martes, 28 de julio de 2020

Crítica: Don´t Go to Sleep

ARTORIUS NOS HABLA SOBRE ESTE PEDACITO DE TERROR SIN ADITIVOS OLVIDADO EN ALGÚN SUCIO INTESTINO DE LA CAJA TONTA


Hablemos del miedo, apreciado lector. Esa emoción tan esquiva que muchos han buscado en el cine de terror y que muy, muy pocos han conseguido el conjuro necesario para invocarla en sus obras. Los hay, la gran mayoría, que han tirado por el camino más sencillo: utilizar la tecnología para plasmar sus pesadillas de una manera artificial pero visualmente explícita, ya bien con una subida súbita del audio antes del susto de rigor, o bien con criaturas que, por muy bien hechas que estén, proclaman su condición de hijas del croma verde de manera tan evidente que quizá consigan generar cierta tensión. Pero miedo, lo que se dice miedo, para servidor va a ser que no.


“consigue durante brevísimos segundos y sin apenas efectos especiales que tengamos la tentación de dormir con la luz del cuarto encendida”  


Y luego, tenemos a los maestros. Alfred Hitchcock ("Psicosis", 1960), M. Night Shyalaman ("El Sexto Sentido", 1999), Ridley Scott ("Alien: El Octavo Pasajero", 1979), Peter Medak ("Al Final de la Escalera", 1980), Wes Craven ("Pesadilla en Elm Street", 1984), Chicho Ibañez Serrador ("¿Quién Puede Matar a un Niño?", 1976).... son alquimistas de la pantalla que han sabido capturar a nuestra presa, y en ocasiones, domarla para que asome su cabeza en muchas de sus obras. Son autores conocidos por todos en mayor o menor medida, cuyos méritos son públicos y justificadamente notorios. ¡Y viva y bravo por ello!  

Pero también tenemos a autores que, casi por casualidad, dan con lo que muchos otros no encuentran en toda una vida. Que consiguen atrapar al duendecillo en una jaula de barrotes de paja, que tan solo consiguen retenerlo un momento, un instante de gloria que solo será recordado por arqueólogos del género y aficionados a las cult movies. Este es el caso que nos ocupa, una película de terror dirigida por un habitual de las series americanas de los 70, 80 y 90, R. Lang. Junto al productor Aaron Spelling (“Melrose Place”, “Beverly Hills 90210” y un sin fin de series de la pequeña pantalla) y el guionista Ned Wynn, que nunca más transitaría por el género, elaboraron una de las mejores películas de terror puro que he tenido el placer de echarme en cara.


“dos instantes, en que con un solo gesto y la partitura musical el terror es capturado e impreso a fuego en nuestras retinas”


Sí, un telefilm directo para televisión de los 80 consigue durante brevísimos segundos y sin apenas efectos especiales que tengamos la tentación de dormir con la luz del cuarto encendida. ¿Cómo? Con flashes de talento, de gente que no “pertenecía” al género de terror pero que, por algún azar del destino, su trabajo conjunto consiguió algo aterrador. Consiguen solo unos instantes, pero eso ya es más que lo que muchos directores o guionistas se han aproximado al esquivo duende.  

No voy a darte spoilers, amigo lector, porque no los mereces. Si emprendes este viaje, te encontrarás con un telefilm de los 80, con estética de telefilm de los 80. La precariedad de los medios es evidente, y muchos de los actores te sonarán si ya tienes una edad respetable y tienes mucha tele a tus espaldas. Los plot twist ya los tendrás vistos, pero habrá dos momentos, dos instantes, en que con un solo gesto y la partitura musical el terror es capturado e impreso a fuego en nuestras retinas.


“suficiente para que esta película sea considerada como objeto de culto”


Si aceptas el precio de que el resto del metraje es tremendamente flojo, claro. No sería justo obviar la responsabilidad que tiene Kristin Cumming en lo positivo de esta película, una actriz juvenil especializada en programas infantiles y que aquí dio un do de pecho de los que hacen época.

En conclusión... una sola mirada que es una puerta a la locura, una melodía presuntamente infantil de fondo, un inteligente uso de la luz, y dos palabras cariñosas dichas con una entonación demencial... eso es todo lo que hace falta para una escena que, para el que suscribe, es una de las cumbres del terror fílmico en estado más puro. Es una mariposa de oro atrapada un instante por una red llena de agujeros, pero es suficiente para que esta película sea considerada como objeto de culto, para mi de forma más que justificada.  

Lo mejor: Sus momentos de terror (no, no te voy a decir donde están situados). Película para verla a oscuras, solo y en una noche de tormenta. Kristin Cumming. La banda sonora. El inteligente uso de los miedos que todos hemos tenido en la infancia. Valerie Harper y su momento de pérdida de cordura.  

Lo peor: Dennis Weaver. La estética de telefilm barato de los 80. Actores adultos muy limitados. Multitud de situaciones ya vistas.


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