sábado, 20 de febrero de 2021

"El Colapso", anunciado apocalipsis en clave de fenómeno televisivo

MAIK LINGOTAZO NOS HABLA SOBRE ESTA OPORTUNA MINI SERIE FRANCESA QUE VUELVE A RECALCAR AQUELLO DE QUE LA REALIDAD SIEMPRE SUPERA A LA FICCIÓN


El colapso póster
Qué duda cabe que si hay una acepción que se ha postulado por derecho propio para ser la palabra del año ésa es 'confinamiento'. Aun a riesgo de contribuir torpe y machaconamente a ello, me he permitido sacarla -sí, otra vez, de nuevo- a colación porque, la verdad, me venía bien para iniciar el ladrillo. Y es que “El colapso” (o “L'effondrement” por su título original) nos sitúa en una tesitura oportunamente pareja a la actual, sí, pero llevada a su extremo, tensando la cuerda hasta el límite: ése en el que la opción que se antoja viable ya no es recluirse, sino huir. Pero, ¿adónde? A tu segunda residencia ya te digo yo que no. La realidad se impondrá barrándote el paso a golpe de escasez de combustible. Y cuando se empieza por eso, se sigue por el truque y el estraperlo, y se acaba con la placa de la autoridad convertida en mera chatarra, baratija hasta para el museo de fósiles. 


“se nos presenta el avance inexorable del desmoronamiento, y con él de las secuelas y fricciones y encrucijadas que va revelando a su paso” 


Hombre en gasolinera
Aunque también hay a quien lo que le retiene son cosas más mundanas, como, qué sé yo, el examen crucial para el que has dedicado todos los esfuerzos y expectativas vitales desde hace años. ¿Sacrificaríamos ese “Día D” por escapar a tiempo de la civilización conocida, cuando las señales del inminente derrumbe parecen ser sólo eso, aún vagas señales? La duda, ese impás, esos preciados minutos podrían significar tu sentencia

Mozo reponedor en supermercado
Lo cual me lleva a otro símil. Espero no romper ninguna magia, si es que la hubiera. Pero “Humor amarillo” me va que ni pintado para establecer una sugerente alegoría: ¿os acordáis de cierta mítica prueba en la que un enjambre de japos y japas, amén del chino Cudeiro, salían escopeteados a la orden dada, en total sprint y como si no hubiera un mañana, con el objetivo de superar los tabiques que se interponían en su carrera hacia la meta? ¿Sí?, ¿no? Sea como sea, casi que mejor me limito simplemente a remitiros a las “megapuertas del pánico”, y ya si eso os apañáis a vuestro aire. Tan sólo adelanto que accidentados, haberlos, “habíalos”. Y os aseguro que por mucho casco que gastasen, las colisiones destilaban una plasticidad tal que la reacción natural, e inevitable, no podía ser otra que no fuera la carcajada más salvaje y diafragmática posible. Aquello era, sin duda, una verdadera oda a la ortopedia. Todo un saludable regalo para mandíbulas batientes. 

Gente corriendo en busca de gasolina
Pues así, de guisa parecida, es como he visto, he interpretado yo esta serie. Sí, lo sé. A los mecanismos que obran en mis conexiones sinápticas les va la juerga, pero yo me entiendo. Un “todos contra todos”, como bien me apuntó, parafraseando a unos poetas de la margen izquierda y tras manifestarme su satisfacción para con la serie, un amigo que atendió a mi recomendación gala. Y es que ya lo clavaron Eskorbuto cuando apostillaban dicha proclama con aquello de la “lucha necia”. Quién sabe, tal vez Takeshi Kitano se inspiró en la lírica desgarrada de ese himno para pergeñar su gincana rompecráneos, su particular experimento del sálvese quien pueda. Después pasa lo que pasa, que el cerebro se resiente. Y es entonces que se impone el meme-gif del Rajoy ganando en los 100 metros lisos al trote culón como quien no quiere la cosa, como quien sale ileso de un trompazo en helicóptero dibujando en su rostro el rictus despistado de quien sencillamente pasaba por ahí. Igual hasta es suyo lo de que “el frío es psicológico”. Y ahí está, y sigue. Qué tío. Si supiéramos mirar las cosas con perspectiva, con temple y sin tanto ego, daríamos con la simple respuesta: en la puerta veríamos el cartelito que reza “tirar”. Ergo, dejaríamos de actuar como borricos, y de ahogarnos en nuestro propio zafarrancho mental. Dejaríamos, en suma, de empujar. Y al fin podríamos pasar, todos -y cada cual a su ritmo- disfrutando del camino y de una meta siempre al alcance, con la misma frescura y despreocupación con que el exmandatario se ejercita cada mañana. 


“el ritmo es frenético y atenazante. Desde el primer episodio hasta el último asistimos a una antología sin los baches dramáticos que cabría temerse ante una propuesta de tales características” 


la gente muriendo en olas de violencia
A lo largo de un recorrido cronológico, que va saltando temporalmente a cada cápsula, y a lo ancho de un marco espacial que adjudica a cada entrega una localización concreta, se nos presenta el avance inexorable del desmoronamiento, y con él de las secuelas y fricciones y encrucijadas que va revelando a su paso. Seremos cómplices de todo ello. Porque sin duda alguna, si hay algo que consigue esta serie es situar al espectador ante la siempre estimulante disyuntiva del “¿qué haría yo?”. ¿Cómo reaccionaríamos?, ¿Qué umbrales estaríamos dispuestos a traspasar?, ¿Cuáles no? Pero sobre todo se impone una pregunta que, por su propia naturaleza, resulta incontestable: por mucho que ahora lo neguemos, por bien que ahora, desde la distancia, aseguremos lo contrario, ¿Cuántos de esos límites acabaríamos cruzando, llegado el caso y puestos en vicisitud extrema? 

colaborando en busca de agua
“El colapso” es un compendio de ocho capítulos, independientes entre sí, que rondan cada uno los veinte minutos de duración, y que servidor se los ha ventilado de una sola tacada. Porque el ritmo es frenético y atenazante. Desde el primer episodio hasta el último asistimos a una antología sin los baches dramáticos que cabría temerse ante una propuesta de tales características. Es un espectáculo para los sentidos de principio a fin. Buena 'culpa' de ello la tiene el alarde técnico que supone haber grabado cada episodio en plano secuencia. Y que más allá de ser un formalismo recurrente, tantas veces más estético que otra cosa, aquí cumple una función notoria y, sobre todo, notable. Constituye un recurso, fiel y efectivo, para que no podamos despegarnos del trepidante devenir de los acontecimientos. A ello hay que sumar las interpretaciones que factura el grueso del elenco, trasladándonos a escenarios plausibles, con gente aparente y transparente que en todo momento rezuma naturalidad. Vaya, o por lo menos toda la que se puede esperar si te ves atrapado en un tren sin frenos que discurre a toda velocidad hacia el choque frontal. 


“El epílogo cuadra el círculo al ponernos en solfa con clara intención de contextualizar, cosa que tampoco hacía excesiva falta” 


pelirroja asesina de circunstancias
Porque eso es exactamente lo que nos proponen “Les Parasites”, el colectivo audiovisual integrado por los realizadores Guillaume Desjardins, Jérémy Bernar y Bastien Ughetto, que tras haberse hecho cierto nombre con trabajos previos, se presentaron con el piloto a una prestigiosa cadena y lograron vender el producto bajo sus propias condiciones. Así pues, “L'effondrement” pudo estrenarse durante el pasado 2019, siendo que luego cruzó los Pirineos como quien aprovecha que el Pisuerga pase por Valladolid: o sea, en plena vorágine pandémica. Porque oye, no es descabellado suponer que, a expensas del virus, la campaña de publicidad les habrá venido como que bastante rodada. Vamos, que jamás los hados se aliaron de tal manera con la mercadotecnia. 

EPIS en El Colapso (2019)
Pero, en honor a la verdad, esta serie atesora elementos narrativos más que poderosos para hacerse un hueco en nuestro horario, con independencia de aspectos coyunturales. Va sobrada de alicientes. Comenzando por el siempre atractivo género de la distopía catastrófica (o “de anticipación”, según sus creadores) que aquí se adentra en los conceptos que promulga cierta corriente en boga que obedece al nombre de “colapsología”, y siguiendo por el retrato caleidoscópico de esta suerte de “Black mirror” (pero sin el componente tecnológico y mucho más en modo “a la vuelta de la esquina”), somos obsequiados con pasajes de demoledora intensidad. He llegado a experimentar absoluto terror, paralizado, con la secuencia final de la pieza que se erige como el tour de force por antonomasia. Sabréis cuál es cuando la veáis. Y os preguntaréis, como yo, dónde recayó el mayor derroche de capacidad técnica: si en el apartado interpretativo o en el de cámara. Apabullante. Apostar vigías y gendarmes en lugares que ni siquiera nuestras pesadillas nos han permitido escudriñar. Aunque si la cosa va de vigilantes, no hay nada como el enemigo interior, la quintacolumna. La que es incapaz de imaginar, otras realidades y otras formas de relación. La que vive sumida en el miedo. La que levanta muros para protegerse sin darse cuenta de que así construye su propia prisión. La que va sembrando discordia y recelo allá por donde pisa, la misma que dejaría a Atila a la altura de un alumno tardo y pusilánime. 

Padre e hija desesperados
Nada que envidiar, por otro lado, al paroxismo encarnado en el rico de marras, un ser podrido, y de dinero también, que hará que nos rechinen los dientes de rabia, que se ericen nuestros vellos y que se desplome nuestro maxilar inferior, tragando a duras penas mejunje de desprecio con trazas de resignación. Crema. Pero ojo, también hay momentos para la pausa, para el descanso, para la dignidad. Para que el amargor de la garganta se preste a la alquimia y, quizás, halle un hueco por nuestro conducto lagrimal. Papilla hágome, oiga. La sensatez de la experiencia queda patente con dolorosa desnudez. Nos despoja. Y nos interpela. Aunque mientras tanto sigamos aferrados a nuestro papel para no perder el sitio en la foto. Inmersos en esa danza macabra cristalizada en el despliegue coral -de desesperados y atomizados- con que nos abruma el segundo capítulo, y que pugna en pericia cinematográfica con otra de las muestras coreográficas que nos ofrece la serie, la que transita entre lo nuclear y lo colectivo, maridando una engañosa brizna de aire fresco, compartido y común, con los vientos que soplan, inclementes, con inusitada fuerza y pestilencia. Apaga, y ya veremos. 

El epílogo cuadra el círculo al ponernos en solfa con clara intención de contextualizar, cosa que tampoco hacía excesiva falta, creo. Pero bueno, tampoco sobra una vez visto todo el conjunto. Con todo, confieso que en mis sueños húmedos quizás hubiera pilotado un TED impartido por el Kaczynski, como para acabar de petarlo y tal. Eso es así.


3 comentarios:

Void dijo...

Una desoladora, aunque realista, distopía.
Cada capítulo rodado con maestría en un vertiginoso plano secuencia que nos pone la piel de gallina y el corazón en la boca. Y el odio y la rabia.
Quizá el epílogo le quite el punto que la haría ser una obra maestra, por innecesario - aunque como bien dices no moleste -.

Jorge Guateque dijo...

Gracias. No la conocia. Una vez la vea comentare mi opinión.

Maik Lingotazo dijo...

A mí sinceramente me pareció gloriosa. Rodada con mucho pulso, las ideas claras y unas interpretaciones del todo creíbles y naturales, que logran además estar acorde con lo que exigen los movimientos de la cámara. Me encantaría ver un "así se hizo..." de esta serie, la verdad. No hay ni excesivas florituras, ni efectos especiales, ni grandilocuentes artificios. Simple y pura tensión humana, y a flor de piel. Y mucho talento. Salut!

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