográficos (digo yo que de ahí vendrá lo de esa supuesta pedantería a la que se aferran algunos para vender su desaprobación), consigue plasmar con tanta fuerza la sordidez de los bajos fondos y la decadencia de sus gentes, que podemos oler el hedor a vicio, a perversión, a excesos de todo tipo en cada secuencia de este mal viaje. Huele a sexo, a esperma, a sudor, a droga, a violencia, a depravación. Y lejos de generarnos rechazo, resulta de lo más adictivo. Talento. Un viaje, el de Barry, de la mano de Kruger, del que es imposible apearse, hay que llegar hasta el final, hasta las últimas consecuencias, sea cual sea y sean cuales estas sean. Abróchense los cinturones y no saquen las manos (ni la verga) por la ventanilla. 


“la banda sonora no deja de sonar en toda la película (a excepción de diez eternos minutos cronometrados) y es solo, cuando falta, cuando nos damos cuenta de lo mucho que la amamos” 


Una mano, la otra, la monopoliza casi a tiempo completo Haezer, responsable de la banda sonora. Lo digo, el mejor trabajo en su campo de este Sitges 2020, al menos, de entre todo aquello que me he podido meter por vena hasta la fecha, que ya digo que ha sido mucho. ALUCINANTE. Cualquier otro calificativo, sería faltar a la verdad o lo que es lo mismo, una puñetera mentira. Se habla mucho de la importancia de la banda sonora, del impacto que esta puede tener para bien o para mal en el resultado final de una película. Si esto es cierto, si esto alguna vez ha debido sonar a certeza empírica, a revelación divina con querubines empalmados tocando la trompeta, es, aquí y ahora. Gente, la banda sonora no deja de sonar en toda la película (a excepción de diez eternos minutos cronometrados) y es solo, cuando falta, cuando nos damos cuenta de lo mucho que la amamos y del descomunal peso específico que tiene dentro de la obra. Talento. 

Las dos manos ocupadas. ¿Y el rostro? Gary Green. Si Ryan Kruger y Haezer lo supuran por cada poro de su piel, orinan, defecan y eyaculan, talento. Green es la guinda del pastel. La cara visible de “Fried Barry”, el buque insignia de la flota. La puta Enterprise. Lo reconozco, soy un confeso adicto a la mueca. Mi concepto de la interpretación, en lo basto de su amplio espectro, tiene en alta estima a los grandes de la mueca, del lenguaje corporal. En ocasiones, la palabra está sobrevalorada. Para esas ocasiones, el señor, nuestro pastor, nos regaló a gente como Jim Carrey, Robin Williams o Bruce Campbell. Adalides, estandartes, dioses de la mueca. Adoremos a la mueca. Dejémonos amar por todos los orificios de nuestro cuerpo por el bendito falo de la exageración, de los excesos interpretativos, de la magia de lo extravagante que Gary Green impone con su sola presencia. Y si un tipo como Denis Lavant se ganó en su día la gracia de Sitges, de justicia sería que lo de Green se tradujese en su respectivo galardón. Cualquier otra cosa, me temo que sonaría a la enésima tomadura de pelo. 

No soy el mesías. Ni he caído de los cielos, ni estoy aquí para vender, ni biblias, ni motos. Solo un consejo. Que no os tomen el pelo. Que pedantería y talento son dos cosas bien distintas. Que la peña (no toda, afortunadamente) se arrancaba los ojos en formato vox populi el año pasado y cada día que pasa, la “Mandy” de Cosmatos está en más filmotecas privadas en un lugar de privilegio. Que lo raro, puede molar o no, puede ser pretencioso, a veces sí, a veces no (para eso está el diccionario, para el que tenga dudas), pero si siempre nos quejamos de que el género se estanca, no innova, recicla o directamente copia fórmulas, démosle una oportunidad a lo “diferente”. Y sobre todo, que no os lo cuenten, que los herejes no os llenen la cabeza de hurracas. No os perdáis una película como “Fried Barry”. Convenza o no, esta es una de esas películas que hay que ver a poco que te guste el cine y su rico lenguaje

Lo mejor: Es tan adictiva, que debería ilegalizarse. Gary Green, la banda sonora y que no haya utilizado el término “lisérgico” en toda la crítica. 

Lo peor: Pese a lo romántico del tono crepuscular a lo Carpenter, su segunda mitad, alejada del abrazo de la sórdida noche, pierde algo de encanto.


3 comentarios:

J dijo...

De lo mejor de Sitges 2020. Lo dices.

Ete tipo es un elemento indeseable, pero se le acaba cogiendo la gracia y aunque me he querido levantar de la butaca en alguna que otra escena antes de tiempo, te diré que merece verse hasta el final. Yo sí que le cortaría unos cuantos minutos.

Maravillosa la escena del postre.

Missterror dijo...

Interesantísma y lisérgica (yo sí lo voy a decir) película que como bien comentas, te lleva de paseo por la inmundicia y hace que se te pegue la roña de debajo de las uñas por todo el cuerpo. Un locurón de banda sonora que acentúa la sensación extraterrestre de estar un paso por delante de Barry y entender, por desgracia, todo lo que está pasando en pantalla mientras él se asombra y aprende de lo que no hay que aprender.
Pese a lo repetitivo de la propuesta, no se me hizo pesada en ningún momento. En mi caso, ayudó mucho la sensación de ambigüedad y no saber realmente si habemos alien o es el viaje más hardcore de un yonki. Creo que queda claro al fina, pero me gusta pensar que puedo elegir mi propia aventura ;)

Gary Green se sale y debería tener una estantería llena de premios por esta interpretación.
Yo me quedo un poco por debajo de este 8,5 que le plantas, pero es porque soy una sosa y supongo que más clásica ;) Eso sí, entra en mi top Sitges de este año seguro. Tampoco entiendo demasiado bien que lo que se le critique sea su falta de profundidad o criterio. A veces nos quedamos en la superficie sin problema y otras, en películas como "Fried Barry" nos molesta que no tenga la suficiente filosofía...Mirar con lupa a veces distorsiona la imagen en lugar de aumentarla. Nada más.

Un abrazo.

El Rector dijo...

Jesús, yo aunque en su último tramo sí creo que pierde algo de fuerza, no le quitaría nada. En ningún momento cansa y a esas alturas, uno ama tanto a Barry, que poco importa todo lo demás.

La lista de escenas maravillosas es larga...

Missterror, yo me temo que cualquier atisbo de ambigüedad que pueda generar a lo largo del viaje (que lo hace), queda aparcada tras su desenlace. Al igual que hablamos de una película que no pretende ir más allá de aquello que muestra, tampoco, pienso, apuesta por dejar nada a interpretación del espectador. Pero imaginar es libre... y maravilloso :)

Lo de Gary Green me lo veo venir... la capacidad del jurado de Sitges de meter la pata hasta el fondo y de salirse por la tangente hacia lo inesperado (y en muchos casos, lo surrealista) es algo que no debemos subestimar. A estas alturas, ya no me sorprende nada. Sería una más. Ojalá me equivoque y se de reconocimiento a su fabuloso trabajo.

Saludos.

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