viernes, 6 de mayo de 2022

Crítica: La Maldición de Damien

ASTINUS NOS HABLA SOBRE LA SECUELA DE UNO DE LOS GRANDES TERRORES DE LA HISTORIA DEL CINE


Es innegable pensar hoy en “The Omen” (“La Profecía”, Richard Donner, 1976) como un clásico atemporal. Los setenta supusieron el nacimiento de un cine de terror enfocado al satanismo, con sugerentes filmes que siguen en el imaginario colectivo hasta nuestros días: “The Exorcist” (William Friedkin, 1973) o “Rosemary's Baby” (Roman Polanski, 1968) fueron dos ejemplos de un cine comercial con tintes mainstream que llevó al género de nuevo a lo más alto. Warner en el primer caso y Paramount como distribuidora en el segundo comenzaron a ganar dinero con una fórmula inesperada, mientras montones de cintas de Serie B ahondaban en un filón que parecía cobrar importancia con cada año. No era de extrañar, por tanto, que Fox se aventurase de la mano de Richard Donner a los mandos y David Seltzer al guion en la producción de su propia mina de oro. Lo cierto es que “La Profecía” no cosechó el éxito comercial de la obra de Friedkin, pero supuso su elevación a obra de culto con un cine expresivo, lleno de matices interpretativos en su elenco principal (el niño Damien sigue dando escalofríos hoy en día) y un abanico de muertes sugerentes que pondrían los pelos de punta a cualquier película de la saga “Final Destination”. Las cartas estaban sobre la mesa y el éxito, de un impacto suficiente, aprobó la creación de una segunda parte con tintes de saga. Al fin y al cabo, la primera acaba todavía con un Damien pequeño. Había muchos años que explotar y Fox no iba a dejar pasar la oportunidad. 


“Si bien es cierto que la película mantiene el tono de la primera parte, pierde parte del sorpresivo talento en la fotografía de Gilbert Taylor y de Donner” 


De esta idea surge “Damien: Omen II” (en español, “La Maldición de Damien”), cambiando equipo de dirección y guionistas. El tándem formado por Don Taylor y Mike Hodges se puso a la batuta para ofrecer una secuela continuista que siguiese los pasos del malvado Damien en su adolescencia. El primero ya había hecho sus pinos en el género participando en “Dead Night”, antología de terror de la BBC donde rodó un capítulo llamado “Exorcismo”. Era 1972 y había que aprovechar el tirón. Para Hodges era su primera incursión, aunque sería recordado igualmente por su adaptación de “Flash Gordon” en 1980, una de esas películas que, simple y llanamente, tenéis que ver. Y ahí paro. 

El resultado tenía que ofrecer una atmósfera lo más parecida posible a la primera parte, que entroncaba igualmente con un final trágico (cuidado con los spoilers) en el que Damien acaba quedando huérfano por obra y gracia de su malvado señor demonio. En este caso, el hermano de su padre será el encargado de adoptarlo. El buen señor es propietario de una gran empresa, lo que le ha granjeado una fortuna de millones y viven a cuerpo rey en un pedazo de mansión. En ese contexto crece Damien hasta ser un lindo muchacho que parece tener mucho éxito con las chicas, carismático y con un corazón algo travieso (que no malvado, al menos al principio) Como sucedía en la primera parte, en esta ocasión su figura es solo el epicentro de una incesante lucha entre el bien y el mal. Los primeros están representados por personajes pertenecientes a congregaciones católicas que saben de su identidad como el Anticristo; los segundos, por el culto al Demonio que estarán protegiendo su figura mientras le van transmitiendo su destino como Mesías demoníaco. En medio de ese trajín se mueve nuestro protagonista, que descubrirá a lo largo del metraje su verdadera identidad, aceptándola en un fatalista final donde la maldad reverbera en cada minuto de su dura secuencia


“Te puedes dedicar a disfrutar de lo imaginativo de las muertes y olvidarte del argumento, simplón y predecible” 


Si bien es cierto que la película mantiene el tono de la primera parte, pierde parte del sorpresivo talento en la fotografía de Gilbert Taylor y de Donner, que hicieron un trabajo excelente en la contención y desarrollo de escenas donde el demonio parece habitar en cualquier lugar; desde el aullido del perro negro hasta el propio temporal, que iba destruyendo los diferentes intentos de acabar con Damien. En ese sentido, todo era una alegoría expresiva a la maldad floreciente en cualquier parte, algo fantástico en su primera parte. Aquí hay todavía rastro de ello, pero es más una conjunción de símbolos que ya se usaban (la presencia de los perros, la posesión de personas inocentes, la creación de ilusiones) que un ejercicio de estilo. Y ello hace que la película pierda inequívocamente en comparación con su predecesora. 


“sigue siendo una construcción muy interesante que toma las fortalezas de la obra iniciática y los explota con menos talento, pero idéntica naturaleza” 


Ello no quita que las muertes sigan siendo lo mejor de la película, un encadenamiento progresivo y muy ingenioso de asesinatos donde el aparente azar se mezcla con los sucesos más macabros. Te puedes dedicar a disfrutar de lo imaginativo de las muertes y olvidarte del argumento, simplón y predecible. El final, que acaba ofreciendo un sorpresivo giro demasiado rápido para disfrutarse, no deja de resultar espectacular en esa secuencia final que nos ofrece Jonathan Scott Taylor. El actor me engañó de la misma manera que a más de uno, al ser una persona diferente al de la primera película. Es cierto que pasan solamente dos años entre una y otra, pero el parecido es tan claro que uno piensa que está ante el mismísimo Anticristo. 

Y no es para menos. Las miradas y los gestos denotan una maldad latente que transmiten esa mezcla entre odio y pavor hacia sus acciones, especialmente cuando es consciente de lo que puede hacer y, efectivamente, abraza esa maldad. Una interpretación sublime que sube puntos a la película, acompañado de la mejor manera por William Holden y Lee Grant en los papeles de padre y madre, el primero incrédulo ante los avisos de la naturaleza de su hijo adoptivo y la segunda protegiendo a este. Un triángulo que acaba de la peor manera posible para ambos y nos regala secuencias interpretativas de gran nivel y contención, como nos tiene acostumbrada la escuela británica. “La Maldición de Damien” es una secuela continuista de visionado recomendado si se disfrutó de la primera parte. Aunque se resienta en calidad, sigue siendo una construcción muy interesante que toma las fortalezas de la obra iniciática y los explota con menos talento, pero idéntica naturaleza, lo que hará las delicias de los que disfruten de muertes variopintas y un destino fatalista y macabro que parece perseguir constantemente a aquellos que luchan contra el mal. Pura década setentera.


1 comentarios:

Melómano Cinéfilo Futbolero Lector y Librepensador dijo...

me acuerdo que me ví esta película la primera vez como por 1997 o 1998, tenía 7 u 8 años y el crio que hace de damien intimida (aunque de todas las de la saga la que me gusta mas es la cuarta, la de la niña) y tranqui que no soy tímido xD una cosa mas, sin insultar pero lo de los spoilers me parece una tontería, de hecho yo hace muchos años que no me veo una peli hasta que no me leo un resumen en internet de lo que me voy a encontrar para no verla como tan ignorante del asunto. mucha gente no lo entenderá pero para mi si el resumen de una peli me gusta, me motiva mas a verla.

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